Trabaja, estudia y ocupa

En la noche del asentamiento se viven muchos caminos que se cruzan en un crudo panorama con carencias graves en necesidades básicas. Hay personas que no dejaron de vivir para sumarse a la ocupación en un desesperado intento de conseguir lo que ven como un sueño: una casa.
Una historia de carencias que terminó en la ocupación es la nueva vida de un muchacho que sufre en carne propia la falta de una vivienda. Ni siquiera una alquilada tiene. Apenas una prestada, y a duras penas.

En esta nueva vida también lo apabulla su miedo a la discriminación de la sociedad de la que es parte; y con la que también se enfrenta. Dice su nombre con dudas ante la pregunta del cronista y le pide con timidez que no lo haga público porque cree que, si supieran su condición, no lo aceptarían en su Facultad; ni sus compañeros ni sus profesores.

Cursa materias del primer año de la carrera de Abogacía en la Unne y considera que el ambiente no le es propicio para presentar su realidad, ni siquiera para sumarse al debate en clase cuando ocurre la oportunidad. También trabaja como guardia de seguridad privada por cuenta propia. Allí no reniega de su nuevo domicilio: “El laburo lo tengo que cuidar como sea y no puedo mentir”.

Incluso mantiene un noviazgo. Una bendición y una ocupación más de la vida en sus tiempos acotados. Así divide sus horarios, cuidando por la noche el terreno que ocupa su familia en el asentamiento, preparando un libro de Alfredo Galetti para estudiar De-recho Constitucional, hasta que se le cierren los ojos. Procura siempre, no obstante, intercambiar mensajes de texto con su amor.

Le tiembla la voz aunque se anima a decir que es el único de su familia que estudia y toma coraje para contar que no rindió el último examen que tenía agendado porque no tiene traje.

“Hace unos años -recuerda- nos fuimos a vivir a Buenos Aires y después de cinco años nos tuvimos que volver porque se nos quemó la casa y nos quedamos sin nada, otra vez. Es un sueño tener una casa propia”, insiste el joven, que al decirlo piensa en sus hermanos, todos menores que sus veintipocos años. Otra incógnita para resguardar su identidad.

Luces de barrio

Muy cerca está el barrio. Algunas luces de allí sirven para ver mejor lo peor y dan cuenta de otra de las disputas, entre los que tienen poco y los que no tienen nada. El mes que lleva la toma ocurrió en un invierno que se hizo notar en Corrientes.

Crudo panorama para los que pasaron esas noches allí. Más aún el recuerdo entre las carencias del lugar y el lamento de Natalia Vallejos, la madre del nene que arrastraba una enfermedad genética y que murió tras descompensarse en plena ocupación.

“Fabricio vivía con nosotros en el asentamiento todo el tiempo y había veces que nos quedábamos a dormir y otras que que no y, a pesar de mi necesidad, pensaba más en él y por el frío lo llevaba a casa. Yo estaba casi siempre ahí pero todo el tema del humo, del frío, del viento, por ahí él se ponía mal”, explicó Natalia ante los micrófonos de Suda-mericana luego de la denuncia de este medio y la desconfianza de tantos otros.

“No quiero que sea en vano nuestra lucha porque él se merecía una vivienda digna. Me alegra saber que está en un lugar mejor que nosotros”, sostuvo también. Pequeño consuelo y una fortaleza enorme. La misma de la de los dueños de las historias mínimas que se viven en la noche del asentamiento, las que están ajenas al conflicto político, a las maniobras turbias denunciadas y a las que también son visibles. Es la fortaleza que tiene como dueño a, por ejemplo, un pibe que trabaja, estudia y quiere vivir dignamente. Es dueño de un sueño, de una esperanza y de un derecho, tenga razón o no su forma de soñar.

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