Los choferes de los camiones, alarmados, subieron a los techos de las cabinas pero no abandonaron los altos rodados ni sus cargas.
En la noche del lunes, en esta zona pórtico de la Quebrada de Humahuaca, el cielo estaba estrellado y corría viento Norte, nada hacía prever que en la madrugada de ayer podía llover y bajar el volcán como ya sucediera otros años, convirtiéndose en uno de los mayores desastres naturales ocurridos en Jujuy. Los volcanenses se fueron a dormir temprano y pensando en su actividad de la jornada siguiente, mientras que en la calera el trabajo se mantenía incesante y agotador como cualquier otro día.
Ya a las 5 el cielo estaba nublado y en la zona de Los filtros el negro era mucho más intenso pero no por la oscuridad las descargas eléctricas y los truenos que allí se producían anunciaban la tormenta, sin embargo en la calera poco interés le dieron. Los operarios atendían las maquinarias en movimiento y la molienda del mineral. Cuando se estaba produciendo el cambio de personal, comenzó a llover con mucha intensidad y en menos de media hora el alud tapaba todo a su paso.
Para ese entonces, desde la parte superior de la planta, algunos de los obreros observaron cómo bajaba el lodazal hasta llegar a la ruta 9 y continuar por debajo de un pequeño puente hasta desembocar en el río Grande, pero la gran cantidad de lodo, piedras, ripio y demás materiales, en su alocada prisa por continuar hacia el afluente, terminó taponándolo y en su desesperación por avanzar se desvió hacia la izquierda donde estaban estacionados unos cinco camiones de gran porte.
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