Todos truchos

Por: Jorge Fontevecchia.

La Argentina actual padece narratomanía. ¿De qué se acusan mutuamente los autores de los distintos relatos? De truchos. Un ejemplo que ilustra esta patología de época se refleja en las acusaciones mutuas de los periodistas Luis Majul y Víctor Hugo Morales.

Cuando recién Néstor Kirchner había perdido con De Narváez y Majul lanzó su libro El dueño, Morales lo acusó de oportunista y de disfrazarse de periodista de investigación refritando mayormente casos ya conocidos y publicados. Ahora Morales fue acusado por Majul –en su reciente nuevo libro, El y ella– de impostar un personaje de periodista desapegado de lo material cuando en realidad no sería así.

La controversia entre Majul y Morales es un pequeño espejo que refleja la sospecha de inautenticidad que recorre casi todos los sectores del país. La oposición acusa al kirchnerismo de declamar progresismo pero ser conservador, de haber sido entusiasta privatizador y ahora estatista, o de que su tardía preocupación por los derechos humanos sea mentirosa y apenas una herramienta para disimular actos de corrupción y enriquecimiento. El Gobierno acusa a la oposición de lo mismo: de haber sido privatista o militarista y ahora querer ocultarlo.

El Gobierno recibe la crítica de los medios por producir programas y medios impresos donde, tras las formas del periodismo, sólo se hace propaganda. A su vez, critica a los medios de no hacer periodismo sino política y oposición, escudados tras la armadura de la libertad de prensa.

El caso de Schoklender dentro de la Fundación Madres de Plaza de Mayo ya llegó a niveles inimaginables al encarnar lo opuesto a lo que se exhibe o debería ser.

Alguna vez cité a una periodista italiana que describía su ser nacional explicando que los italianos eran doblemente mentirosos –decía ella–, porque todos actuaban algún papel y además trataban de hacer actuar a ese personaje de prima donna sabiendo que no lo era. Herederos de esa pasión teatral, los argentinos hasta inventamos un verbo: “caretear”.

El semiólogo francés Algirdas Greimas construyó el cuadro de modalidad veredictiva que se reproduce en esta columna como imagen. Se lo podría resumir diciendo que lo verdadero “es y parece” (los dos cuadrantes superiores). Lo falso “no parece y no es” (los dos cuadrantes inferiores). Lo secreto es aquello que “no parece y es” (los dos cuadrantes de la izquierda). Y mentira es aquello que “no es y parece” (los dos cuadrantes de la derecha). Contradiciendo al sector ideológico con el que la mayoría de los argentinos dice identificarse, en lo que respecta al cuadro de modalidad veredictiva, la mayoría parece ubicarse en los dos cuadrantes de la derecha, aquellos que conforman lo que “parece y no es”.

“El modelo es la mentira” no sería una característica del kirchnerismo sino de una anormalidad nacional. Y sería lo que haría tan popular al kirchnerismo y no al revés.

La persistencia en la mentira del Indec es una desviación frustrada de esa cultura que, sin embargo, encuentra su mejor y más lograda representación en los programas de televisión oficialistas que cumplen la función de desprestigiar a los críticos del Gobierno. Su fin primordial es demostrarle a la audiencia que quienes acusan al kirchnerismo de algo no son lo que dicen ser.

Desde la otra vereda, se acusa al “periodismo militante” de no ser militantes sino profesionales a sueldo. Y la misma acusación le hacen a La Cámpora, descendientes del ex presidente Héctor Cámpora: de disfrazarse de militantes para ser funcionarios públicos bien pagos.

Ya nadie parecería salvarse de la acusación de “no ser”. En la imaginación reconstructiva nacional, los protagonistas de cada relato están retratados de acuerdo a intereses y necesidades de cada uno o, en el mejor de los casos, en función de sus huellas históricas emotivas. Para comprender las “mentiras verdaderas”, ayuda leer lo que escribió Greimas: “Si la verdad no es más que un efecto de sentido, vemos que su producción consiste en el ejercicio de un hacer particular, de un hacer-parecer-verdad, es decir, en la construcción de un discurso cuya función no es decir-verdad, sino parecer-verdad. Este parecer ya no va dirigido, como en el caso de la verosimilitud, a la adecuación con el referente, sino a la adhesión de la parte del destinatario a quien va dirigido”.

La demisión emocional de creer que el otro no es lo que dice ser, no porque no lo sea en la realidad sino porque sería deseable para esa persona o grupo de personas que el oponente fuera un trucho, recuerda el popular proverbio: “Más vale una mentira que haga feliz que una verdad que haga llorar”.

Que tantos acusen de inautenticidad a su contrincante, además de una proyección de los propios defectos, podría revelar algo que trasciende a los polemizantes en cuestión. Quizás ese falso ser sea una señal del verdadero ser de esta época

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