Todos locos

Por Jorge Fontevecchia

Los argentinos somos como esos animales en una jaula expuestos a experimentar que aparezca comida al presionar determinado botón, donde ciertos animales no sólo aprenden el truco sino que aprenden a aprender. El trauma nunca es proporcional al hecho sino al carácter arbitrario y fortuito (no repetitivo) del accidente. Si el sujeto está preparado, accidentes mayores producen traumas menores.

Así aprendimos a comprender que los secretarios del Ministerio de Economía no responden al ministro sino uno directamente a la Presidenta (Kicillof) y otro a Máximo Kirchner (Heyn y su reemplazante, Paula Español). También aprendimos que el propio ministro de Economía está subordinado a uno de sus secretarios: Moreno, quien es el verdadero ministro.

Que algo similar sucede con el jefe de Gabinete, Abal Medina, menos relevante que un ministro como De Vido y otro secretario como Zannini. Y con el vicepresidente Boudou, porque el verdadero número dos del país es Máximo Kirchner.

Toda esta inconsistencia entre la representación y lo representado, extensible a todos los planos desde el Indec hasta el relato, contagia a los propios ciudadanos quienes, en una proporción similar a la que votó a Cristina Kirchner en octubre pasado, creen que su situación económica personal será en 2012 mejor o igual que en 2011 y sólo el 10% cree que será peor. La crisis en Europa, Estados Unidos y Japón, que no logra salir del estancamiento; China, que anuncia una desaceleración de su crecimiento y Brasil, que prevé un 2012 peor que los años anteriores, no impiden que la mayoría de los argentinos crea que le irá mejor.

Con muchas diferencias objetivas, en lo subjetivo se repite el exceso de confianza que había por el uno a uno al comenzar el tercer período presidencial de convertibilidad, en 1999.

Las amenazas de la economía esta vez son mucho menores pero el efecto sugestionador del relato es mucho mayor. Una gran parte de la población cree que la reducción de los subsidios no será un ajuste sino una redistribución del gasto hacia los sectores más vulnerables y que los aumentos de los servicios no tendrán efecto inflacionario.

Lo creen los propios funcionarios, quienes también, sinceramente, vieron al dueño del Banco Macro liderando una corrida cambiaria para presionar por una devaluación (los interesados deberían ser los exportadores)sin comprender que quienes compraban dólares no estaban al ataque sino a la defensiva. Pensaron que después de las elecciones, así como se sinceran las tarifas reduciendo subsidios, se sinceraría el tipo de cambio porque la inflación acumuló aumentos mucho mayores que el dólar; recientemente Brasil había devaluado el 20% el real frente al dólar y hubiera sido lógico suponer que al Gobierno le convendría un dólar más alto para recaudar más. Además, si el dólar no estuviera barato, ¿para qué haría falta que Moreno limitara las importaciones y cualquier forma de salida de dólares del país? O, si no fuera también por el dólar barato, ¿por qué los televisores que se venden en la Argentina son los más caros del mundo?

Una de las causas de la paranoia surge de la sobrevaloración de las propias posibilidades: al ver que luego no se consiguen los logros esperados, se supone que hay villanos que se apoderaron de lo propio.

También inquieta la coincidencia de tantas turbulencias emocionales entre funcionarios públicos: el suicidio/accidente del subsecretario de Comercio Exterior, Iván Heyn; el suicidio del cónsul argentino en Bolivia, Antonio Escobar; el asesinato del gobernador de Río Negro, Carlos Soria (la primera dama de esa provincia disparó el arma que lo mató), y la desaparición, ese mismo día, por una semana, de un intendente de esa provincia, Carlos Johnston.

La política es una actividad que ejerce grandes presiones sobre quienes la practican. Las personas no se olvidan de casi nada pero se acostumbran a casi todo. En estos casos adrenalínicos, el problema no reside en querer apagar la sed sino en el anhelo por tener sed. Que la acumulación de tensión sea placentera y la descarga, decepcionante. Que, acostumbrados a tanta presión, desarrollen un goce por aquello que no pueden evitar en distintos niveles, desde grados leves de masoquismo hasta pulsión de muerte.

Otra señal de disfuncionalidad colectiva fue el desenlace del enfrentamiento entre La Cámpora y el gobernador de Santa Cruz, quien tuvo que cambiar a la mayoría de su gabinete a pesar de ser recientemente reelecto. Evidentemente, como en el caso del ministro de Economía o del vicepresidente, el poder o los votos no son de él sino prestados. Demasiado de lo que es no es.

Algo, en algún sentido menor pero inmensamente más importante por su peso específico, sucede con el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, a quien progresivamente La Cámpora expone a un cerco cada vez más pequeño de autonomía. Y para completar el cuadro de estados alterados simultáneamente, con el anuncio de la operación de la Presidenta se conoció la noticia de que Scioli estuvo internado por cálculos biliares.

La medicina indica que las causas de cálculos son hereditarias o metabólicas y no el estrés ni el estado de ánimo. Pero es difícil no ver en la piedra que Scioli intentaba eliminar de su organismo una metáfora de la piedra simbólica que representa Gabriel Mariotto en su gobierno.

Máximo Kirchner es otro agente enloquecedor del sistema político argentino: no habla, vive alejado, como si practicara un desprecio estoico por todo aquello agradable que ofrece el mundo, pero al mismo tiempo pareciera tener la ambición de poder, la furia de un conquistador. ¿Es Rasputín? ¿Es la reencarnación de su padre? ¿Es aspirante a heredero?

Probablemente, Néstor Kirchner haya transmitido a la Presidenta y a su hijo cierto goce de la sorpresa, de tener a todos en vilo como marionetas al viento por designios inmodificables e impredecibles para que nunca se olviden del carácter frágil de la fortuna humana y busquen sumisos su amparo protector.

“La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma”, decía Goethe. Ojalá sea así en esta Argentina.

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