Cayó, cayó, el tirano… Cayó, cayó, el Tirano!

Radios uruguayas vuelven a ganar audiencia. Mediodía del 16 de setiembre de 1955: Una voz melodiosa, educada, grave, de perfecta dicción, atrona el espacio radiofónico del Río de la Plata. La llamada “Revolución Libertadora” acaba de derrocar a Juan Domingo Perón, residente de la República Argentina, y un ignoto locutor, Hugo Guerrero Marthineitz, desde Radio Carve, de Montevideo, informa y festeja, desaforadamente:.
¡Cayó, cayó el tirano”!, fue otra de las frases impuestas por quien, meses después, sería conocido, como “el peruano parlanchín” o el creador de célebres programas como “el club de los discómanos”, “el show del minuto” o, en televisión el legendario “A

solas”.

Miles y miles de personas, de La Argentina y Uruguay, también festejaron el derrocamiento de Perón.

La asonada cuartelera, encabezada por Eduardo Lonardi, Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas, entre otros, interrumpe el proceso constitucional. Hay festejos; también desmanes y saqueos. Los comandos cívicos revolucionarios ganan las calles, destrozan unidades básicas,

pisotean cuadros de Perón y Eva Perón, arrastran sus bustos en pueblos y ciudades y, cuando encuentran objetos de valor, los rapiñan.

En Mar del Plata los manifestantes, trabajaron a destajo: El chalet de dos plantas perteneciente a Pérez Villalobos, a la sazón jefe de la Escuela Antiaérea, ubicado 14 de Julio, casi Rawson, fue vaciado e incendiado, previo robo del piano de cola, muebles, jarrones, cuadros, tapices, etcétera. La impunidad, para los partidarios de los militares golpistas, era absoluta.

Eso y todo lo que ocurría en Capital Federal, provincias y municipios, era informado, con gran despliegue, por emisoras del vecino país, como si fuera el enfrentamiento de blancos y colorados; miles de ”charrúas” cruzaron el charco para participar de las celebraciones callejeras que se vivían en Buenos Aires.

Perón, enfrentado con los diarios y la iglesia, huyó y se refugió en una Cañonera, enviada por uno de sus amigos, el dictador paraguayo Alfredo Stroessner.

El enfrentamiento con el periodismo había sido feroz: Juan Perón, no sólo confiscó La Prensa, uno de los principales diarios de la época: clausuró otros medios y creó la famosa cadena (ALEA) dirigida por Alejandro Apold, hombre duro y hábil para hacer mal, un tipo parecido al licenciado Moreno, que también tuvo su cargo cuantificar el reparto de papel para imprimir diarios y revistas; Apold, en la actualidad sería auténtico paradigma para el relato oficial.

ALEA, en Mar del Plata, tenía como baluarte al diario La Mañana, fragua de futuros notables periodistas: Helmer Uranga, Mario Trucco, Antonio Freije, Oscar Gastiarena, Juan Carlos Derosa, entre otros muchos; era dirigido por Julio López Pájaro, ex linotipista que todas las tardes, como un rito, recibía a conspicuos dirigentes peronista; la dirección de ese matutino, ubicada en San Luis entre Luro y San Martin, operó como Unidad Básica, bien regada con whisky.

En esa segunda quincena de septiembre del 55, la invasión de “orientales” también llegó a Mar del Plata e, incluso, le permitió a un audaz uruguayo, Lamela Latorre, auto designarse interventor y copar “La Mañana”, perteneciente a la cadena periodística Alea, dirigida por el citado Apold, perseguidor de periodista y creador del monopolio impuesto por el derrocado mandatario; hoy sería auténtico paradigma. En esa década del cincuenta, decenas de artistas, deportistas, intelectuales, figuraban en listas negras, lo que les impedía trabajar (Borges, Libertad Lamarque, Atahualpa Yupanqui, y muchos otros).

Los argentinos se enteraban de lo que pasaba en La Argentina escuchando radios uruguayas. Después del largo exilio Perón regresó a Buenos Aires convertido en “un león herbívoro”, según su propia definición, para unir a los argentinos; la muerte interrumpió sus propósitos y fue sucedido por la vicepresidente de la Nación, Isabelita Martínez, su viuda.

Marzo 24, de l976: Los militares, otra vez, derrocan un gobierno constitucional; vuelven a pisotear la Constitución, asesinan, roban y también persiguen a quienes piensan distinto. Una de las primeras medidas del triunvirato Videla-Massera-Agosti, fue prohibir actividades políticas, gremiales, vecinales, sociales, etcétera e imponer rígida censura. Los canales de televisión, pertenecientes a auténticos genios en ese “metier” (Goar Mestre, Héctor Ricardo García y Alejandro Romay, entre otros) fueron confiscados y pasaron a ser dirigidos por coroneles, brigadieres, capitanes de navío.

En radios, diarios y canales de televisión sólo se difundía la crónica oficial Y otra vez los uruguayos se encargaron de informar a los argentinos lo que pasaba en La Argentina. Y en esas circunstancias nace una voz emblemática que recorre el éter desde los micrófonos de Radio Colonia para penetrar en miles de hogares ubicados en Capital Federal, Buenos Aires, Córdoba, toda La Argentina.

Ahí surge, desafiando peligros y amenazas de muerte, un periodista de raza, auténtico valiente, Ariel Delgado que, desde Radio Colonia, cautiva a los oyentes de la “otra orilla del charco”, (la nuestra) y los mantiene pegados al receptor con un latiguillo que se convierte en célebre en la radiofonía rioplatense: “Hay más noticias para este boletín.”

La censura antes y después del 16 de septiembre del “55, era dura, represiva; por esos y otros motivos, gran parte de la población argentina, se informaba con las emisoras uruguayas que, con toda nitidez se captaban en gran parte de nuestro país.

(Lo mismo sucedió cuando los militares invadieron las Islas Malvinas y creyeron que podían ganan la guerra con informaciones falsas. La gente se volcó al éter uruguayo. Muchos de los periodistas que despellejaron al colega José Gómez Fuente hoy cumplen el mismo rol…)

En Mar del Plata, por ejemplo, Radio Carve parecía una emisora local; prueba de ello era el radioteatro de las 13.30, protagonizado por Juan Casanova, que se escuchaba en la mayoría de los hogares. También informaban, como si fueran Belgrano, Mundo, Splendid, las uruguayas, El Espectador, Rural, Sarandí, Carve y hasta el SODRE, emisora cultural. Las censuras del peronismo y de la dictadura militar, habían fracasado porque esas emisoras uruguayas, se escuchaban con toda nitidez.

Lo mismo sucedió cuando los militares invadieron las Islas Malvinas y creyeron que podían ganan la guerra con informaciones falsas. La gente

se volcó al éter uruguayo. Muchos de los periodistas que despellejaron al colega José Gómez Fuente hoy cumplen el mismo rol… ¿Algún parecido con la actualidad? Hay grandes diferencias.

El país, el mundo son otros; la explosión tecnológica hace impracticable la censura como antaño. Prueba concreta de esa afirmación es lo que sucedió en Rusia, China, Egipto y en otros países de Medio Oriente donde la utilización de teléfonos celulares, Black Berry, Facebook, Twitter y otros modernos sistemas desafió y derrotó sangrientas dictaduras.

El gobierno kirchnerista impuso la Ley de Medios, con el pretexto de luchar contra los monopolios informativos (principalmente Clarín) y convirtió al estatal Canal 7 en televisora oficialista; sometió al personal de la agencia informativa Télam para proclamar el relato oficial; invirtió millones de pesos en “fútbol para todos” para difundir exclusivamente sus propagandas; la pauta publicitaria se reparte arbitrariamente entre medios amigos como forma de apretar económicamente y apoyar “con la caja incontrolable” a monopolios afines (Hadad, Vila- Manzano, Aldrey, Spolesky, Crónica, Página 12”.

La pauta oficial no tiene piso ni techo y es generosa para bancar 6,7,8, y repartir jugosos dinerillos entre periodistas militantes, mercenarios, alcahuetes, obsecuentes, ganapán, o cagatintas… De ninguna forma somos pro Clarín, La Nación, Perfil o Noticias: soñamos con un periodismo que opine a favor o en contra, según el leal saber y entender, pero no por la presión de la plata. Tampoco compartimos el cuento de “la libertad de prensa”, porque es la libertad de empresa que añoran poderosos grupos económicos.

Y no se trata de defender corporaciones, corporaciones que, hasta no hace mucho, mantenían fluida relación con Néstor Kirchner.

Alejandro Apold quedó a la altura de un poroto. La Ley de Medios ha permitido que nazcan miles de voces nuevas. ¿Esto no es bueno? No, en la medida que se permita la difusión de mentiras, agravios, campañas por fines “non sanctos” con los recursos del Estado.

Lo que hay que reconocerles a los ideólogos de esta nueva situación es que “con más información han desinformado, permitiendo difundir el relato (¿o verso?) oficialista.

El kirchnerismo pensó que con nuevas voces y el apoyo a grupos oficialistas, podría uniformar la opinión pública. Error: la nueva tecnología posibilita que con diminuto adminículo que cabe en un bolsillo, se hable instantáneamente a miles de kilómetros, se saquen fotos y que éstas se distribuyan por todo el mundo.

O que una persona sola, Internet mediante, haga conocer su opinión en forma masiva. Pero, además, están las radios uruguayas que otra vez

vuelven a ganar audiencias del otro lado del charco, vale decir aquí en La Argentina…

Pareciera que Hegel y Marx tenían razón con aquello de que la historia se repite, primero como drama y luego como farsa…

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