Tienen entre 14 y 20 y no terminaron la primaria: quieren volver a empezar

Por la edad no pueden volver a la escuela común. En La Plata funcionan 35 centros para estudiar
Son adolescentes y jóvenes de entre 14 y 20 años que abandonaron los estudios primarios y quedaron “atrapados” en un callejón con muy pocas salidas. No pueden volver a la escuela por la edad, ni insertarse en un colegio secundario por no contar con la educación básica. En su inmensa mayoría vienen de repetir más de una vez, de pasar por varios establecimientos educativos o con serios problemas de conducta a cuestas. Ahora bien, ¿por qué un chico como Lucas (16), que en su escuela de Olmos repitió dos veces 7° de EGB y abandonó en el tercer intento, que se portaba mal y faltaba mucho -según cuenta-, en un centro vecinal del casco urbano, donde participa de un plan de terminalidad de estudios primarios, es el que más cumple con la tarea y hoy sólo piensa en seguir la secundaria? Es un caso testigo, y la respuesta no es sencilla. Pero su joven maestra, María de los Milagros Bardin, alerta que “para ellos (por Lucas y sus 26 compañeros) esta es la última oportunidad y lo saben. Quedaron marginados del sistema, y son conscientes de que es ahora o quizás nunca”, enfatiza.

En el Centro Vecinal Plaza Olazábal funciona uno de los 35 lugares donde, sólo en La Plata, se desarrolla el Programa Bonaerense de Alfabetización y Educación Básica en territorio, dependiente de la rama de Adultos de la cartera educativa provincial. Es uno de los tantos planes que dependen de esa rama, y se ocupa básicamente de chicos como Lucas. Clubes de barrio, centros comunitarios, gremios -como Atulp (no docentes de la Universidad)- o Atsa, responsable del centro de 38 entre 6 y 7, y otras entidades intermedias se transforman por momentos en aulas para aquellos jóvenes que aún no finalizaron el primario. Todas atiborradas de alumnos.

desbordados

Eso lo sabe bien la maestra Milagros, que a sus 25 años ya trabajó en la sede de Atulp y hoy da clases en “el local de la plaza”. “El programa dura un año lectivo, el régimen es intensivo -de lunes a viernes de 9 a 12- y se organiza por ciclos. Es decir que ellos dan lo que era el tercer ciclo de la EGB, 7°, 8° y 9°. En Atulp funcionaba un curso de tercer ciclo y otro de primer y segundo ciclos, agrupados, para chicos integrados. Pero fue creciendo y hubo que abrir otro de tercero. Siguió creciendo y no hubo más lugar, entonces nos trasladamos acá. Comenzamos a principios de este año con 29 chicos y sólo desertaron dos, pese a que vienen de toda la periferia platense”, remarca la docente.

Pablo (16) vivía en Villa Elvira. Ahora lo hace cerca de 1 y 60. “Pasé por 5 escuelas. Tenía problemas de conducta”, reconoce sin dejar de moverse en la silla. “Este es otro ambiente, hay buenos compañeros”, deja caer y, consultado sobre porqué “antes no y ahora sí”, dispara: “De pibe no me daba cuenta de un montón de cosas. Ahora quiero hacer el secundario. Si no estudiás no sos nada”, espeta, para contar que llegó al programa de la mano de sus padres.

“Anda bien. Arrastra serios problemas de conducta pero acá está más controlado, con chicos que vienen de experiencias parecidas. Y ante el menor problema, llamo a la madre y está al pie del cañón”, realza Milagros, para acotar que “el papel de los padres es fundamental. Se comunican conmigo hasta los fines de semana, controlan si vienen, avisan si van a faltar”.

La “conducta” aparece en casi todos los casos. Un diagnóstico del grupo llevó al vecino Diego Campero, licenciado en Seguridad Civil de la Universidad de Lanús, a proponer un taller sobre violencia juvenil. La inspectora lo aprobó y lo dicta una vez a la semana. “Son chicos que vienen de esa lógica que se ha instalado del barrio contra barrio y que explota en la escuela. O de equipo contra equipo. Alguno que otro merodea la barra de un club de fútbol de la Ciudad, con todo lo que eso acarrea. Aquí se habla de todo. De adicciones, de sexualidad. Se busca hacerles comprender el valor de la vida, el respeto al otro, la diversidad. Cuesta, pero se han notado avances”, dicen en el centro de 38 entre 6 y 7.

chicos “adultos”

Marta Iovanovich, inspectora de la rama de Adultos y especialista en el tema, con libros de su autoría, dice que hay estudios que reflejan las características generales de más de un 70% de jóvenes que asisten a “nuestras instituciones educativas”. Muchos de ellos están “adultizados” por las condiciones materiales de su existencia, con historias escolares previas poco satisfactorias en términos de rendimiento académico o de adaptación al medio escolar, traducidas en problemáticas vinculadas con la disciplina.

“Llegan a nuestras aulas con múltiples frustraciones y dificultades específicas de aprendizaje, sumadas a una problemática socio-cultural peculiar, como realidades familiares complejas o el hecho de ser trabajadores, pese a su edad, inmersos en un mundo de adultos”, describe Iovanovich. Y añade: “El común denominador de estos jóvenes es que no cuentan con el tiempo del que dispone el resto de los adolescentes en una situación ‘normal’. Estas cuestiones los unen con sus compañeros adultos, abriendo espacios de intercambio y nuevas experiencias vinculares positivas para su formación. Es así que encuentran en estos grupos coordinados por maestros la oportunidad y posibilidad de inclusión educativa, contención, escucha, y -enfatiza- la sorpresa de que allí se reconocen sus saberes previos (laborales o de vida)”, explica la experta.

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