Tiempo de diagonales y llamado al consenso

Por Samuel Cabanchik

Senador Nacional ProBaFe)

El pasado 9 de mayo, en mi carácter de senador de la Nación, me reuní con el jefe de Gabinete en su despacho, que me había invitado en respuesta a una carta que le había cursado el 15 de abril. En esa carta, le pedía que asumiera su rol político como natural articulador entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, e, implícitamente, entre oficialismo y oposición, a efectos de consensuar reglas de juego mínimas para no trabar el funcionamiento del Senado.

La desmesurada reacción de algunos frente a mi visita a la Casa Rosada llevó a preguntarme qué umbral había cruzado, por lo menos a los ojos de la llamada "opinión pública" -o publicada, como sería más correcto decir-. Parecía haber ingresado en los dominios del demonio mismo, como días más tarde resultó el Teatro Colón para la mismísima Presidenta. Es en este contexto que nos toca reflexionar acerca de los vínculos entre la política, la discordia y el consenso.

Ya Heráclito, antiguo sabio griego, afirmó que la discordia domina todas las cosas, incluso la justicia misma. También en nuestros tiempos algunos pensadores coinciden en sostener que la política introduce la discordia en su reclamo de justicia. Así, el punto de partida de un estado político de cosas es la discordia o desacuerdo, pero cabe preguntarse si es también el punto de llegada. ¿Acaso cabe hacer de la discordia un valor?

La respuesta es negativa, pues si el desacuerdo es un hecho, no puede ser un valor. Tampoco cualquier consenso o una situación supuestamente ideal de consenso permanente puede ser un valor si con ello se pretende que esto debe ser la política. Postular un consenso necesario sería anular a la política como tal, dada la condición de discordia, que, según la hipótesis que acompaño, es connatural a ésta.

Entonces, ¿cuál es el lugar del consenso? Lo que aquí debería regir es la forma verbal. Consensuar debe ser posible en nuestro sistema, que consagra la democracia y la república. En efecto, no es congruente con la exigencia de nuestra Constitución -según la cual conspirar contra la democracia es traición a la patria- que un gobierno pretenda igualar poder y política a fin de excluir a quien disienta con ese poder.

En un escenario político como el actual, en el que los sectores se nombran por su función de "oficialismo" y "oposición", consensuar tendría el efecto de desarmar esta trampa que hace del otro una especie de mal absoluto al que sólo cabe destruir.

Es tiempo de diagonales, de la política como invención de nuevas configuraciones. Sería el mejor modo de respetar la condición política de la discordia, la posibilidad de consensuar y el sostenimiento de la unidad mayor de la que cabe reclamarse, sólo y siempre, una parte: la unidad de la Nación argentina.

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