Telma, "Manu" y un "guiño" del destino

Hace 10 años, esta saavedrense de 75 años acunó por primera vez a un recién nacido que vivía en la casa contigua a la suya. Durante unos meses cuidó de él para ayudar a su mamá y hermanos, que vivían en condiciones muy precarias. Más tarde, con el consentimiento de ambas, Telma le dio definitivamente el hogar que necesitaba. "Quisiera dejarle las armas para que sepa defenderse en la vida, verlo casado y con un buen empleo", sostiene.
En el hogar de la calle Maipú al 300, a pasos de la plaza central de Saavedra, donde Telma Herrera y Emanuel Parra comparten su vida desde la última década, la calidez se respira al instante.

La máquina de coser, ubicada frente al ventanal, convive con costureros que desbordan de hilos, telas multicolores, una cartuchera de "Ben 10", cuadernos, alfajores caseros y unas cuantas fotografías que evidencian un lazo inquebrantable.

Hasta el gato, dormido junto al fuego, parece relajado.

Es exactamente el mediodía.

"Manu", de 10 años, llega de la Escuela Nº 1, donde cursa quinto grado, sonriente y puntual.

Telma, de 75 años, viuda desde hace 20 y modista desde los 14, se apura en recibirlo con un beso.

--¡Peinate! ¡No sea cosa que salgas así en la foto! --le dice.

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Si algo Telma no tenía programado --menos, a los 65, cuando, por primera vez, recibió al recién nacido en sus brazos-- fue convertirse en "mamá".

Pero el destino le dio un guiño a la criatura cuando el municipio, a través del área de Acción Social, le otorgó a su madre biológica una precaria vivienda contigua a la suya.

--Un domingo, por cortesía, me acerqué para conocer al bebé. Sola y con varios hijos, vivían en forma muy precaria, gracias a un plan social --recuerda.

--Debía cumplir un horario de trabajo y no tenía con quién dejarlo --relata Vanesa, quien, después de Manu --su cuarto hijo-- tuvo otro varón y una beba viene en camino.

En esa misma charla, Telma, que solía pasar varias horas frente a su máquina de coser, se ofreció a cuidarlo.

--Al día siguiente me lo trajo. Desde el primer momento fue un chico buenísimo, que dormía plácidamente en su moisés, mientras yo trabajaba --rememora.

Entre la teta de su mamá y las mamaderas de Telma, Manu crecía saludable.

Cuando cumplió ocho meses, Vanesa debió ser internada de urgencia en Pigüé, donde estuvo varios días. A su regreso, consiguió un empleo temporario.

--Fue el momento en que el bebé quedó en casa para siempre. Conoce su historia y adora a sus hermanos, pero él representa sólo una visita para su familia --ejemplifica Telma, con naturalidad.

--¿Papeles? No. El único papel es Manu. Las cosas son claras --señala, bajo la atenta mirada de Vanesa, que asiente con la cabeza.

Para ella no hay remordimientos y, menos aún, arrepentimientos.

--Mucha gente me pregunta cómo pude hacerlo. A mí me sucede todo lo contrario, me alegra y tranquiliza que no le haga falta nada --define.

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Manu es un chico feliz. Se le nota en la cara.

Prolijo, educado y cariñoso, es pura sonrisa. Fanático de River Plate y del fútbol --juega en el club San Martín--, adora las hamburguesas y las papas fritas y sabe dar vuelta los panqueques en el aire y aplastar las milanesas a la perfección. En la escuela tiene muy buen comportamiento.

Hace unos días festejó con pompas su cumpleaños. No faltaron sus hermanos y amigos del "cole".

--No lo busqué, pero desde que llegó a mi vida soy responsable de él. Así lo asumí desde siempre. Me dicen que lo consiento. Si eso significa, por ejemplo, cocinarle todo lo que prefiere, entonces lo reconozco... ¡Y lo disfruto! --enfatiza Telma.

Manu adoptó las costumbres de su hogar y cumple las reglas al pie de la letra; por caso, sabe que cuando oscurece, debe estar en casa.

--Le hablo mucho, soy directa. Si lo tengo que retar, lo hago sin culpas y entiende todo. Sabe que me desagradan las "palabrotas" y se cuida. Afrontar la responsabilidad de una criatura da trabajo, pero también me llena la vida --reflexiona.

Tiempo atrás, Telma sufrió cáncer de mama. Cumplió durante un año el tratamiento y, desde entonces, no la aqueja ni una gripe.

--Sé que estoy en la cuenta regresiva. A veces me invade el temor; no quiero irme pronto. Quisiera dejarle a Manu un arma para que sepa defenderse en la vida, tener buena salud para poder verlo estudiar, casado y con un buen trabajo...

Aquella Nochebuena en Bahía Blanca

Telma guarda en su memoria vivencias inolvidables junto a su hijo del corazón.

Como aquella, de hace dos años, cuando decidieron viajar a Bahía Blanca a festejar Nochebuena.

--Llegamos el 24 de diciembre y decidimos pasear un rato en el centro, que a esa hora era un mundo de gente. Me tomó de la mano y me pidió que no lo soltara. Hubiese querido filmar su carita observando todo el movimiento, los edificios, las calles repletas de vehículos --rememora.

El paseo incluyó una juguetería donde, cuenta, quedó anonadado, así como el departamento de un familiar. Allí, por primera vez, subió a un ascensor y hasta pudo contemplar la ciudad, desde la terraza.

--A la noche celebramos la llegada de Papá Noel en el barrio Patagonia y recibió la pistola de agua que tanto había pedido --dice.

Anécdotas similares no terminan nunca y las evoca textuales, unas tras otras, mientras reclama expresamente mencionar a la madrina de Manu, la asistente social Marta Cimarosti, quien, asegura, nunca se olvida de su ahijado.

Costurera de ilusiones

A los 14 años Telma ya tenía sus convicciones: quería ser farmacéutica.

Sin embargo, obligada por sus padres, empezó a coser. A esa edad confeccionó su primer vestido y nunca más abandonó la actividad, que le ha dado, según confiesa, muchísimas satisfacciones, una gran cantidad de amistades y su forma de ganarse la vida.

Los vestidos de novia fueron siempre su especialidad, aunque, en realidad, su tarea fue mucho más amplia. Cose para madrinas, chicas de 15 años, caballeros y niños.

Coser para una novia dice que es gratificante y que, paso a paso, minuto a minuto, va construyendo ilusiones.

--Siempre les digo que se casen con el vestido que soñaron y no con aquel que deja conforme a la madre o a la tía. Soy muy respetuosa del gusto de cada clienta y, sobre todo, cumplidora, porque no concibo una modista que no lo sea. Hoy me estoy dedicando, casi exclusivamente, a las medidas más grandes, porque la ropa pequeña se compra en cualquier parte --aclara.

Cuenta que llegó a tener tres empleadas. Siempre hizo docencia, pero sin grandes resultados.

--Hoy veo que las jóvenes quieren ser diseñadoras. Que me perdonen, pero cómo van a diseñar sin saber coser --se cuestiona.

Mientras exhibe una pila de fotos de novias, relata que su horario es inflexible: de 9 a 12 y de 15 a 19. Los sábados son para disfrutar.

Telma integra, además, la comisión directiva de la ermita Nuestra Señora de Luján de las Sierras.

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