Volvemos a parodiar los monólogos del genial Tato Bores, que tanta historia hicieron en el humor político de Argentina. Esta vez, imaginamos que se da una vuelta por el Municipio capitalino en plena transición entre Farizano y Quiroga. Imperdible.
“¡¡¡Querido Tato!!! ¡¡¡Qué alegría verlo por acá!!!, me dijo, mientras me colocaba una escarapela en el frac. “Estamos felices, en medio de la transición”, dijo con los brazos abiertos.
“¿Usted es radical?”, le pregunté acomodándome la peluca.
“Amigo Tatooooo… El radicalismo tiene ahora tantas vertientes como el peronismo. Están los radicales exitosos, los radicales indignados, los radicales rebeldes, los radicales kirchneristas y los radicales suicidas”, exclamó en medio de carcajadas.
Mientras seguía repartiendo escarapelas, hizo un alto y se me acercó para hablarme en voz baja. “No diga nada Tato, pero acá en serio comenzó la transición”.
“Claro, pero eso no es noticia… si salió en todos los medios”, le dije.
“Noooo Tato…. La transición de la que le hablo es lo que acá denominamos RIPM (Reconversión Ideológica Pragmática y Mística). Hay muchos farizanistas que se convirtieron al quiroguismo… ¡¡¡Vieron la luz Tato!!! ¿No me diga que no es emocionante?”
Me quedé pensando un instante y lo miré con cara de extrañado. “¿No entiendo lo de la luz? ¿Se van a CALF?”, le pregunté frunciendo el ceño.
“Jajajajaja Todo es relativo Tato. Hace cuatro meses la mayoría hablaba de un enano de derecha, dos meses después de petiso diestro y ahora de un chiquitín habilidoso y picarón. Si es de derecha o izquierda no importa. ¡Es como si hubieran hecho un exorcismo político!”, dijo agarrándose la panza de tanta risa que le dio.
Dejé a José de la Rosca descostillándose a las carcajadas y seguí caminando por los pasillos en busca de la reunión cuando desde atrás de una maceta alguien me chistó.
“Tato… Tatooo… ¿no quiere comprar dólares?”.
Me acerqué despacito y me encontré con Juan Domingo Camporita, un viejo militante justicialista que tenía lágrimas en los ojos.
“Se supone que usted debería estar contento con semejante resultado que logró Cristina… ¿Qué le pasó?”, le pregunté mientras sacaba un fajo de guita para comprarle 20 dólares a 4,70 pesos.
“Cómo no voy a estar triste Tato. Yo era un Dariomartinista de la primera hora y también me ilusioné con que ganáramos las elecciones municipales”, dijo secándose las lágrimas, mientras contaba mis billetes. “Ahora quedamos más cascoteados que un colectivo de Indalo, Tato”, exclamó en medio de un llanto.
Le acerqué un pañuelo y con palmadas en el hombro lo consolé. “Ustedes tienen un candidato joven que tiene mucho por andar…”
“Ya lo sé, Tato… Pero yo pensé que podíamos arrasar como lo hizo Cris. Impulsamos la prohibición de fumar, de controlar el alcohol, de sacar los cajeros del casino, estábamos cerca de prohibir la pirotecnia… todas las cosas que la gente rechaza… y mire cómo terminamos…”, dijo sonándose la nariz.
“Volviendo al tema del cambio… convengamos que vender dólares en negro va en contra de su gobierno, Camporita”, le dije en tono de complicidad y crítica.
“Noooo Tato. ¡Se viene la devaluación nacional y popular! No comente nada, pero le confío algo: de ahora en más a cualquier problema le agregamos la frase “nacional y popular” y quedan todos contentos. Y si se complica le echamos la culpa a Clarín. Total la gente sigue consumiendo cada vez más medios gorilas, pero nosotros aumentamos el caudal electoral. ¡Es un país maravilloso, Tato!”, dijo recomponiéndose.
Le compré 20 dólares más de yapa y lo despedí con un abrazo.
“Gracias Tato… Ojo con el precio que le venden, ¿eh?… por acá cerca hay algunos arbolitos del MPN que están como yo…”, me aconsejó.
Efectivamente, después de caminar varios metros por otro de los pasillos me chistaron desde atrás de un cenicero de pie.
“Shhhhh. Tato… Tatooo… le vendo dólares”, fue la frase casi imperceptible.
Me acerqué al cenicero y detrás estaba Carlos M.P. Ene, también sumido en un mar de lágrimas.
“Le vendo 50 dólares a diez centavos menos que los que le vendió Camporita”, dijo en un susurro.
Me puse de cuclillas. “¿¿¿Cómo a diez centavos menos???. ¡¡¡Entonces me estafó Camporita!!!”, le grité.
“Shhh Tato no grite… tampoco es tanta plata. Todos estamos de arbolitos buscando el mejor negocio. No se olvide que a nosotros también se nos rompió la ilusión”, dijo lagrimeando.
Saqué otro fajo de billetes y le compré los 50 dólares pensando en el verso de Camporita. “Pero ustedes ganaron la provincia de manera contundente y perdieron contra un gran candidato”, le dije consolándolo mientras le daba la guita.
“Claro Tato, pero teníamos esta posibilidad que era histórica. El tema es que la unidad era tan probable como la de las dos Coreas. Y ahora encima se viene el cambio de gestión”, dijo haciendo ademanes con la mano como que algo quemaba.
“¿Y no se enteró de ningún nombre seguro?”, le pregunté con curiosidad.
“Es un misterio. Es cómo saber a donde está nuestro ex candidato”, dijo con tono de confesionario. “Algunos aseguran que de tanto caminar se convirtió en predicador. Otros dicen que está cantando en un coro de castratis italianos. No se olvide que para esta elección se había jugado hasta las…”.
“No hace falta que me lo recuerde”, dije sin ocultar mi gesto de dolor. Y volviendo al tema del gabinete le insistí por alguna pista o nombre.
“Si me compra 20 dólares más le doy una pista. Pero esta vez son 10 centavos más Tato. Se viene la devaluación….”
“¡Si, la devaluación nacional y popular!”, lo volví a interrumpir fastidiado antes de que termine.
“¡Claroooo Tato! A mí me convenció Camporita. ¡Es una frase muy convincente!”, me contestó al recibirme la guita y enseguida agregó: “El hombre que estará cuatro años más en el edificio de Roca y Rioja es… cha chan cha chan…. ¡El gobernador!”, dijo mientras se guardaba los billetes entre risas.
Me agarró tal bronca que antes de que se me prendiera fuego la peluca preferí alejarme rápidamente y me dirigí hasta la oficina donde se estaba haciendo la reunión de la transición, mientras que el arbolito me gritaba desde lejos: “Tatoooo yo no le mentííííí. Es una triquiñuela nacional y populaaaaaaaaar”.
Llegue hasta la oficina y acomodé la oreja para ver si podía escuchar algo. Pero nada. Volví a pegar la oreja…. Y nada.
“No se moleste Tato. Están hablando en un clima de amor y paz. Nadie levanta la voz”, me dijo Ricardo Expediente, un funcionario de planta permanente que pasaba por ahí. “No le invito un café porque hasta los mozos están politizados. El café viene tibio y quemado depende quién lo pida y a quién se le pida”, comentó con un lamento.
Me quedé pensando en el encuentro de amor y paz y encendiendo un cigarro cerca de una ventana le pregunté: “¿Y Cómo sabe que la reunión es de amor y paz?”.
“Me extraña querido Tato. Esto es como cuando usted va a recibir visitas. Limpia la casa, acomoda los muebles, pone el mejor mantel y esconde las cosas que no quiere que se vean. Solamente si alguien viene a instalarse se va a dar cuenta si usted vive de manera ordenada o si su casa es un despelote. Bueno, esta gente se viene a instalar en diciembre. Allí veremos qué dicen”, me dijo.
Conforme con la explicación que me dijo Ricardo Expediente, lo despedí y me fui un poco desanimado porque pensé que la primera reunión de la transición sería un verdadero show.
Luego de darle la mano y saludarlo, Expediente se me acercó y me dijo al oído. “Tato… ¿no quiere comprar dólares?. Los tengo a 4,40. Un regalo”.
Le tiré los últimos mangos que me quedaban y volví por el mismo recorrido que había tomado para entrar. Por supuesto, ya no estaban ni Camporita ni Carlos M.P. Ene.
Salí a la calle pensando en cómo se haría finalmente la transición del gobierno municipal, cómo se renovaría el gabinete provincial y hasta dónde llegaría la devaluación nacional y popular.
Recordé que las grandes ciudades y los grandes países se recuperan de cualquier crisis, tanto económica como política y que –como dice el dicho- siempre que llovió paró.
Por eso, mis amigos, traten de tomar todo con humor que la vida es una sola, es demasiado corta y hay que vivirla con alegría.
Miren los noticieros sin angustia, lean los diarios sin amargarse.
Hasta la próxima. Buena suerte, mucha merde, vermouth con papas fritas y ¡good show!
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