¿Qué pasaría si Tato Bores viviera en Neuquén e hiciera monólogos sobre la realidad política neuquina? Aquí, un experimento paródico elaborado por nuestros periodistas, con todo respeto hacia aquel maestro inolvidable.
Miré hacia los pasillos… y nada. Estaban también vacíos.
Subí por las escaleras al primer piso y me encontré a un mozo de la cocina haciendo jueguitos con una cucharita de café.
“¡Tato... Menos mal que usted anda por acá!”, me dijo emocionado y abrazándome. “Desde que se rompió la coalición hay cada vez menos gente y uno no sabe qué hacer”, dijo medio compungido. “¡No tengo a quién servirle un café!”
“¿Pero no hay nadie, en serio?, le dije acomodándome la peluca.
“Shhhhhhhhhhhhhhhhhh. No haga ruido Tato. En realidad hay pequeños grupos escondidos en oficinas en asamblea permanente. Venga para acá que le muestro”, me dijo agarrándome del brazo.
En una oficina que estaba ubicada al final de un pasillo, se escuchaba, en un segundo plano, un debate que parecía acalorado.
“La culpa de todo la tiene Indalo”, dijo un dirigente de UNE.
“¡No señor!”, dijo el vocero de Indalo, mientras retorcía una tarjeta monedero de los nervios. “La culpa la tienen los baches que nos hacen pelota los colectivos”.
“¡Mentira!”, gritó el subsecretario de Servicios Públicos que todavía rengueaba porque se había caído a un pozo en plena Avenida Argentina. “La culpa de todo la tiene la gente que no sabe esquivar los pozos”.
“Las pelotas”, gritó el Defensor del Pueblo. “La culpa la tiene el gobierno provincial por dejar entrar tantos extranjeros que no terminan de conocer nunca cómo manejarse en la ciudad”.
“¡Chucha güevón!”, se quejó un chileno recién llegado que ya andaba averiguando cómo empezar a militar en las comisiones vecinales. La culpa la tiene la derecha de Chile y Sebastián Piñera”.
El mozo me apartó de la puerta donde estábamos escuchando y me dijo con angustia. “Ve lo que le digo, Tato… hay asamblea permanente en todos lados, pero esto es un despelote”.
“No se amargue”, le dije en tono paternalista. “Todo pasa…”
“Sí, ya lo sé Tato. Es más… aprovechando que estoy tan aburrido estuve ensayando varios chistes para pasar los ratos de amargura”.
“¿Sabe por qué toda la Municipalidad está tan sucia?”
“No…”, le contesté intrigado.
“¡Para que no salga Brillo”!, dijo entre carcajadas y agarrándose la panza.
“Hay que tomarlo todo con humor Tato. Y cuando las cosas no andan bien hay que afrontarlas. Ya lo dice el dicho: A lo hecho, Pechi”, dijo entre nuevas carcajadas y casi descompuesto de risa.
Dejé al mozo divertido y me fui caminando por uno de los pasillos, cuando noté que alguien me chistaba.
“Shht… shht… Tato…”
Miré para todos lados y no encontraba a nadie.
“Tatooooo”, insistió.
Volví a mirar para un rincón y vi que adentro de un cenicero de pie cortito estaba escondido Horacio Quiroga.
“¿Qué hace por acá?”, le dije mientras le apagaba mi toscano en un costado del plato.
“¡¡¡Hable despacito Tato!!! Estoy controlando que no contraten personal ni nombren a nadie en planta permanente”.
“¿Y no tiene miedo que lo descubran?”, le dije en voz baja y agachándome.
“Claro que sí Tato. Es más, quiero que me haga de campana por si viene alguna brigada de UNE”, me contestó con el eco metálico del cenicero.
“Pero los de UNE ¿no se fueron?” le pregunté.
“No, Tato. El intendente le pidió la renuncia a todos los funcionarios y los únicos que presentaron la renuncia fueron los radicales”.
“Bueno”, le dije. “Igualmente no creo que vayan a querer pegarle a usted”, le dije bajito.
“Lo van a fajar a él y a cualquiera que se les oponga”, gritó a media voz Fabricio Cascino de otro cenicero que estaba en frente, y del que salía un poco de humo.
“Pero usted ¿no era del riñón de UNE?”, le pregunté mientras lo veía pitando un cigarrillo nervioso.
“Eso es lo que pensaba yo, Tato. Pero evidentemente, más que del riñón, era del intestino grueso”, dijo al borde del llanto.
“No te preocupes Cascino”, le contestó Pechi desde el otro cenicero. “Si te venís a mi nuevo partido te puedo nombrar jefe de placeros de uno de los cinco parques que voy a construir”, le dijo con tono de campaña.
Los dejé charlando con la certeza de que seguro habría algún entendimiento, y me fui caminando por las escaleras al segundo piso, cuando en el descanso me lo encontré a José Teaprieto que venía bajando apurado y lucía una remera que decía “Indalo tomate el palo”.
“¿Tato: no lo vio al guacho de Cascino? Me dijeron que andaba por acá”, dijo buscando un poco de aire para respirar.
“No, no lo vi”, le mentí, por piedad hacia el concejal.
“Ya lo vamo a agarrar…Gracias igual Tato. Y no se olvide: Mariano vaaaa”, gritó desde varios escalones más abajo.
Retomé mi camino y cuando transitaba por uno de los pasillos vi una puerta entreabierta, me asomé y ¿a quién me encontré? A Martín Farizano jugando un solitario.
“Buen día, Intendente”, le dije desde lejos.
“¡Tato querido!”, qué alegría verlo por acá. ¿No quiere hacer una escoba de 15? Estoy cansado de los solitarios…”, me dijo, mientras barajaba un mazo que tenía el escudo de la UCR.
Acepté el reto y me senté frente al intendente que ante mi presencia había levantado un poco el ánimo y repartía las cartas con más optimismo.
“¿Qué fue lo que pasó, don Martín?”, le pregunté, mientras miraba las cartas que me dio.
“Tato…. Todavía no lo puedo creer. Pensar que yo jodía con la inclusión para acá, la inclusión para allá y finalmente terminé excluido yo”, dijo al borde del llanto.
Aprovechando que estaba cabizbajo, volví a meter un 4 de bastos en el mazo que me había dado y me afané una carta.
“Animo… no todo está perdido, intendente”, le dije tratando de entusiasmarlo.
“Tiene razón Tato…son todos unos ingratos. Mansilla, Escobar, Martínez… pero no me importa. Este último tramo de campaña lo voy a encarar con todo y la gente me va a votar”, me dijo recuperándose del mal momento.
“Claro que sí Don Martín. Póngase las pilas. Un radical se rompe, pero no se dobla…”
“No se crea Tato… lidiando con UNE, el FpV y Libres del Sur, quedé tan retorcido que me duelen todas las articulaciones”, dijo mientras levantaba tres cartas de la mesa.
Jugamos cuatro partidos que le dejé ganar para no bajonearlo, y volví sobre mis pasos en busca de la salida.
Ya cuando estaba en la vereda me lo encontré a un eufórico José Brillo, ensayando eslóganes de campaña.
“¡Compañero Tato! ¡Qué alegría me da verlo!”, me dijo mientras repartía volantes y silbaba el jingle de Brillo Intendente.
“¿Qué anda haciendo por acá?”, le pregunté con curiosidad.
“Tato… mire lo cerca que estoy de la Municipalidad… estoy ahí nomás”, me dijo emocionado.
“Mire, José. No le quiero romper la ilusión, pero en el 2007 perdió con el 49 por ciento y…”
“Nooooooooo. ¡No me lo recuerde Tato! ¡Después de tres años de terapia, mi psicoanalista me convenció para que me borre eso de la cabeza!”, exclamó.
“Eso es historia, Tato”, dijo recomponiéndose. “En este 2011 se rompió toda la oposición y además se alinearon los planetas, los precandidatos, los Jorges… ¡¡Estamos como queremos!!” dijo sin dejar de repartir volantes a los peatones y con una sonrisa enorme.
“¿Tan seguro está?”, le dije mientras le ayudaba con un toco de panfletos.
“Me juego un testículo a que gano esta elección, Tato”, dijo eufórico.
“¿Y por qué no se juega los dos?”, le pregunté.
“Es que en el 2007 ya me había jugado uno… ¡Le dije que no me lo recuerde Tato!”, gritó enojado.
Terminamos de repartir los volantes y José me abrazó para despedirse.
“Antes de que se vaya –dijo agarrándome el brazo- dígame qué le parece este slogan de campaña: “Sin franela, Neuquén va a tener Brillo”. ¿¡No es maravilloso Tato!?
Nos despedimos con un abrazo y me fui caminando por la calle Roca, para subirme a mi coche, un poco fastidiado por no haber podido hacer el trámite en la Municipalidad.
Cuando llegué al auto, le pagué el lavado a José Se Lo cuido Maestro, que me agradeció con una reverencia.
“¿No era que a ustedes los iban a capacitar para que en un futuro dejen de lavar en la calle?”, le pregunté cuando ya estaba casi con medio cuerpo en el auto.
“Sabe lo que pasa, Tato. Para el que tiene hambre más le vale huevo hoy que gallina mañana", me dijo con tono solemne.
Ante semejante frase profunda le pregunté: “¿Desde cuándo sos lavacoches?
“Desde hace un día. Yo era director municipal por el PJ, pero antes de que Farizano me acepte la renuncia, ya estoy practicando un poco con esto porque la calle está dura”, me dijo, mientras me acomodaba los limpiaparabrisas.
Le di 20 mangos más, encendí el auto y me marché para casa, pensando cuál sería el futuro de Neuquén en los próximos años.
Recordé que las grandes ciudades y los grandes países se recuperan de cualquier crisis, tanto económica como política y que –como dice el dicho- siempre que llovió paró.
Por eso, mis amigos lectores, traten de tomar todo con humor que la vida es una sola, es demasiado corta y hay que vivirla con alegría.
Miren los noticieros sin angustia, lean los diarios sin amargarse.
Hasta la próxima. Buena suerte, mucha merde, vermouth con papas fritas y ¡good show!


Comentá la nota