Tres meses antes del crimen, la madre de Mauricio Brizuela había denunciado las amenazas hacia su hijo. La justicia reaccionó cuando ya estaba muerto. Se realizan las audiencias del juicio por el homicidio del menor en las Ferias Comunitarias. Crónica de una muerte evitable.
Durante el transcurso del proceso declararon los testigos, empleados y clientes del establecimiento comercial, que habían presenciado la balacera. Pero una resolución judicial que fue rubricada por los jueces Néstor Sala, Patricia Gutiérrez y Jorge Rodríguez prohibió que cualquiera de las partes que intervienen en este proceso entregue información a la prensa sobre lo que allí suceda, debido a que los acusados son menores, o lo eran al momento de los hechos.
Pero según consta en documentación judicial fehaciente, Patricia Sebeyra –la madre de Mauricio Brizuela- se había presentado en la Fiscalía General Departamental el 20 de mayo, para denunciar las amenazas sufridas por su hijo, de parte de dos jóvenes también menores: el hoy juzgado SS, y otro llamado JH. Indicó que los nombrados circulaban en una moto, e interceptaron a Mauricio en Ortiz de Zárate entre Reforma Universitaria y Goñi. Le dijeron textualmente que lo iban a matar, y luego le dispararon con un revólver sin llegar a lesionarlo. Los hechos habrían sucedido el 26 de abril, y se reiteraron de manera similar el 15 de mayo de 2009.
Dos días después, la fiscal Susana Kluka se inhibió de seguir actuando en la causa debido a la edad de los mencionados, y remitió lo actuado a la fiscal del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil, Mariana Baqueiro.
Parece una broma, pero las primeras actuaciones de esta fiscal datan del 30 de octubre, es decir cuando el joven ya había sido asesinado a balazos, presuntamente a manos de la misma persona que su madre había denunciado por amenazas y agresión con arma de fuego. En esa fecha, Baqueiro procede a iniciar la investigación de los hechos, solicita la historia clínica del ya fallecido para comprobar presuntas lesiones y llama a los testigos. No es un chiste.
Muerte anunciada
En ese día de agosto, eran poco más de las nueve de la mañana. Dos jóvenes menores de edad iban a bordo de una moto Honda Smash color azul con funda blanca por la calle Friuli, cuando llamaron la atención de uno de los testigos: al parecer dudaban entre detenerse o seguir. Finalmente pararon.
Ya en el interior de la feria, uno de ellos extrajo un arma que traía oculta entre sus ropas y comenzó a disparar con insistencia contra otro adolescente que se encontraba allí acompañado de su madre. La víctima –Brizuela- intentó evadirse mientras era perseguido por el tirador, que disparó varias veces. Una de las balas impactó en la cabeza de una pequeña, Tania Rodríguez, que se debatió entre la vida y la muerte por un espacio prolongado, debido a qua la herida en el hueso occipital provocó la pérdida de masa encefálica.
Otra de las balas vino a atravesar la pantorrilla de un hombre que se encontraba en la línea de tiro, José Sáez, de 64 años. Los testigos estaban atónitos, sólo atinaron a describirlo como un muchacho delgado, de tez blanca y cabello corto, que vestía una campera negra y un jean gris.
Al llegar la policía, el panorama era desolador. Un coche blanco salía con la beba herida rumbo al hospital, y luego una ambulancia llegaría a cargar a los otros dos heridos. A esta altura se verificaba que Brizuela había recibido un impacto de bala en el abdomen: falleció luego en el HIGA, debido a la gravedad de la herida recibida.
Un hombre que estaba casualmente en la feria comunitaria no pudo creer lo que veía. Se había ocultado detrás de una góndola de mercadería durante los hechos de violencia, y salió tras el agresor. Es un testigo que se presentó con su nombre y apellido: su identidad no ha sido protegida en el desarrollo del expediente. De todas maneras, este medio prefiere no exponer sus datos para no ponerlo en más riesgos de los que él mismo se impuso.
Esa mañana, el testigo subió a su auto y salió tras la moto en la que se escapaba el presunto asesino, que era conducida por otro joven, de aproximadamente la misma edad. Los siguió a una distancia prudencial: por Vidal hasta Génova, por esta hacia Polonia hasta llegar a la calle Cuba.
Se detuvieron en la casa número 2466, donde hay un almacén. El joven que había efectuado los disparos descendió. El conductor siguió su camino. Inmediatamente, el testigo llamó al 911, dio las referencias del caso y permaneció en la cuadra hasta la llegada de los móviles policiales.
Una vez allí, los policías encontraron que en el comercio se encontraban la madre y la hermana de quien ellos estaban buscando: SS. El sospechoso, que resultó tener 16 años, se encontraba en el interior de la vivienda junto con su amigo EC, de 15. La madre dijo que jugaban a las cartas.
Mientras se realizaban las primeras pericias, la policía encontró un arma equivalente a la que acababa de matar a Brizuela y de herir a otras dos personas: un revólver 38 Rossi especial cromado. Estaba junto al cerco perimetral de la casa, pero del lado de la vecina.
Los rumores en la zona amenazan con convertirse en leyendas urbanas. Hay quienes dicen que Brizuela habría sido enviado a vender una moto robada, con cuyo resultante debía pagar una fianza de SS, pero no cumplió. Más versiones intentan explicar lo inexplicable. La fiscal ordenó la aprehensión de SS pero no la de EC, que fue devuelto a sus padres. Cuarenta y ocho horas después se entregaba como cómplice de los hechos.
Desatentos
Las personas de esta sociedad están desahuciadas. Ya nadie cree en las palabras de aliento y respaldo del gobernador Scioli, que jura que vengará los hechos de sangre que no ha podido prevenir. A nadie le sirve ahora que diga que va a perseguir a “las bestias”, como ha dado en llamar a los delincuentes violentos, porque todos quisieran que los hubiera detenido antes: ninguno es nuevo en el gatillo. El joven que mató a Brizuela tenía antecedentes delictivos, ya le había disparado antes, sólo que no lo había podido matar. Si la justicia hubiera hecho algo con la denuncia de la madre, la muerte de un chico de 18 años se hubiera evitado.
También se hubieran evitado las graves heridas que hoy cambian la vida de Corina, la mujer baleada por su marido en la puerta de la escuela de sus hijas, si la última vez que la golpeó hubiera quedado preso un poco más de dos días. Si la orden de restricción que pesaba sobre él hubiera servido para algo más que para juntar tierra. Si alguien le hubiera prestado atención a su temperamento violento. Si su condena por agresión no hubiera estado en suspenso.
Hoy las audiencias de juicio a SS, el autor de los disparos contra Mauricio Brizuela, están rodeadas de hermetismo, y se amenaza con serias sanciones a quien deje colar información al respecto. Los jueces dicen que es porque se trata de menores, pero las dudas crecen a cada instante. ¿Qué será lo que no se tiene que saber?
Por lo pronto sería interesante confirmar si alguien menciona las amenazas denunciadas por Patricia Sebeyra, los disparos de cuatro meses antes del crimen, y la pobre actuación de la fiscal, totalmente extemporánea. De comprobarse esta mora injustificada, lo lógico sería que interviniera la Procuración de la Corte para investigar lo que podría ser considerado un flagrante incumplimiento de los deberes de funcionario público. De todas maneras, y a la vista de todos, es demasiado tarde para lágrimas, aunque esté prohibido decirlo.

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