De sueño a pesadilla, en pocos pasos

La Rioja modelo 2010: frente a frente con los flagelos de los accidentes de tránsito y la creciente delincuencia.
Si a cualquier visitante ocasional le dijeran que un reclamo por la limpieza de un terreno baldío en esta Capital puede acumular más de tres años de espera, ¿lo creería? ¿Concebiría dicho individuo que en los tiempos que corren tal situación se repitiera no sólo en uno sino en múltiples casos?

Los interrogantes que aquí se plantean, son propios de la ciudad en que vivimos. Y son propios también de una cotidianeidad en la que lo que de debería aparecer como extraño o fuera de lugar, se torna lo más común del mundo, al punto tal que pasa a formar parte del paisaje urbano.

Por eso no sorprende, aún cuando por momentos parece que cause asombro, la creciente inseguridad que se viene registrando en la Capital riojana que de los sueños pasó a la pesadilla en muy pocos pasos (como del amor al odio y del odio al amor).

Quienes gozan de buena memoria, podrán recordar que hace ya algunos años, cuando el actual intendente capitalino asumió su primera gestión, prometió para los riojanos una ciudad de los sueños que, en rigor de verdad, dista mucho de serlo. Y los factores que llevaron a esto son perfectamente identificables.

Y en este sentido, se puede afirmar que nuestra cultura ha sido largamente permisiva con una elite gobernante, que, durante los últimos años se ha dedicado casi con exclusividad, a la persecución del reaseguro de su propia continuidad en los estamentos del poder, casi al estilo feudal y despreciando lo que debería haber sido una norma sagrada, el respeto por las instituciones.

Con ellas en pie, fuertes, e incorruptibles, con seguridad, hoy tendríamos una sociedad mucho más equitativa y existiría una menor criminalidad.

Entre asaltos y accidentes

No obstante, en la actualidad los riojanos se debaten entre los asaltos que se repiten cada vez con mayor frecuencia y la caótica y frenética intransitabilidad -con trágicos accidentes que se cobran vidas prácticamente a diario-, como consecuencia de la permanente desatención a las cuestiones de fondo que no se tapan simplemente con un bacheo improvisado que, está visto, tampoco es la solución. Y he aquí, tal vez, la palabra clave: improvisación. Entre lo que no se hace y lo que se hace mal.

Sabido es que la seguridad de los riojanos no es competencia del municipio capitalino, pero si aporta a ello el hecho de que se atienda a los pedidos y reclamos que se multiplican y que giran en torno a una cuestión tan simple como la limpieza y desmalezamiento de un sitio baldío -de los que abundan- y las luminarias en correcto funcionamiento para evitar así la generación y existencia de un espacio propicio para la delincuencia, tal como ocurre en estos días en la zona Norte de la Capital, sólo por citar un ejemplo.

Poco se hace en torno a esto y lo poco que se hace, se hace mal. Como también se hace poco y mal en una materia tan sensible como la de seguridad vial, en donde entran en juego, nada más y nada menos que las vidas humanas, muchas de ellas truncas ante la falta de políticas de prevención y medidas que nunca llegan o que pasan absolutamente desapercibidas.

O acaso alguien recuerda ya el rotundo fracaso del sistema de fotomultas que nunca se puso en marcha y que, para colmo de males, costó una importante suma de dinero para el Municipio, es decir, para todos.

Otra muestra más, entre tantas, de que cuando las cosas no se hacen como corresponde salen definitivamente mal.

Así ocurrió con casi todas y cada una de las contrataciones directas que caprichosamente llevó adelante el intendente Ricardo Quintela, haciendo caso omiso a la existencia de un Concejo Deliberante que, a esta altura de los acontecimientos, se asemeja mucho más a una pintura al óleo de poca valuación que a un grupo de representantes del pueblo. Que para eso los votaron, ¿no?

Estamos hablando aquí, de dos cuestiones prácticamente fundamentales para la sociedad y que si bien parecería que no tienen punto de conexión entre sí, están mucho más entrelazadas de lo que muchos pudieran pensar. Al menos en la concatenación de medidas que nunca se pusieron en práctica de la manera adecuada. Y en la concatenación de medidas que fracasaron y fracasan sistemáticamente.

Pesada herencia

Menuda tarea debe tener por estos días el nuevo ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos Felipe Alvarez. El funcionario, que asumió recientemente, surge como la nueva esperanza en un contexto que no le es para nada favorable y que con el correr del tiempo dejará ver cuál es el verdadero campo de acción en el que se puede mover.

Por lo pronto, Alvarez debió ratificar a la cúpula de la Policía provincial y de allí surgieron los elogios consecuentes y mutuos. Pero por debajo de la mesa, se sabe, el malestar existe.

Ocurre que Alvarez carga desde su llegada al Ministerio con la pesada herencia que dejó a su paso Graciela Nader, cuya última decisión en materia de seguridad vial generó un verdadero revuelo.

Es que la ex funcionaria no tuvo mejor idea que sacar a los efectivos policiales a la calle y encomendarles la tarea de controlar el tránsito, lo que de inmediato significó ubicarlos bajo la órbita de la comuna capitalina.

Y desde el propio municipio -acostumbrado a que las soluciones lleguen siempre a partir del esfuerzo de terceros- se mostraron satisfechos en cuanto a que esta medida les significaba tener más personal en las calles para así llegar con mayor profundidad hacia los barrios de la Capital y no sólo a las arterias principales, donde en rigor de verdad los controles tampoco fueron efectivos.

Pero transcurrido el tiempo, la medida de Nader comenzó a desnudar falencias por todas partes. Y en la actualidad los riojanos asisten a una realidad que muestra que no sólo no disminuyeron los accidentes de tránsito, cada vez más frecuentes y con consecuencias más graves sino que al mismo tiempo se incrementaron considerablemente los hechos delictivos.

Y la Policía -así lo reconocen y advierten desde la Fuerza, aunque en voz baja- está totalmente desbordada y es cada vez más marcada e insistente la necesidad de ampliar el plantel de la fuerza, creando además nuevas Comisarías.

Basta con hacer un repaso de las últimas tapas en los matutinos locales para caer en la cuenta de la escalada delictiva que no se detiene.

Y lo que es aún más preocupante, el grado de violencia con que suelen darse. Y si a eso se le suman las crónicas interminables de accidentes, el panorama no es para nada alentador. Y si se hace un análisis pormenorizado de las medidas que se proponen, lo es bastante menos. Pero lo que preocupa aún más es que se mire para otro lado. Llama poderosamente la atención la indiferencia que muestran algunos funcionarios y en especial los concejales capitalinos que perduran en un letargo interminable.

De otra manera, sería difícil explicar cómo los ediles no plantean ninguna medida ante la postura de EMICAR, la empresa concesionaria del estacionamiento medido, que no cumple con uno de los puntos del pliego que indica que debe desarrollar educación vial en las escuelas. Así, todo queda simplemente en el ánimo recaudatorio y nunca se ataca la cuestión de fondo que parte, básicamente, desde la educación.

Y las estadísticas, a esta altura, son alarmantes. A saber: durante el mes de julio pasado, la Policía de Tránsito retuvo 366 vehículos, entre motos y autos.

Y en lo que va del mes de agosto ya se retuvieron 38 motocicletas por infracciones a las legislaciones de tránsito y sólo en el último fin de semana que pasó se retuvieron 27 autos y 10 ciclomotores. En todos los casos (más de 400), los conductores se encontraban en estado de ebriedad.

Esto no es casual. Diversos estudios demuestran que la mayoría de los adultos percibe a la Argentina como una sociedad anómica, en la cual las leyes en general y la Constitución en particular, no son respetadas por los ciudadanos ni por los dirigentes, y donde el Estado no impone ni garantiza su cumplimiento.

Tal vez lo más grave sea que esas personas consideran que los principales violadores de la ley son los políticos, seguidos de la Policía, los funcionarios públicos y los jueces.

Mal que les pese a los funcionarios que se erizan cuando se menciona el tema, la inseguridad provocada por el auge del delito en sus más diversas variantes y los trágicos accidentes de tránsito que nos enlutan casi a diario, siguen haciendo acto de insolente presencia en todo el país y, especialmente, en el último tiempo en La Rioja. ¿Alguien se hará cargo?

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