Guillermo Moreno es probablemente el funcionario menos lenguaraz. No sólo porque el secretario de Comercio no hable con periodistas ni dé conferencias de prensa: también es difícil que suelte una palabra sin haberla meditado.
Fue un encuentro tenso. Les estaban comunicando a los fabricantes y expendedores de GNC, el sector energético más cuidado por el Gobierno en los últimos tiempos hasta el punto de ser el único excluido de los cortes, que era necesario subirles 300% las tarifas del gas que compran. Kicillof había acaparado la escena, Cameron casi no abría la boca, y Moreno tomó la palabra recién sobre el final, a modo de conclusión.
Dijo que todos, absolutamente todos los que estaban ahí, tenían una vasta experiencia en energía y sabían de qué se trataban los problemas. Que él, por ejemplo, se ocupaba de esos temas desde hacía siete años. Y cerró con una broma, mirando a la líder de la Federación de Empresarios de Combustible, única mujer del encuentro y con 40 años de trabajo en el negocio: La única novata es la señorita Rosario Sica, porque todavía es muy joven , sonrió.
Pareció un chiste inocente. Pero tanta insistencia en los antecedentes podría interpretarse en realidad como una alusión de Moreno al único recién llegado a estos menesteres: Kicillof, el economista de impecables galardones universitarios que se abocó a la cuestión hace seis meses. La situación era curiosa porque Kicillof había asumido el 80% de la conversación. Y fue quien primero sacudió a los propietarios de las estaciones: les advirtió que habían ganado ya mucho en estos años y que tenían que hacer el esfuerzo porque, entre otras cosas, era necesario atraer capitales y desarrollar la producción de gas, insumo que le estaba costando al país una enormidad en importaciones de energía. Era un alto en el camino del keynesiano esmerado en enfrentar corporaciones: les estaba pidiendo a las pymes un espaldarazo para mejorar la rentabilidad de las multinacionales.
El mal trago será atenuado. La mayoría de los expendedores piensa ya en trasladarlo total o parcialmente a los surtidores. Pero la referencia de Kicillof a las importaciones terminó de confirmar el cambio de paradigma de un gobierno que, hasta el año pasado, juzgaba la pérdida del autoabastecimiento como algo natural e incluso necesario. Sin ir más lejos, Cameron, presente aquel mediodía, venía de cuestionar el 10 de agosto del año pasado, durante la exposición Argentina Oil & Gas, a los críticos de esa política: "Cabe aquí preguntarse si la alternativa de no importar los volúmenes necesarios y generados por el crecimiento del PBI nacional es una alternativa posible -había dicho-. Desde nuestro punto de vista, estas importaciones nos permiten ordenar de mejor manera el consumo de energéticos durante los períodos invernales, nos posibilitan concentrar el consumo en el sector generador, desplazar gas para el sector industrial y, lejos de crearnos incertidumbres respecto de la balanza de pagos, nos genera esperanza por el crecimiento sostenido del país".
Todo cambió. Ahora es Kicillof el inquieto por esa balanza. Tanto, que suele preguntarse públicamente cómo estaría la situación sin ese agujero del que culpa a la vieja YPF. "Cuando ponemos lo energético, ese superávit comercial que logran la industria, la producción y el trabajo argentino se ve deteriorado por el problema energético ocasionado por esta empresa", dijo el 1° de junio.
El viraje puede explicarse, como expuso la Presidenta el jueves, en que no siempre hay que tomar el mismo camino para determinados fines. Pero les resulta hostil a empresarios que tienen que planificar inversiones. Fausto Maranca, dueño de la firma Galileo y quien trajo el GNC al país hace 30 años, se lo planteó a Kicillof en aquella mañana explosiva. Tengo invertidos 3000 millones de dólares . La Argentina es famosa por Maradona, Sabatini y el GNC , exageró. Y por Perón y Evita , acotó Moreno. Maranca recordó su última apuesta: abastecer con gas al transporte de cargas.
No alcanzó. La idea fue incluso sepultada 24 horas después por la propia Cristina Kirchner. Que en el acto en Ensenada recordó con ironía un plan para darles gas a los colectivos, que juzgaba disparatado y que atribuía a "un ex ministro de Economía", Roberto Lavagna. Olvidaba, en rigor, al verdadero autor, Aníbal Fernández, que presentó el proyecto en 2002 como ministro de la Producción de Duhalde. "La idea es que la Argentina se transforme en un polo de desarrollo y producción mundial de la industria y tecnologías asociadas al uso de gas vehicular en todas sus formas", dijo el 20 de noviembre de 2002 en el Congreso, según publicó entonces Página 12.
Es entendible que Aníbal se haya despojado del aquel entusiasmo. Sería el colmo que hasta los funcionarios reclamaran previsibilidad..





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