Por Fernando LabordaTradicionalemnte, la corrupción en la administración pública se asociaba en el imaginario colectivo con sobres que se pasaban por debajo de una mesa o con bolsas llenas de dinero que se escondían en el baño de un despacho ministerial. Más recientemente, los mecanismos habrían alcanzado un nivel de sofisticación mayor, a tal punto que una coima podría aparecer disimulada como el pago de una comisión por servicios de intermediación de dudosa realización.
Probar la existencia del delito no es nada sencillo, a menos que de una investigación sobre la ruta de ese dinero se desprenda que una parte llegó a manos de un funcionario, o que se demuestre una relación societaria o familiar entre éste y el comisionista.
En el caso de las insólitas comisiones que pagaban a intermediarios empresas argentinas que exportaban maquinaria agrícola a Venezuela, las sospechas son muchas en función de que los porcentajes eran muy superiores a los habituales por esos servicios y por la posibilidad de que fueran los gobiernos argentino y venezolano los que indicaran los comisionistas a quienes los exportadores debían acudir forzosamente para aceitar las operaciones.
No habría que esperar rápidos resultados judiciales en esta cuestión, después de los escasos avances de la Justicia en escándalos más resonantes, como el de Skanska o el "valijagate". Sin embargo, las relaciones con el chavismo les siguen deparando dolores de cabeza a los Kirchner y alimentando a una opinión pública en la que la mala imagen del Gobierno parece haberse instalado para quedarse.
Si el objetivo de Néstor Kirchner es llegar a los comicios de 2011 con altas probabilidades de lograr el 40% de votos e imponerse a una oposición fragmentada sin llegar a un peligroso ballottage, cierto es que la instalación de permanentes escándalos de corrupción en los medios reducen notablemente las chances de que remonte la cuesta que hoy lo muestra con un techo del 30% de votantes.
A Kirchner le queda la esperanza de vencer a todos sus rivales peronistas en la interna abierta del PJ para convertirse en una suerte de líder indiscutido del movimiento. Se trata de un deseo de difícil concreción. Prácticamente, ninguno de sus rivales en el justicialismo -el primero ha sido Felipe Solá- parece dispuesto a competir contra Kirchner en una interna. Es que, por un lado, difícilmente alguien que venza al ex presidente en una contienda interna estaría gustoso de llevar en la lista de diputados a candidatos kirchneristas por la minoría. Y, por otra parte, las diferencias ideológicas entre un Kirchner y un Duhalde, o entre el primero y un De Narváez tornan utópica la idea de una cohabitación en un mismo partido político.


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