Obradovich es uno de los investigadores más rigurosos del radicalismo. Analiza la creciente pulverización del poder del partido.
- Es correcta. Yo abordo el caso Capital Federal por su histórica gravitación en la construcción del poder del radicalismo. Aquí nació hace 120 años…
- Y a los balazos…
- Y a los balazos. Capital direccionó la vida del partido durante décadas. Fue el espacio que irradiaba, con singular gravitación hacia el resto del país radical, un conjunto de valores que el partido hacía propios en toda su extensión… creencias y visiones que, desplegadas sobre el espacio político y social, fueron asumidas por el conjunto. Por supuesto que el radicalismo no se formateó solamente desde la Capital Federal, pero desde aquí se influyó mucho en esa construcción. ¿Pero qué pasó en Capital a partir de finales de los ´80 y avance de los ´90? Que en Capital se dio una transformación en la base social del partido, algo que fue independiente de su voluntad. Sucedió que las clases medias que tradicionalmente lo acompañaron, dejaron de hacerlo. Influyeron en ese corrimiento los dictados del neoliberalismo, la globalización. Ante nuevos paradigmas -cualquiera sea el juicio que hoy nos merezcan- del radicalismo, se aleja lo que fue su apoyo: se diferencia un conjunto de categorías profesionales: pequeños comerciantes, empresarios medios. Un cambio que además venía alentado por la desaparición de algunos de estos planos. El pequeño comerciante, por caso, que desaparece de la mano de la modernización de la actividad económica.
- Lo arrasa el supermercado…
- Efectivamente. Es decir, achica la base de respaldo tradicional del partido y el radicalismo no ve este cambio.
- ¿Pero qué pasa con la clase media que nace como expresión de esas mudanzas?
- Yo, en mi investigación, hago hincapié en que esas nacientes clases medias surgen de la mano de otra dinámica cultural. Se relacionan mucho con los medios de comunicación. Amplían sus horizontes formativo-cultural, consumen cultura en términos muy acentuados, desde lo laboral se vinculan a un espectro muy amplio de nuevos servicios que requieren protagonismo intenso. Es decir, cambia la sociedad argentina en el rango que nutría al radicalismo de lealtades, sufragio.
- ¿El radicalismo no le sirve?
- Bueno, alrededor de esa afirmación pivotean muchas de las respuestas que logré vía el trabajo de campo que sustenta mi investigación. Tiene demandas que el partido no detecta. Incluso tiene déficits de reflejos para procesar información propia sobre el tema, porque ya en el '90 -por caso- sabe lo que está pasando vía encuestas y documentos realizados por distintos planos de la dirigencia nacional. Uno de esos trabajos -"Tomar partido"-, detecta que cuando se les pregunta a los afiliados más jóvenes de la Capital Federal qué le demandan al partido, surgen datos que no se tuvieron en cuenta ni en ese momento ni después. Aparece la preocupación por nuevas formas de discriminación y violencia, cuestiones de género, temas de ecología, etc. También emerge un conjunto de visiones clásicas del partido que va perdiendo vigencia o que exige que el partido modifique miradas.
- ¿Por ejemplo?
- La intervención estatal. Si bien los afiliados aceptan en parte la privatización de los servicios que alienta Menem, también piensan en políticas regulatorias. Es decir, por debajo, a nivel de la masa radical, se habla de estos temas, se piensa que el partido debe forjar opinión fundada, no atada a mucho de lo que es su pensamiento tradicional. Pero el partido, en términos de conducción-decisión, no acompaña. Sale del gobierno de Raúl Alfonsín más interesado en las internas, que en interpelarse sobre lo que le sucedió en esa gestión y qué vientos soplan en el país en materia social.
- ¿A qué queda atado el discurso del radicalismo?
- A todo aquello que no es cuestionable, pero que en alguna medida para ese tiempo, los ´90, ya formaba parte de valores compartidos por el conjunto social: la libertad, el reconocimiento de las virtudes cívicas… temas centrales en el "imaginario radical". Yo digo en mi investigación que "estos valores y creencias actuaban guiando y condicionando las evaluaciones políticas y manteniendo la identificación con la UCR". Pero ya el presente del partido y sus necesidades no podían ser vistos únicamente desde ese imaginario…
- ¿Qué pierde valor de ese imaginario?
- No se trata de que este o aquel pierda valor intrínseco, que pierda su razón de ser. Se trata -por ejemplo- de que la demanda de mayores derechos políticos pierde importancia en la medida que el poder militar sale mal del poder político, y ya para los ´90 está recluido en los cuarteles o que el peronismo -aun con sus particularidades- se torna más democrático. O sea, el radicalismo como bastión de defensa de los derechos políticos, el orden republicano, tiene mucho sentido de cara a una dictadura, a un peronismo relativamente autoritario, pero ya para los ´90 era muy difícil crecer como partido blandiendo ese discurso.
- La lucha interna de raíz ideológica que entre alfonsinismo y angelozismo se da hasta avanzados los ´90, ¿cómo repercute, se proyecta, en relación a disolución del poder del partido frente a la sociedad?
- No es un tema para una única respuesta. Me parece que no necesariamente la lucha interna en un partido conduce a disolución de poder partidario. Puede incluso renovar a un partido. La historia del radicalismo da cuenta de ese tipo de resultado… la lucha entre la intransigencia y el alvearismo, o Renovación y Cambio y balbinismo. Ahí, el resultado de la colisión fue la renovación del partido en el plano de luchas de ideas. No es el caso de los ´90.
- ¿Y ahí está Raúl Alfonsín en el centro del problema? No le dio respaldo al partido, ¿no le parece? Él o él.
- Bueno. Él mantiene en sus manos el poder, el sistema de decisión de toda la estructura partidaria. La lucha con el angelozismo es muy dura, y traba al partido en muchas direcciones que hacen a su vitalidad en materia de debates de ideas, de movilidad de cuadros dirigenciales, etc. En ese marco, Alfonsín mantiene la mayoría en toda la línea del poder orgánico de la UCR: Convención, Comité Nacional, comités de provincias… todo el aparato. El angelozismo se opone desde un discurso crítico a la impermeabilidad que ofrece ese aparato a debatir el destino del partido. Pero no puede incidir en el manejo del aparato.
- Pero la lucha es ideológica, ¿O no?
- Por supuesto. Mientras Angeloz y su gente buscan el debate desde una visión o andamiaje de ideas liberal, Alfonsín se blinda en defensa del intervencionismo estatal frente a las reformas que plasma el menemismo. Esto por reflexionar nada más que las diferencias en el campo de, fundamentalmente, la economía. Todo esto congela al partido durante varios años. Le impide avanzar en la renovación del discurso.
- Y eso implica eludir la autocrítica. No hay renovación de discurso sin plataforma de autocrítica. A la Convención de Mar del Plata de fines del '89 se llega bajo la orden de Alfonsín de cero revisión de lo sucedido con su gobierno.
- Es mucho lo que frustra toda neutralización del debate. Ahí queda un mundo de ideas sin tener la posibilidad de ser consideradas. Las de Rodolfo Terragno, por ejemplo.
- ¿Y de ahí en más?
- La sistemática pérdida de poder de atracción por parte del radicalismo, más allá de triunfos puntuales aquí o allá.


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