Por Mario WainfeldDilemáticas, todas, son las decisiones de la víctima en el campo de concentración.
Lejos del estigma, del simplismo, de las divisiones binarias, Villani se obstinó primero por sobrevivir, después por contar y testimoniar, tanto como por darle un sentido a su experiencia. Cualquier adjetivo es banal referido a las circunstancias que atravesó, también suenan huecos para describir a su libro. Recomendarlo a los lectores de este diario es lo más directo, lo más cercano a un mensaje que uno encuentra.
La saga de los sobrevivientes fue tremenda, en muchos casos prolongando el calvario mediante castigos de prójimos cercanos o lejanos y hasta con alguno autoinflingido. La culpa por haber quedado vivo, la sospecha, aun entre sus compañeros, cuando “reaparecieron”, los miedos perdurables, la defraudación de los gobiernos democráticos. Tomó tiempo que sus voces fueran escuchadas, que su relato fuera atendido. Muchas defecciones políticas tiraron al tiesto sus testimonios ante la Justicia, durante demasiados años. Progresivamente, sin embargo, su palabra sirvió para que se conocieran y comprendieran los campos de detención, la dictadura, la sociedad toda, como en el ejemplo del Mundial. También, en la determinante esfera judicial, para identificar a los represores. La sentencia en la megacausa de la ESMA consagra un gran momento de esas trayectorias. Lilia Ferreyra, la noble y profunda compañera de Rodolfo Walsh, lo destacó ese mismo día. Y, con todo, si no se hubiera llegado a ese punto, de cualquier forma el aporte a la democracia de los sobrevivientes sería fenomenal.
Villani es un tipo flaco, preciso en el hablar, dotado de un humor lacónico. Un observador notable. Ha leído a Primo Levi, también el indispensable libro de otra sobreviviente, Pilar Calveiro: Poder y desaparición. Los campos de concentración en la Argentina. Pretencioso (tal vez ocioso) y superior a las competencias de este cronista es hacer un ranking, el libro de Villani y Fernando Reati honra a esos precedentes, los continúa, los enriquece.
Calveiro escribió: “(...) toda defensa de la propia memoria contra el reformateo del campo, toda burla, todo engaño fueron formas de resistencia a su poder. Tratar de sobrevivir sin ‘entregarse’, sin dejarse arrasar era ya un primer acto de resistencia que se oponía al mecanismo arrasador y succionador”. Y agrega que una obsesión de los sobrevivientes era que “alguien debía salir con vida, alguien debía sobrevivir para contar y testimoniar”. Villani se consagró a esa misión: fatigó tribunales en nuestro país y en Europa, concibió un mensaje que debe ser escuchado y divulgado.
Azares de la vida hicieron que Villani conociera a Reati, preso de la dictadura él, en Estados Unidos. Redactaron este libro a cuatro manos, puliendo entrevistas de Reati a Villani, pasándolas a un relato en primera persona. Reati define el valor del testimonio, se vale de un aparente oxímoron: “deberíamos hablar de ‘verdad subjetiva’ porque se trata de la subjetividad de un individuo de carne y hueso que alude a una verdad histórica de la que fue testigo directo”. Y redondea, inmejorable: “El hecho de haber estado en los campos no le concede necesariamente mayor validez a la interpretación de Villani (...) es su elaboración posterior, a lo largo de años, lo que le presta valor”.
Conocí personalmente a los dos autores en una entrevista radial que les hicimos, junto a la colega Nora Veiras. Les agradecí su libro, su humanismo y comprensión, la grandeza de su verdad subjetiva. Vuelvo a hacerlo acá.
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