Sobre la vida artificial durante los festejos del Bicentenario

Por: Marcelo Moreno.

Con tanto alborozo patriótico en este mayo recargado de emociones, acaso no tomamos debida nota de una noticia un tantito más trascendental que, digamos, la llegada del hombre a la Luna. Por estos días el genetista Craig Venter informó al planeta que logró crear vida artificial.

Hace unos cuantos años otro científico había logrado hacer una copia exacta de una oveja llamada Dolly, con lo cual la cría por gajo –como la del potus , sin ir tan lejos- de un animal (memorar que el ser humano es un mamífero) se estableció y hoy se practica con los fines más benignos.

Desde luego, Venter y el equipo que deslumbró con la hazaña se cansaron de repetir que también en este caso las aplicaciones serán todas y cada una maravillosas.

Y por supuesto, los representantes de las religiones mayoritarias y sensatas salieron a explicar que esta nueva intromisión del hombre sobre las potestades de la deidad no es tal, ya que siempre hay un principio que se mantiene inalterable, una energía primera que rige el universo.

Pero lo cierto es que desde este mes de mayo, los descendientes mejorados de los monos hemos logrado crear vida ya no desde la vida misma –como en la clonación- sino por nuestra voluntad y desde nuestro propio cerebro.

Gráfico, al referirse a la célula inventada, Venter describió: “Es la primera célula autoduplicable cuyo padre es una computadora”. Bueno es recordarlo: en la historia de la humanidad.

Jorge Luis Borges –cada vez más citado y recordado en el mundo, aunque algo menos en la Argentina, donde unos cuantos prefieren, como pensador, a Jauretche- va adquiriendo con el tiempo la estatura de un profeta.

El Aleph, con el que tituló una de sus ficciones supremas, es de alguna manera Internet: un punto en el mundo –en muchos lugares del mundo en este caso- en el que se compila la suma de los elementos y conocimientos del planeta. También sus sueños laberínticos con una biblioteca infinita ya están corporizados en Wikipedia.

Pero ahora es el Golem, la leyenda de la tradición judía –estudiada por Scholem y novelada por Meyrink y recreada por Mary Shelley en “Frankenstein” -, sobre la que Borges escribió un célebre poema, la que aparece como una sombra o una pesadilla vivificada. El mito sobre el que versa el escritor narra las desventuras de un rabino dado a la cábala en Praga, que logra insuflar de vida a una torpe estatua de barro con forma vagamente humana.

Con sutileza, el poema condena la osadía del rabino puesto a emular a su dios, es decir, creando vida desde la nada.

Ojalá los equivocados sean Shelley y Borges y el paso inmenso dado por Venter sea el prólogo de flamantes maravillas sin la sombra de una mácula

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