Por Ricardo Kirschbaum.Randazzo y Kicillof, sobre todo, disfrutan del paraíso. El ministro del Interior y Transporte ha sido sacado del purgatorio, donde son colocados los funcionarios que muchas veces no saben por qué han perdido el favor presidencial, quizá porque algún recién llegado al parnaso lo ha desplazado abruptamente.
Randazzo se ha cargado la tarea de ser el vocero de la administración en temas muy diversos y sobre todo bonaerenses. Viene de esas tierras y ha sido concejal, legislador, jefe de gabinete y ministro. Hasta que lo abrasó el ardor revolucionario, transitó las distintas variantes del peronismo. Ahora se encarga de intrigar contra Scioli y neutralizar a Sergio Massa, tratando de que ambos se anulen entre sí. Al mismo tiempo, quizás alentado por el cambio de humor de su jefa, también hace como si recuperara a Scioli (a quien calificó casi de inútil) para criticar a Moyano. Pero el ministro no sabe cuándo volverá al ostracismo.
Kicillof, en cambio, se ufana de encandilar a la Presidenta. Y dice la verdad: los proyectos que se hacen realidad son impulsados por él. Como disfruta de su buen momento, no respeta jerarquías ni áreas, circula sin patente. Todos ahora saben, hasta el flamante jefe de YPF a quien no para de degradar, que Kicillof impone sus ideas sin importarle a quién daña. Moreno anda penando porque su esfuerzo es desconocido y junta rencor contra el funcionario estrella. De Vido, otro de los heridos por Kicillof, hace algunos mandados con los barones del conurbano, les promete “bajar” recursos para erosionar a Scioli. Hace tiempo que el ministro quiere renunciar.
En el kirchnerismo, el paraíso y el infierno son partes de la arbitrariedad del poder. Los que la sufren, cuando se hartan o no aguantan más no pueden ni siquiera irse. La sofisticación del método consiste en retenerlos hasta la exasperación.


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