El príncipe Felipe tuvo que soportar un momento delicado el viernes en Madrid. Nacionalismos vascos y catalanes, sumados a una crisis feroz.
El que no salta, es monarca. Jugadores del Athletic de Bilbao, de Marcelo Bielsa, y del Barcelona, de Lionel Messi, escuchan la silbatina antes del inicio del partido.
Los ajustes del gobierno de Mariano Rajoy, la crisis económica y los escándalos en los que estuvo involucrado el Rey de España serían motivos suficientes para justificar la sonora silbatina que se escuchó el viernes en el estadio Vicente Calderón cuando se interpretó el himno en la final de la Copa del Rey, disputada entre el Barcelona de Lionel Messi y el Athletic de Bilbao de Marcelo Bielsa. Sin embargo, esa actitud tuvo otro motivo: tanto catalanes como vascos reivindican la independencia y autonomía de sus regiones, y, en muchos casos, no se reconocen como españoles.
A pesar de que el himno sólo sonó durante 21 segundos, ya que la versión utilizada fue la abreviada al no estar presente el Rey Juan Carlos, y se emitió al máximo volumen por los altavoces del estadio, el estruendo de descontento de los 50 mil espectadores se escuchó claramente en el lugar y también fue suficiente para que los millones televidentes lo notaran.
Cuando concluyó el himno, el príncipe Felipe, que presidió la final porque su padre aún está convaleciente por su reciente operación de cadera tras su safari africano, aplaudió desde el palco y los jugadores de ambos equipos saludaron a sus seguidores desde el césped una vez que finalizó la música patria ibérica. Pero el papelón real ya había sido evidente para todos los que pudieron ser testigos del evento.
Dentro del estadio, la más criticada fue la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, del Partido Popular, que pidió durante la semana que se suspendiera el partido para evitar la silbatina al himno. Televisión Española, que transmitió el partido, omitió el momento en el que sonó el himno y también la llegada de Príncipe Felipe al palco del estadio.
Pero esa no fue la primera muestra de repudio al rey Juan Carlos de Borbón o a instituciones y símbolos nacionales. Un mes atrás, el monarca despertó indignación en España al quebrarse la cadera durante un safari por Africa. La excursión para cazar elefantes costó veinte mil euros y, según el Palacio de la Zarzuela, fue financiada por un empresario sirio.
Sin embargo, sus súbditos no perdonaron el viaje, realizado en la peor semana para la Bolsa madrileña y mientras Rajoy aplicaba los ajustes más duros de la democracia española. “El último servicio que don Juan Carlos puede hacer a la Corona es abdicar en su hijo. Ya”, escribió, por ese entonces, el sociólogo español Manuel Castells en La Vanguardia.
Según el presupuesto ibérico de 2011, Juan Carlos recibió 8.434.280 euros del erario público, un 5,2% menos que en 2010. Y aunque el año pasado el monarca debió publicar por primera vez en su reinado cómo distribuyó esa suma –luego de que su yerno Iñaki Urdangarin fuera implicado en un caso de malversación de fondos–, su imagen cayó al mínimo histórico en sus 36 años al frente de la corona.
La realeza española está viviendo uno de sus peores momentos en toda su historia. Desprestigiados y sin poder dar explicaciones por denuncias de corrupción y gastos ostentosos, los subditos empiezan a rebelarse contra sus monarcas y han planeado un jaque mate a su rey.



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