Signos de cambio (pero no tanto)

Por José Luis Jacobo

En las últimas semanas, dos cuestiones ganaron espacio en la repetitiva agenda marplatense: una es la ordenanza nacida al impulso de la concejal Vilma Baragiola,que establece la obligatoriedad del uso de auriculares para escuchar música en servicios públicos (colectivos).

Lleva ya dos meses de sancionada, aún no aplica, pero ganó espacio al conocerse una propuesta del Ejecutivo de la ciudad de San Juan, que propone en esencia la misma cuestión. Lo interesante del punto es que sectores de la política van advirtiendo que al ciudadano de a pie lo abruma ese pequeño gesto cotidiano que va horadando su calidad de vida.

La miríada de jóvenes que a diario se transportan escuchando “su” música a altísimo nivel sin resguardo ni consideración alguna por el resto de los pasajeros, requiere de la intervención del Estado. Alguien dirá:“pero si siempre estuvo prohibido escuchar música a bordo de los colectivos”. Exacto, pero la norma quedó vieja tecnológicamente: aunque cumplan la misma función, un reproductor de música o un celular son otra categoría de adminículo, y en todo caso la norma atiende a la idea de recuperar una convivencia hoy violentada.

La otra cuestión se trata de un proyecto presentado por el concejal Mario Lucchesi, quien propone un marco de acción para implicar a los padres en aquellas cuestionesque, merced a la conducta de sus hijos, llevan al deterioro urbano.De lo que se trata es de ampliar el criterio empleado hasta ahora que, en base a la no punibilidad de los menores, deja en un escenario de impunidad la ingesta de alcohol en la calle, hacer graffitis por gusto o daño meramente, utilizar veredas o escaleras de acceso a edificios públicos para practicar skate, poniendo en riesgo muchas veces a terceros, en particular personas mayores.

Todo este esquema de preocupación ciudadana, expresado en proyectos en el Concejo Deliberante, naufraga si no hay una determinación por parte del Ejecutivo de actuar claramente en defensa del ciudadano. Tampoco contribuyen expresiones como las vertidas por la concejal Verónica Beresiarte, que en el tratamiento de este proyecto de ordenanza se opuso “por razones ideológicas”. ¿Cuáles serían? ¿Cuál ideología aúpa el vandalismo? Cuál ideología institucionalmente atendible es la que deja a los adultos a expensas de aquellos que por edad con su simple accionar pueden dañarlos, ya sea por imprudencia o el mero gusto de expresar rebeldía?La idea que deja al aire Beresiarte es la de la impunidad de la insolencia, algo que ocurre a diario, sin que nadie se atreva a decir nada por temor a ser tratado de “facho” o “de “derecha”.

Hay aquí dos ejemplos de sentido común, pero atención: estas muestras de sentido común se contraponen con los dislates que perpetra el Ejecutivo en otras áreas, como el de salud, por ejemplo.Están desmantelando centros y salas barriales para articular algo que se parezca a un servicio en el CEMA. Los profesionales que atendían ecografías en la sala de Colón y Salta fueron transferidos al CEMA; la atención a pacientes con HIV fue transferida al CEMA; hay médicos con especialidad que prestan servicio en el HIGA y también lo hacen en el CEMA, violando leyes de empleo público.

No hay más servicios de salud, se están transfiriendo profesionales y duplicando la cantidad de equipos sin ton ni son. Se generan costos extras, y equipamiento caro, costoso de mantener, está ocioso e improductivo.

Así, cualquier idea que se oriente a optimizar los recursos, a la idea de la convivencia armónica y civilizada, terminará en una expresión de buena voluntad y deseos, pero jamás en algo que nos ayude a todos a vivir mejor en el espacio común.

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