La movilización de los estatales fue una demostración de fuerza. Coincidencias y diferencias con las movilizaciones de 2008. Aquella vez, el gobierno provincial tuvo la lucidez de percibir la realidad. ¿Lo logrará esta vez?
La memoria de Santa Rosa -que llegó esta semana a sus 120 años de vida- quizá tiene que retroceder hasta las agitadas jornadas del verano de 2008 para recordar una movilización de semejante impacto como la que tuvo lugar el último jueves en la capital provincial.
Aquella vez, una diversidad de sectores salió a las calles de modo masivo para que los que llevaban la manija provincial entendieran que si no se sacaban de encima a la criatura que habían puesto a dirigir la Municipalidad de Santa Rosa, el destino de la confrontación generada por las conductas de Juan Carlos Tierno podía derivar en una tragedia.
En esta ocasión, y aunque quizá las circunstancias no parezcan tan dramáticas como hace unos años, el día de furia de los trabajadores estatales se expuso en el corte de una ruta y otra movilización multitudinaria.
Hay desde ya múltiples diferencias entre una protesta y la otra, pero también son varias las coincidencias: resaltan entre ellas no sólo la masividad de la movilización; sino también la alegría que aún desde el reclamo caracterizó la concentración y la capacidad de los organizadores para contener a los movilizados y evitar los desbordes.
Otro gran rasgo en común son las presencias de distinto origen político -pero con abultada participación de militantes, afiliados y simpatizantes del propio partido del gobierno- dándole cuerpo y contenido a un reclamo en el que esos protagonistas tienen algunas cosas que perder, sobre todo en una provincia y una ciudad en las que el enojo de los funcionarios que manejan el Estado puede tener consecuencias personales perjudiciales.
No es algo que tenga que pasar desapercibido a ojos de quienes toman las decisiones: cuando hay ciudadanos y/o trabajadores dispuestos a poner en riesgo algunas de sus comodidades en afán de reclamar lo que consideran justo, es porque se sienten movidos no sólo por un interés personal y colectivo, sino -esencialmente- por algunas convicciones.
Paradójicamente, el gobierno debiera agradecer lo que los trabajadores estatales generaron durante la semana que se fue: la demostración de fuerza de la Intersindical, aún con sus internas y puntos oscuros, debiera haber sido la prueba que le faltaba al Ejecutivo para convencerse de la necesidad de encauzar por la vía del diálogo y la negociación un conflicto que hasta hace unos pocos días no parecía tan complejo de resolver como ahora.
Respecto del final de la historia, están por verse las diferencias y coincidencias entre las dos grandes movilizaciones: aquella vez, en marzo de 2008, el gobernador Oscar Mario Jorge tuvo la lucidez -a partir de las advertencias de otros actores políticos, de los medios de comunicación y de algunos de los integrantes de su gabinete de entonces- de percibir lo que estaba ocurriendo, tomar cuenta de la realidad y adelantarse -aún con demora- a lo dramático que podía llegar a ocurrir si no actuaba en consecuencia.
Una de las grandes incógnitas, en este escenario, es si tendrá esta vez el mismo gobernador, rodeado de algunos otros hombres, en distintas circunstancias, esa misma capacidad para entender lo que está pasando, o seguirá enfrascado en su incomprensible miopía de las últimas semanas.
...y una de arena
La torpeza política del oficialismo lo llevó a comportarse como un elefante en un bazar y echarle leña al fuego en el justo instante en que tenía la posibilidad de apagar el incendio.
La aparente alianza con los intendentes para negarse a un aumento como el que piden los estatales, fue tomada como una provocación incluso innecesaria en ese momento, del mismo modo que se interpretó como una tomada de pelo la convocatoria a una negociación donde el gobierno ni siquiera llevó una oferta que pudiera al menos poner a pensar a la dirigencia gremial.
Tanto se tensó la cuerda que -tal como lo advirtió el secretario general de ATE Ricardo Araujo- lo que los trabajadores y sus representantes podrían haber aceptado hace 10 días, ahora va a asomar como una migaja: fue el gobierno -con sus incapacidades, su escasa cintura política, su carencia de representantes capaces de escuchar y ser escuchados, su teoría de que las cosas se arreglan automáticamente o de modo autoritario- el que en un gran porcentaje generó el actual estado de cosas.
Hay conductas y palabras que a veces demuestran la falta de contacto con la realidad.
El ministro de Gobierno, Justicia y Seguridad César “Gogo” Rodríguez -elegido por el oficialismo como su vocero y replicador- llegó a acusar de “desestabilizador” a un diputado de su propio partido (Martín Borthiry), por la insistencia del legislador en que se converse un proyecto de paritarias.
Nadie puede disimular la interna que atraviesa al partido del gobierno, pero es probable que -aún sino hubiera nacido desde una buena intención- al gobierno le hubiera venido muy bien para aplacar el conflicto sentarse a pensar con los sindicatos en una iniciativa de ese tipo para el mediano plazo. (Las paritarias son, además, uno de los innegables avances concretados por la gestión nacional).
Aún si en el medio hubiera chicanas, maniobras politiqueras o jugadas oportunistas, denunciar una “desestabilización” no sólo es descubrir fantasmas lejanos, sino -sobre todo- ver la realidad desde adentro de una burbuja.
Algo parecido dejó al desnudo el propio gobernador -que en medio de este panorama prefirió ayer ausentarse de los festejos por los 120 años de su ciudad, a la que gobernó durante 3 períodos- cuando durante la semana que se fue pronunció las declaraciones más desfortunadas que pudiera para el actual contexto.
Señalar -justo en el mismo día en que se entablaba otro ensayo de negociaciones frustradas con los trabajadores- que estaba dispuesto a poner toda la plata que hiciera falta para la construcción del autódromo en Toay, es no sólo un error grosero, sino además una provocación, o -peor que eso, está escrito- el fruto de estar enfrascado en un ambiente y un entorno que están lejos de lo que verdaderamente ocurre.
Es francamente curiosa la capacidad que tiene el gobierno para hacerse de enemigos o disparar e intensificar conflictos allí donde las soluciones no parecen tan complicadas: desde la pelea con las cooperativas -que incluso puede granjearle antipatías en el gobierno nacional- hasta los episodios de censura en Canal 3, pasando por toda la gama de conflictos estatales o internas políticas, el oficialismo parece esmerarse para que siempre el tiro le salga por la culata.

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