Sensación de lo vulnerable

Sensación de lo vulnerable
Los argumentos, por más rápidos que resulten, difícilmente puedan ganarle a lo desgraciado del acontecimiento. Daniel Scioli no podrá borrar de su breve historia como mandatario algo que le ocurrió al igual que otros antecesores.
Tuvo el caso más truculento de inseguridad, por cuya violencia nadie para de sorprenderse. O, lo más triste, ya no entra en la categoría de sorpresivo, sino en algo más allá de lo contingente.

Con los antecedentes registrados en los últimos años, un secuestro pasó a formar parte del paisaje. En tanto, un hecho delictivo seguido de muerte, como el ocurrido con el joven adolescente Matías Berardi en el Gran Buenos Aires, es justamente impactante y se incorpora a la historia de las tragedias que se instalan en una situación ya cíclica.

Automáticamente hace aflorar en la opinión pública casos como Blumberg y Peralta, y otros que tuvieron lugar en territorio bonaerense.

Si bien ya se actuó sobre el hecho consumado y se produjeron detenciones, nada evita el pensamiento acerca de por qué se suceden este tipo de casos y, en especial, en territorio provincial.

Ni el argumento más contundente evita la dimensión de un hecho que realimenta la sensación de vulnerabilidad de los bonaerenses. Ni la más sabia decisión de optimización de recursos en seguridad, ni la mejor comunicación de estadísticas. Realmente, cuando ocurre un caso tan truculento es porque se toca fondo en una manera de pensar la problemática y porque la prudencia debe ser la primera invitada.

No es caprichoso profundizar en un eje. Realmente, desde hace un tiempo largo se piensa la política de seguridad en resultados mediáticos positivos o negativos. Fueron los distintos responsables del Estado quienes, por distintas razones, han exaltado sin límites algunos esclarecimientos realizados por líneas operativas de la seguridad, cuyos efectivos cumplían con su especialización muy lejana de la política de turno.

Ahora, cuando ese esquema se ha impuesto por hegemonía del poder de cierta dirigencia política, es lógico que también se piensen situaciones negativas como producto de malos manejos en gestión. Cuando, en realidad, las gestiones en seguridad se deberían medir por resultados y balances de largo plazo en recursos, en capacitación y evaluación de un complejo mundo delictivo.

Scioli evitó seguir el consejo de apuntar a una instalación de la idea de seguridad en términos mediatos y transformó la situación en un escenario de puja de balances inmediatos entre hechos esclarecidos y negativos. Realmente hay una presión mediática que puede llevar a generar respuestas en ese sentido.

Muchos expertos han señalado que, si los recursos y las decisiones se van a activar sólo cuando un episodio impactante así lo reclame, se van a correr serios riesgos. Uno de ellos es el de dispersar esos recursos. Administrándolos por fuera del criterio de una lógica de equidad. Por ejemplo, instalando más cámaras y patrulleros sólo en ese lugar emblemático, vaciando o reduciendo los mismos en otros distritos.

Y en cuanto a decisiones, como puede ser generación de normas, estas se agotan o evaporan con el próximo caso en agenda mediática. Porque hace olvidar todo aquello que se hizo bien. Luego, las ideas empiezan a escasear y se pierde credibilidad cuando se intenta reflotar ciertos ejes u objetivos, porque se juzga como insuficiente la instrumentación de políticas.

En los círculos íntimos de Scioli, en charlas informales, pasillos políticos y hasta en las comentadas redes sociales, se suele tener un discurso muy agresivo hacia quienes, en su calidad de opositores, intentan ganar unos puntos de intención de voto con hechos de tragedia.

Es una gran verdad, como también aquella que sucede a la inversa, como la de promover un clima deportivo triunfal con algún hecho de esclarecimiento que, es bueno aclarar, lo realiza personal de niveles operativos que arriesgan su vida y nada se les pasa por la cabeza de sumar imagen a una encuesta.

De ambos extremos el esquema es abiertamente negativo y riesgoso para que una gestión se exponga en una vidriera que tiene sus dimensiones mediáticas, sociales y políticas en permanente interacción.

De esta maleza, que encubre ciertas debilidades, asomó tal vez una fuerte decisión del gobernador Daniel Scioli de respaldar la gestión de su ministro en el área, Ricardo Casal. En otras ocasiones, suele hacerse un penoso silencio para quien se considera que el paso de ciertas personas en las instituciones tiene un límite temporal.

Trascendidos no confirmados en fuentes que permitan identificarse señalaron que hace unas semanas algunos diputados del oficialismo, en una reunión con el gobernador, manifestaron sus críticas hacia la gestión en Seguridad, pero recibieron como respuesta una sólida ratificación.

No obstante, hechos de estas características activan mecanismos que habían dejado en estado latente ciertas baterías argumentales. Pero, en estos días, comenzaron a mostrarse quienes intentan generar nuevos discursos de "mano dura".

Desde ciertos sectores opositores vuelven a la carga con algo que a Scioli no le hizo mucho efecto en la imagen en su momento. Pero que ahora merecería, a priori, alguna respuesta. Francisco De Narváez, por caso, remarcó en más de una ocasión que sus bloques legislativos se opondrían a aprobar empréstitos -como el reciente de cinco mil millones de pesos- porque no se contemplaba ni un centavo en materia de seguridad.

Otros sectores, en tanto, respaldarán a un gobernador que reabrió instancias y ámbitos de generación de consensos, por caso, el Consejo de Seguridad. Allí se trabaja, en silencio y con dedicación, con ejes reconocidos hasta en algunos representantes opositores.

Pero la presión política y las necesidades electorales empiezan a decir presente. Y el gran interrogante pasa por saber si muchos técnicos y políticos que no pertenecen a esta gestión, no sentirán, en algún momento, la necesidad de un despegue.

Esto, porque saben que no serán socios en las ganancias de Scioli, pero tampoco lo querrán ser en las pérdidas.

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