Señal de guerra para la campaña

Por: Osvaldo Pepe

Mañana comienza la cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas, que podría consagrar a Néstor Kirchner como su secretario general, lugar desde donde comandará sin urgencias terrenales las pulseadas para retener el poder en 2011.

Su señal de indefinición acerca de qué hará con su banca de diputado para la cual fue elegido en junio, es una parábola perfecta: a Kirchner le importa mucho más el poder (personal y político: para él son lo mismo) que las instituciones, por eso parió el año pasado la fantochada de las candidaturas testimoniales. Al final asumió la suya en dosis homeopáticas. Asistió a la jura, en la que dejó su impronta con un papelón, como fue aquella batalla por el quórum; también se lo vio en la apertura del año legislativo para aplaudir el discurso de la Presidenta; y el jueves aterrizó en su bloque para bajar línea como jefe del PJ, el otrora "pejotismo puro" que tanto burlaba cuando se asumía progresista.

La semana pasada, con actos seriales (en la CGT, en Paraná y en esa visita al bloque en Diputados), Kirchner lanzó la campaña presidencial, en un estilo que le calza como un guante: la descalificación "del otro". Dejó en evidencia su enfermiza obsesión al señalar lo único que le preocupa: la oposición -el enemigo en el catálogo K- son los medios y en particular Clarín, según dijo.

El discurso kirchnerista es primario, pero claro. La prensa no oficial es un sumidero de todos los males. Tanto que hubo un tirón de orejas para el Senado, en especial para el jefe de bloque, Miguel Pichetto, por adherir al repudio ante el escrache a periodistas. Y la Presidenta, al defender el juicio popular de Bonafini, no pudo ocultar en sus embestidas que le apunta no ya a los periodistas ni a las empresas, sino a la función del periodismo en la sociedad. Los discursos K fueron casi una señal de guerra para la campaña. El único lenguaje político que el kirchnerismo y sus jefes entienden.

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