El diputado denarvaísta, en diálogo con La Tecla, afirmó que para la oposición "la baja representatividad del sciolismo en el bloque oficialista elimina gran parte de las posibilidades de diálogo con el Ejecutivo". El abogado, conductor de TV, panelista y diputado denarvaísta en diálogo con La Tecla realiza un informe sobre su primer semestre en la cámara Baja
La mañana es fría, pero D’Alessandro se anima con una clásica remera celeste de cuello Polo, que sólo abriga en la calle con una campera de cuero oscuro. El inicio de la charla es en el Parlamento de la Provincia.
“Yo veo una Legislatura muy parcializada, muy segmentada. Imaginate que hasta se dividió el bloque radical, el número promedio es el seis; por eso nosotros estamos tan cómodos en el denarvaísmo, porque somos seis”, comienza a relatar.
-¿Y esto traba la actividad?
-En parte, pero tarea legislativa, igual hay; aunque con algunas características. Por ejemplo, La Cámpora arrancó el año con muchos proyectos de declaración y hasta testimoniales. Eso, al principio me llamó la atención, y luego me molestó bastante, porque durante los últimos dos o tres meses, en una provincia a la que no le alcanzaba para pagar los salarios, en crisis absoluta, nosotros votamos cosas como la declaración de repudio a un barco inglés que pasaba por la isla de Cabo Verde.
-¿Esa situación se debe a la pelea de Scioli con Nación?
-No necesariamente, porque esos grupos oficialistas que están divididos, cuando hay que tratar algún proyecto de la oposición, se unen sin problemas. En esos casos no se observan quiebres en la relación. Cuando planteamos, todos los bloques opositores, que se exigiera el retorno de la coparticipación quitada, el oficialismo, todo unido, votó en contra de su tratamiento. Lo que verbaliza el sciolismo de que la Nación retacea los recursos, cuando propone la oposición hacer un reclamo en conjunto por vía de la fiscalía de estado, como hizo De la Sota en Córdoba, que se le planta a la Nación, cuando lo proponemos de la oposición, el oficialismo en conjunto se opone.
-¿Cuáles eran sus expectativas cuando ingresó en la cámara?
-Algo ya conocía, porque había sido asesor de algunos diputados; además fui cuatro años coordinador de la defensa argentina en el CIADI, y en la Procuración del Tesoro durante la presidencia de Kirchner, y me tocó lidiar con los poderes legislativos.
La realidad es que la cámara es la expresión de la política. La Legislatura termina siendo un poco de contención de legalidad; cuando pasa un tema importante, adquiere un rol protagónico, pero cada vez tiene menos derecho, porque el Gobierno nacional la saltea constantemente con la ley de Emergencia, y lo que sueña el gobierno provincial es hacer lo mismo con su propia emergencia.
-¿Y los legisladores están preparados para asumir un rol acorde al poder que representan?
-Mirá, en la Legislatura son todos vivos, vivarachos, conocen a la perfección el manejo de la cámara; tal vez puede parecer que algunos no están muy preparados, pero es gente con oficio. Creo que el más tonto soy yo. Es gente preparada; después hay excepciones, como en todos lados. Lo que pasa es que la baja representatividad del sciolismo en el bloque oficialista elimina gran parte de las posibilidades de diálogo con el Ejecutivo, y lo deja en manos de una fuerza de ataque que tiene componente camporista, cristinista y bouduista, cuya virtud principal no es la tolerancia, ni
la discusión. A pesar de que Horacio González es un tipo dialoguista, amable, no hay grandes posibilidades de debate. Los proyectos que no vienen del oficialismo se rechazan sistemáticamente, pese a que la opsición, con el tema del endeudamiento, se plantó, pero el oficialismo logra quebrarla.
-¿Y Scioli? Siempre dice que está buscando la forma de pagar...
-Yo fui gerente general de Osplad en la década del ‘90, y era la única obra social antimenemista, por lo cual estábamos siempre sometidos a las extorsiones que sufre Scioli. Claro que en menor medida, porque teníamos un presupuesto de 120 millones de dólares, 60 millones de pesos por año, pero lo que siempre hacía yo en la desesperación era lo que está haciendo Scioli: anunciaba que no se iba a poder pagar, para que los proveedores no me apretaran. Cuando el sciolismo pide renegociación, está diciendo una pavada, dice que necesita un instrumento para renegociar. Si vienen los tipos que entregan las viandas en los colegios y afuera hay una movilización de ATE, que están con los bombos exigiendo que les paguen el aguinaldo, al proveedor ya lo disciplinaste, de ahí se va a la Catedral arrodillado, a ver si cobra; si a ese tipo le decís que no tenés plata, ¡cómo no te va a creer!
-Y con respecto a su tarea en la cámara, su forma de actuar.
-Lo que sucede es que, para mí, la gente espera que los políticos seamos auténticos. El tipo que va a votar no quiere ver a D’Alessandro en un cartel diciendo “Vóteme”, sino que quiere ver cómo soy en Bendita, porque es como soy, y ahí el tipo elige. Yo no puedo ser de una manera en la tele y de otra en la cámara.
-Pero son roles diferentes: en un caso entretiene y en el otro legisla.
-No, en Bendita no tengo un contrato para entretener, voy y digo lo que pienso, lo digo con humor; y lo mismo hago en la cámara, trato de que eso no moleste. Obviamente que soy un personaje disruptivo en la cámara legislativa, pero también hay otros que lo son. Cuando hablan tipos como Mensi, yo me maravillo, o Jano. Yo tengo genuina admiración por la forma en que se dirigen, cómo hablan, lo que son los discursos, entretenidos; cuando hablan, uno para la oreja. Hay otros que piden la palabra y toman un papel; me llama la atención que lean, y me enfurece, porque, encima, algunos repiten Wikipedia; te dan ganas de matarlos, porque para eso lo buscás en la web.
-Sí, hay muchos políticos tradicionales, con formación en oratoria.
-Sí, hay una gran cantidad de buenos oradores, pero en mi caso es distinto. Yo entré en la política a los 53 años, no tengo historia en la política, no tengo grandes medios, ni partidos con estructuras; si no me muestro como soy, voy a pasar inadvertido, voy a estar cuatro años cobrando un sueldito. Necesito, por lo menos, ser la voz de los tipos que me votaron, y percibo que a la gente no le molesta que sea incisivo, que diga lo que pienso y que no me subordine a cierto mandato o estructura.


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