Por Julio BlanckLa historia empieza a escribirse ahora. Mañana, para ser más precisos, si se cumplen los pronósticos de unos y otros. La pulseada electoral en la provincia de Buenos Aires, otra vez madre de todas las batallas, sube a escena con dos actores excluyentes: el gobernador peronista Daniel Scioli y su desafiante filoperonista Francisco De Narváez. Entre ellos mantienen una relación cordial y respetuosa.
Pero harán lo que esté a su alcance para aniquilarse electoralmente.
¿Por qué mañana? Porque Scioli va a encabezar el congreso provincial del Partido Justicialista, que en un trámite sumarísimo va a proclamarlo candidato a la reelección, respaldando también a Cristina para un tercer mandato presidencial kirchnerista . Y porque De Narváez va a ponerse en marcha desde La Plata con un acto junto a su socio Ricardo Alfonsín, por ahora el opositor de más volumen que enfrentará Cristina. Será, de hecho, el lanzamiento de las campañas hacia octubre.
Alfonsín llega a este comienzo después de haber quedado embretado en su discusión estéril con los socialistas, objetores de conciencia del acercamiento a De Narváez. Alfonsín había alardeado más de la cuenta de su entendimiento con Hermes Binner, cuando reforzaba su perfil progresista para desbancar en la interna radical a los más centristas Ernesto Sanz y Julio Cobos.
Quizás haya todavía algún acuerdo puntual en Santa Fe, el único territorio donde el voto socialista tiene peso decisivo.
El coqueteo con el socialismo lo maniató varias semanas a Alfonsín y puso en cuestión su capacidad para armar política armonizando en la diversidad . Pero el candidato radical siempre tuvo en claro que sin un desempeño relevante en la Provincia, su aspiración presidencial no tenía ni para empezar . Y buscó arrimarse a De Narváez, aún con precauciones y recelos mutos, porque allí están los votos que necesita.
La necesidad, también, empujó a De Narváez hacia la orilla de Alfonsín. Después de su triunfo sobre Néstor Kirchner y Scioli juntos en 2009, su imagen se fue desgajando al mismo tiempo que el Peronismo Federal empezaba su penoso deambular hacia la nada. Depreciado en las encuestas y distanciado de Mauricio Macri, que había sido su asociado en el éxito electoral, De Narváez necesitaba una figura nacional con la que buscar sinergia en la elección de octubre. Ahí estaba Alfonsín, tan necesitado como él.
Los unió el interés mutuo, que en política logra los amarres más sólidos . Y aunque la ideología en parte los distanciaba, pronto encontraron un punto en común: los dos coinciden en construir una fuerza que pueda terminar con la hegemonía kirchnerista.
Todos los problemas que Alfonsín encontró por arriba para entenderse con los socialistas se transformaban en impulso por abajo cuando se acercó a De Narváez. La estructura radical, esa red minuciosa de intendentes, legisladores y concejales que forman el aparato partidario y que pone sus mejores energías en asegurarse la superviviencia , vieron pronto que la doble tracción de Alfonsín y De Narváez les permitía la esperanza de conservar sus porciones de poder local.
Pepe Scioli, hermano del gobernador, funcionario clave de su gobierno durante un largo par de años y desde hace tiempo trasvasado al equipo de De Narváez, tiene más diálogo que el que se conoce con intendentes del radicalismo y aún con jefes comunales cercanos a Margarita Stolbizer, la dirigente que ha tenido las posiciones más duras con la estrategia de Alfonsín.
Hay un dato clave a considerar y es que en 2009 De Narváez ganó en todas las intendencias radicales de la Provincia , que son más de treinta. La necesidad tiene cara de hereje: hasta los correligionarios más aferrados a la doctrina socialdemócrata que inculcó Raúl Alfonsín terminaron aceptando la unión con De Narváez, que es un poco liberal y otro poco peronista.
¿Alcanza esta sociedad política para poner en riesgo el poder de Cristina y de Scioli? Cerca de Alfonsín sostienen que es el único camino eficaz para intentarlo y el candidato, que quiere ganar la elección , ya tomó esa decisión sin retorno.
Por su lado, De Narváez escuchó a Pepe Scioli contar la historia de cómo a comienzos de 2003, a menos de cuatro meses de la elección, un candidato presidencial de poco arrastre como Kirchner se potenció cuando sumó a Daniel Scioli en la fórmula, y terminó de meterse en la segunda vuelta presidencial cuando confirmó la continuidad de Roberto Lavagna como ministro de Economía. Si la sociedad entre Alfonsín y De Narváez funciona de ese modo, habría que ver si Javier González Fraga, flamante compañero de fórmula de Alfonsín, puede reproducir aquel “efecto Lavagna”.
Nada en esta empresa parece fácil de lograr.
Enfrente, Daniel Scioli terminó de cerrar acuerdos que le permitieron, con más habilidad que la que muchos le reconocen, blindarse con los intendentes peronistas para dar pelea por la conservación del poder. Los rivales no solamente vendrán detrás de Alfonsín. También, y quizás más peligrosos, son los que desde el núcleo duro kirchnerista buscan avanzar en el territorio bonaerense.
En el congreso provincial del PJ, mañana, quedará firme la postulación de Scioli porque Sergio Massa desiste de presentarse en la interna . Se menciona un acuerdo de paz entre ambos, que podría reflejarse en la futura composición del gobierno provincial. Anoche hubo una señal inequívoca: Scioli y Massa estuvieron juntos en la entrega de patrulleros a la intendencia de Tigre.
Un rato antes Scioli había encabezado en La Plata un acto de La Corriente, creciente agrupación interna del kirchnerismo que tiene como eje central al Movimiento Evita. Allí, el gobernador se dio el gusto de ser anfitrión de otros dos candidatos grandes: el porteño Daniel Filmus y el santafesino Agustín Rossi, quienes jugarán su suerte en el mes de julio.
Para llegar a este punto, además de restablecer la línea de confianza con Cristina después de los fuertes corticurcuitos por el tema de la seguridad, Scioli había desarticulado al Grupo de los Ocho, los intendentes más o menos rebeldes que venían jugando con Massa. El platense Pablo Bruera, por ejemplo, acordó con el gobernador y buscará la reelección en la capital provincial.
Afecto a los gestos y las señales como la de anoche en Tigre, Scioli se mostró esta semana junto a su ministra Cristina Alvarez Rodríguez, a quien quiere como compañera de fórmula. La decisión debe ser avalada por la otra Cristina, la que aprueba o tacha las listas . Cerca del gobernador confían en una aprobación, por la disciplina de Scioli y los méritos de la ministra. También por algunas cuestiones simbólicas relevantes: Alvarez Rodríguez, además de ser sobrina nieta de Eva Perón, tejió hace tiempo una afectuosa relación personal con Ofelia Wilhelm, la madre de la Presidenta.
Quienes la quieren mal dentro del kirchnerismo aseguran que esta Cristina flaqueó cuando el Gobierno entró en conos de crisis y pareció alinearse entonces con el intento poskirchnerista del salteño Juan Manuel Urtubey . Es parte del juego de intrigas habituales ante cada definición de candidaturas.
Mientras la incógnita se estira siguen en carrera para la vicegobernación Gabriel Mariotto, montado sobre la Ley de Medios, y el ascendente ministro de Agricultura, Julián Domínguez, que viene del riñón peronista de la Provincia y parece tener hoy el horizonte abierto.
En estos días acompaña a Cristina en su visita a Italia.
Habrá que ver hacia dónde se inclina finalmente el laudo presidencial. Y, lo más temido para los jefes territoriales del peronismo bonaerense, cuánto espacio les dejarán a ellos en el armado de las listas. El ejemplo de la Capital, donde Cristina eligió candidato y Carlos Zannini armó la lista de legisladores, les confirmó el temor que ya venían sintiendo.
Ya no está Kirchner, son otros tiempos.
Apenas un anuncio de lo que puede venir.























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