Por Ernesto Schoo."Indudablemente, fue el creador más sobresaliente de la escenografía argentina del siglo XX y puedo señalar, sin exagerar, que en ella hubo un antes de Saulo y un después".
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Ambos libros son un merecido homenaje al gran artista y excepcional ser humano que fue Benavente (1916-1982), cuya contribución a las artes de la representación no se limitó al ámbito nacional sino que lo trascendió: amigo y colaborador de su colega checo Josef Svoboda, de Jean Vilar en el TNP francés y de Jean-Louis Barrault en París y en Buenos Aires -y de muchas otras ilustres figuras de relieve mundial-, presidió el Instituto Internacional del Teatro, de la Unesco, entre 1958 y 1982, y sigue siendo su presidente de honor post mortem. Esas distinciones son apenas un reflejo de su formidable labor, que abarca más de las 530 escenografías, más diseño de luces y de vestuario, que han podido rescatarse de la dispersión y el olvido. Porque esa labor incluía también su generosidad ilimitada, su trato afable, su constante preocupación por el prójimo y la destreza con que sacaba partido de las carencias. Como dice López Osornio, "con una soga hacía el horizonte, con una palangana el sol".
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El volumen, con el nivel de calidad habitual en los libros del FNA, es un espléndido álbum de imágenes, en blanco y negro y color, que registra la actividad de Saulo en las variadas disciplinas que abordó, con introducciones de Graciela Galán en teatro, Claudio España en cine (entre otros títulos, Barrio gris , Pampa bárbara , El último perro ) y Marcelo Salvioli en ópera. Tras haber disfrutado durante muchos años de sus magistrales ambientaciones -recuerdo en especial las de Un sombrero de paja de Italia , en el Instituto de Arte Moderno (1951), por la síntesis y la imaginación cómica-, tuve el honor de ser su colega en el escuela de cine de la Universidad de La Plata. Allí conocí al Saulo cotidiano, cordial, siempre despeinado, con sus entonces insólitos pantalones de fajina, los múltiples bolsillos abarrotados de herramientas y de toda clase de chirimbolos que le servían para resolver problemas del momento, seguido por sus alumnos deslumbrados. Así también lo recuerdan los libros de Cora Roca: joven para siempre.
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