El mandatario en campaña hizo dos propuestas: suspender el acuerdo de Schengen, que regula y garantiza la libre circulación de personas, y dejar sin efecto los acuerdos comerciales que ligan a los 27 países de la UE.
“Si de aquí a un año no mejora el tratado de libre circulación, Francia suspenderá su participación en él hasta que las negociaciones den un resultado.” El mismo objetivo se fijó en lo que atañe a los acuerdos comerciales. Sarkozy extendió a nivel europeo lo que la extrema derecha defiende para Francia, es decir, la preferencia nacional. Sin transición alguna, como por arte de magia, el mandatario se pasó de golpe al campo de los críticos del librecambio y abogó por una preferencia europea. El presidente propuso un Buy European Act (comprar europeo), semejante al Buy American Act, a fin de que las empresas que producen en Europa obtengan dinero público en caso de licitaciones. Así, el ultraliberal Sarkozy se viste de proteccionista. “Competencia sí, competencia desleal no”, dijo el mandatario. Habría que renviarle por correo la misma crítica en lo que atañe a las subvenciones europeas a los productos agrícolas con las cuales la UE desarregla los mercados mundiales, frena la competencia leal y excluye de los mercados a miles y miles de productores en todo el planeta. En todo caso, el mandatario aclaró que si nada cambia en este sector, Francia aplicará de manera unilateral sus propias reglas. Convencido de que su país tiene las riendas del destino continental, Sarkozy dijo que “si Francia no actúa, nada ocurrirá”. Los socios europeos de París ya están advertidos: el futuro depende de Nicolas Sarkozy. En este sentido, el presidente manifestó su voluntad de cambiar Europa. El jefe de Estado francés es un aluvión de contradicciones constantes. Empezó su mandato alineándose con los Estados Unidos de George W. Bush, luego se sometió a la voluntad de Alemania y ahora lo termina con una casi declaración de guerra contra una serie de tratados europeos que tienen años de vigencia. Esa guerra se hace extensiva a muchos otros campos. Los militantes conservadores reunidos en el parque de exposiciones de Villepinte para escuchar a Sarkozy ofrecieron un espantoso espectáculo con su desprecio a los extranjeros. Cuando Sarkozy pronunció esa palabra, “extranjero”, el público se puso a abuchear. En su visión del mundo, Sarkozy se presentó como el presidente que evitará “cualquier deriva multicultural” y defenderá “sobre todo el derecho de los cristianos a vivir en paz”.
Sarkozy buscó anoche reiterar la extraordinaria fusión que había obtenido en enero de 2007 con un discurso de campaña lírico e inspirado, donde mezcló el amor por su país y confesiones íntimas, con una dosis de ideas extraídas de la socialdemocracia. A partir de ese discurso, ya nadie pudo alcanzarlo. Todo el esfuerzo de la campaña 2012 está orientado a reproducir la magia de 2007. Pero la poción no prende. El mitin de ayer fue multitudinario, un éxito en términos formales, pero nada más. El eje de la propuesta sarkocista se limitó a enunciar que para salvar a Francia había que transformar a Europa. La derecha corre detrás del candidato socialista y de sus recuerdos del pasado. Sarkozy fue a buscarlos en Europa, en los electores del Frente Nacional y su mundo de relojes congelados, tan ajenos a la realidad y tan víctimas de ella.


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