En Moreno y La Reja hubo, por lo menos, ?cinco ataques contra supermercados chinos
El chino Xuey, en la puerta de su negocio en Moreno, saqueado dos días después del temporal. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
Conscientes de que la amenaza podía hacerse realidad, los dos comerciantes cerraron temprano. Quienes trabajaron como siempre fueron sus vecinos: el chino Xuei, del supermercado Petra (Moreno) y la china Lin Lis, del autoservicio Miky (La Reja).
Cerca de las 22, un grupo de más de 30 personas llegó a las puertas de Petra, primero, y a las de Miky, después. En Petra rompieron la cortina, entraron y se llevaron grupos electrógenos, cajas registradoras, carne, bebidas y objetos de perfumería.
En Miky, en cambio, no pudieron entrar; sólo alcanzaron a romper la puerta a patadas, justo antes de que Héctor -que vive al fondo de la verdulería- llamara a la policía.
Xuei calcula el monto del robo en unos 200.000 pesos. Lin Lis tiene miedo de que los saqueadores quieran volver.
Entre los supermercados Petra y Miky, los asaltantes también robaron el Super Bajo, de Victorino de La Plaza y La Rioja, y el Eterno, de Marcos del Bueno y Perú, ambos de Moreno.
En la puerta de Petra aún hay un mar de vidrios rotos en el piso. Hasta la mirilla por la que se asoma el chino Xuei está destrozada.
Xuei es discreto como buen oriental, pero la milenaria confianza que su cultura deposita en las virtudes del silencio no logra disimular su indignación.
"Al día siguiente, encontré las cajas registradoras tiradas en la calle, así que ni siquiera se las llevaron para venderlas -cuenta-. Nuestra casa está arriba del supermercado, y ahí nos quedamos muertos de miedo. No pude verlos bien porque no había luz, pero estoy seguro de que esos que entraron a robar no son mis clientes de todos los días."
Para su vecino bicicletero, "los saqueos llegan porque el conurbano es tierra de nadie. Desde esa misma tarde se decía que algunos se preparaban para saquear; unos vecinos avisaron a la policía, pero nadie vino a cuidar nada. Y lo peor es que acá nos conocemos todos. Estos saqueos no fueron por hambre. De acá se llevaron carne, cerveza, vino y Fernet, y un poco después del asalto se sentía el olor del asado. Esas cosas dan bronca".
SIGUEN SIN LUZ
La rabia de Fernando parece aumentar a cada frase. Y el clímax explota en forma de reclamo, y advertencia: "Yo no tengo luz y la necesito para laburar. Nadie viene ni siquiera a decirnos cuándo creen que van a tener todo arreglado. A lo mejor, lo que debería hacer es cortar la ruta y prenderles fuego a unas llantas. La verdad, no sé para dónde agarrar. ¿Tengo que hacer quilombo para que me pongan luz?".
Foto: LA NACION / Hernán Zenteno
En el camino que va desde Petra hasta Miki no hay una sola gomería que no se llame Gauchito Gil. Los descampados conviven con los postes de luz tirados, y entre las santerías y los puestos de venta de locro casero hay gente que aprovecha la luz del día para tomar mate en las veredas.
Son ellos los que guían a cualquiera que quiera saber cuáles fueron y dónde están los supermercados saqueados. Son ellos, también, los únicos que se ayudan ante una adversidad que los enfrenta al poder de la naturaleza y al abandono de las fuerzas públicas.
Así, la lucha de los vecinos contra el desamparo es desigual.
En La Reja, Lin Lis admite que, del miedo a que los saqueadores regresaran, pagó una suma de dinero para que un patrullero de la bonaerense vigilara durante tres noches seguidas la puerta del supermercado. Pero ni siquiera esa presencia le devolvió cierta tranquilidad.
Entre el desastre de la tormenta, la inacción de las autoridades y la violencia desatada por aquellos con quienes convive desde hace cinco años, esta joven china no sabe a qué atenerse.
El verdulero Héctor, su vecino, tampoco. "A mí me robaron la balanza, una garrafa, huevos, de todo -dice-. En un segundo se llevaron el total de guita que yo junto durante dos semanas de laburo. No es justo."
Enfrente de ellos, unos chicos juegan al fútbol como si nada hubiera pasado. En la esquina, un quiosco vende billetes de lotería. Tal vez allí, en los caprichosos designios de la suerte, habite la esperanza de quienes se sienten entregados a lo que ellos mismos llaman "la buena de Dios".
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