*Sapag no tiene plan B

La dependencia de decisiones de los Kirchner es cada vez más relevante. La situación social: demandantes con piso alto. El gobierno de los clichés. ¿Y qué pasa si la ayuda no llega? No hay Apocalipsis, pero se va derecho a la necesidad de ajustes.

El gobierno de Jorge Sapag no tiene plan B. Depende, para concretar el paso necesario hacia el aumento de los recursos, de decisiones nacionales. El eufemismo disimula en el discurso oficial lo que molesta a los oídos delicados escuchar: "decisiones nacionales" significa en realidad "decisiones de Néstor y Cristina Kirchner".

Esta afirmación no es temeraria, sino apenas realista.

Coincide con las necesidades más urgentes de este año, elementales pedidos que hasta este domingo 11 de abril de 2010 no tenían respuesta.

Sapag ha pedido formalmente entre 400 y 500 millones de pesos de refinanciamiento a través del Plan de Asistencia Financiera (PAF). Y ha pedido 150 millones de pesos al Fondo de Financiamiento Educativo.

Estos dos temas obsesionan al gobernador. Lo atan a los escritorios porteños. Lo alejan de la cotidianeidad provinciana.

Sapag no vincula estas cuestiones a la resolución del conflicto con los gremios por capricho. Lo hace porque no tiene otra forma de encarar una recomposición salarial que la inflación hace necesaria.

No hay plan B. El camino para el gobierno solo conduce hacia las inestables emociones de Olivos.

Esto no implica que se lo pueda revestir con el ropaje comprensivo de las víctimas. Es el camino que se eligió, porque se lo entendió mejor que el otro, el de la "confrontación permanente".

Los clichés gobiernan el imaginario colectivo neuquino. Ni el diálogo es todo ahora, ni la confrontación fue todo antes.

Pero la simplificación aparece como necesaria para justificar una ordalía de gastos imparables, una acumulación de corrupciones estatales asumida ya como natural, y hasta un estatus de bienestar que elevó el nivel de las demandas. La sociedad neuquina exige parada en un piso más alto que el de otras provincias.

En fin: son las consecuencias quizá inevitables de una larga estadía en el poder. Neuquén no es una maravillosa excepción a lo que se ha podido comprobar en otros distritos políticos del mundo. Al contrario: cada vez parece más condenada a demostrar su calidad de experiencia humana, sin ningún agregado divino o extraordinario.

En este contexto, la lista de las cuestiones que dependen de los Kirchner es amplia y vital para esta provincia aquejada por el ocaso petrolero.

A lo ya apuntado de urgencias financieras, se le puede sumar el reclamo para que se reconozca el 34 por ciento de piso de coparticipación federal para las provincias. Y la recomposición del precio del gas. Pero estos dos reclamos no tendrían respuesta rápida, se duda incluso que haya novedades para este año.

A la lista, en el caso de obras, se le agrega a las decisiones de Néstor Kirchner y Cristina Fernández el tema Chihuido I y II; el acceso para el tercer puente compartido con Río Negro, que es lo que le da sentido a la autovía que pronto estará lista para ser inaugurada entre la ruta 7 y la 22, una obra enteramente pagada por Neuquén; y el ferrocarril del Valle, que ya se inauguró en los discursos dos veces, pero que está tan lejos como siempre en realidad ha estado.

¿Pero qué pasa si desde Olivos no se atiende a Sapag en sus reclamos urgentes?

Ya poco podrá hacerse, salvo asumir que el Estado neuquino dependerá de lo que tiene en sus propias manos hacer y decidir.

No será tan dramático ni se derrumbará el mundo. Posiblemente, lo único que ocurra será que podrá asistirse al final de tantas cabriolas patéticas justificadas en la necesidad de aparentar ser lo que no es.

Por ejemplo, el senador Horacio Lores podría dejar de jugar al fantasma que habita el limbo entre el cielo oficialista y el infierno opositor. Y el sindicalismo estatal de la CTA podría sincerar que la piel de cordero con la que se vistió sólo servía para justificar su proyecto político, que necesita también de la clase media.

Sucedería, en la práctica, que Neuquén tendría que asumir el déficit concreto de más de 700 millones de pesos en su Tesoro. Y obrar en consecuencia: ajustando gastos y generando nuevas vías de financiamiento, vía emisión de bonos o mediante algún otro mecanismo de asistencia bancaria.

Esto no será, en el caso de que ocurra, un plan B.

Es simplemente el camino que estaba trazado desde el 2007, en un país fatalmente condenado al centralismo de sus gobiernos.

Cuando se juntan centralismo con mesianismo populista (una presidente que se compara con un faraón egipcio cuando inaugura un mínimo gasoducto, con Sarmiento cuando distribuye computadoras) suele suceder que se retrocede.

Y el país retrocede, día a día, hacia los aciagos tiempos del ajuste.

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