Sapag, entre el alivio y la preocupación

La situación en Neuquén no cambiará mágicamente en pocos meses. La incidencia de la emisión de bonos trae un poco de alivio a la administración. Hay que relacionarla con la negociación con los gremios. Se agranda la brecha entre la exigencia del presente y lo que promete la utopía del futuro.
En las últimas semanas, se echaron a correr interpretaciones de la realidad presuntamente dirigidas a crear un ámbito de mayor optimismo en Neuquén. Se aseguró, por ejemplo, que el gobierno de Jorge Sapag había logrado equilibrar las cuentas. Que aumentan las inversiones en exploración petrolera en yacimientos no convencionales. Y que se avanza en la resolución de conflictos con los sindicatos estatales.

La realidad, más allá de su independencia de la existencia misma del ser humano, se torna subjetiva cada vez que, precisamente, se la toma en cuenta desde esa existencia inexcusable. No se puede describir la realidad, desde la perspectiva humana, sin tornarla subjetiva. No sabemos si hay otra forma posible de ver la realidad. Por ende, la lectura de la realidad será necesariamente política. La política, al menos en este tercer milenio, es el arte de acomodar la realidad a los intereses de los grupos que ejercen el poder.

Puestos a interpretar, pues, que es el desafío de cada domingo para esta columna, la realidad neuquina es, a nuestro entender, difícilmente modificable en pocos meses. El lento proceso de construcción de un Estado supernumerario, de extracción hasta el agotamiento de los recursos petroleros, y de desarrollo de opciones económicas sustentables que incluyeran la mejora en la calidad de vida de los habitantes, le ha llevado a la provincia todos los años que tiene. No cambiará la situación en seis meses. No habrá magia antes de las elecciones.

Sapag consigue, sí, un alivio financiero. Es lo que puede lograr con la emisión de 200 millones de dólares en nueva deuda pública. El plan es lanzar estos bonos antes de fin de año, cumplir con el pago a proveedores, y constituir un fondo fiduciario que represente tranquilidad para enfrentar las obligaciones de la deuda vieja. Sapag consigue así, por su propia gestión, lo que fatigó sin conseguir en innumerables viajes y gestiones en los pasillos ministeriales nacionales. Neuquén, una vez más, saca a relucir su esfuerzo propio como método para conseguir políticas concretas. Lo que viene desde Buenos Aires ayudará inexorablemente al decorado, pero no a la hechura de la torta.

Haciendo abstracción del caso Chihuido I, que recibió en los últimos días una declaración de brutal sinceridad de quien es la persona más empapada en el proyecto, el ingeniero hermano del gobernador, Elías Alberto Sapag –dijo que hasta aquí llegó Neuquén, que ahora todo depende de Nación- el otro tema que debe resolver el gobierno es cómo terminar el año con los gremios estatales.

Chihuido I es importante. Es el proyecto de obra más trascendente para Neuquén, no cabe duda. Pero hacer una represa con financiamiento privado no es fácil. Menos en Argentina. Menos desde una provincia. Menos, con un gobierno nacional que volvió a concentrarse cien por ciento en la obsesión de seguir reproduciendo poder, en una instancia que es la que hasta ahora nadie ha podido superar en Argentina: un tercer mandato, una re-reelección.

Es así porque el artilugio de intercalar marido-esposa-marido, o marido-esposa-reelección de esposa, no esconde la situación de fondo, que es la continuidad de un gobierno que comenzó en 2003.

La paz social con los gremios es una tarea casi imposible para el gobierno de Sapag. Se ilustra con una anécdota, reveladora: el gobierno ha iniciado el dictado de cursos de mediación en conflictos para sus cuadros político-técnicos. Allí se enseña cómo negociar con los sindicalistas ante los conflictos, que se presumen inevitables. El primero comenzó la semana pasada. Se dictó en el auditorio Felipe Sapag, del hospital Bouquet Roldán, para unos 60 cuadros políticos del sector Salud.

Esta medida, que aparece como racional, es al mismo tiempo impresionante: el Estado se capacita para enfrentar conflictos que el propio Estado genera. Es como si alguien estudiara psicología para resolver sus propios traumas.

La técnica de la dispersión –negociar con ATE cuando UPCN se pone duro, y con UPCN cuando ATE es el inflexible- no deja de ser una práctica infantil de la política concreta. Es, también, una práctica que cuesta mucha plata. Hay decenas de negociaciones paralelas, que deben enloquecer los esquemas contables de la ministra Esther Ruiz. El dinero público se va por mínimas canillitas, por goteo, sin encontrar un acueducto único.

En definitiva, lo que puede esperarse respecto a los gremios es que la situación siga más o menos igual que siempre. Que se ponga un parche aquí, una curita allá. Que se siga incorporando personal a planta permanente. Que aumente la masa salarial y se siga despatarrando la famosa pirámide: en el afán de contentar salarialmente a la mayoría, se perjudica el escalafón y se estrechan las diferencias entre categorías.

Esto, en algunos sectores con fuerte responsabilidad de conducción, es terrible: consigue jefes despreocupados y enojados porque ganan prácticamente lo mismo que sus subordinados. Produce también el efecto de sedentarismo dentro de la administración: ¿A quién le interesa ascender, si no hay incentivo salarial contundente?

Junto con la relación gobierno-gremios, la otra en conflicto es la relación gobierno-municipios. También es muy posible que no pase nada con esto. La última declaración de Jorge Sapag al respecto condiciona la negociación con los intendentes a que primero se tengan los resultados del censo nacional. Esto implica pasar el tema para el año que viene, casi inevitablemente.

El año que viene será un vendaval electoral. Habrá una sobretensión de ambiciones, una exageración de diferencias. No será un escenario propicio para el consenso, sino para marcar las diferencias entre proyectos. ¿Cómo podría acordarse una nueva coparticipación en este contexto?

Así las cosas, siempre desde la subjetividad más absoluta, se tiene una sensación: el pueblo exige ocuparse del presente. Los gobiernos siguen apuntando a un futuro siempre mejor. De la realidad a la utopía, una distancia inmensurable.

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