Santiagueño discutió con su mujer, degolló a su beba y se ahorcó

Santiagueño discutió con su mujer, degolló a su beba y se ahorcó
Marcelo Giménez echó de la casa a su pareja Natalia Salva, se encerró, asesinó a la nena de un año y siete meses mientras tomaba una mamadera y se colgó con una soga. Aún sabiendo que estaba ya muerto, los vecinos quisieron linchar al homicida.

‘No me dejes; no me dejes’, gritó e imploró un joven santiagueño a su pareja. Al asumirse ‘abandonado’, aprovechó un descuido de ésta, se encerró en su casa y desató el horror: degolló a su hija de un año y siete meses.

Luego, se colgó desde un tirante en el techo de chapa.

El triste protagonista de semejante calvario resultó ser Marcelo Giménez, de 27 años, un buscavidas santiagueño que cuatro años atrás arribó a la provincia de Salta.

Consternación

De acuerdo con la información provista por el Departamento Prensa de la policía salteña, el homicidio y suicidio estalló el sábado en el barrio San Benito, en el macrocentro en el sudeste de Salta.

Tal como ocurría todos los días, Giménez habría regresado de trabajar. Y, también, como ocurría en los últimos días, sobrevino una charla con su pareja Natalia Salva, 20, con quien se encontraba unido hace casi tres años y de cuya relación había nacido Guadalupe, de un año y siete meses de vida.

Según la policía, la hipótesis dominante es que la relación había llegado a su fin. Y la joven deseaba terminar de buena manera. Sin traumas y, en lo posible, como dos personas civilizadas.

Nada más alejado de la realidad. A las 12.40 la sangre hizo trizas la sensatez. Furioso y empecinado en resistir el no como última alternativa, Giménez literalmente echó de la casa a su mujer y se encerró con su hija en una de las habitaciones.

Última mamadera

Segundos después, el santiagueño le preparó una mamadera a la pequeña: mientras la niña se alimentaba, tomó un cuchillo tipo carnicero y la degolló.

Luego, se colgó desde un tirante del techo de chapas, valiéndose de una soga de nailon.

Cerca de 40 minutos después, su pareja y dos vecinos se asomaron por la ventana y descubrieron el tétrico escenario. Ya era tarde. La nenita murió en un charco de sangre.

Víctima de una crisis nerviosa, Natalia empezó a gritar. Lloró y pidió perdón a su hija por dejarla solita. Fue tal la desesperación que los vecinos terminaron abatidos, rendidos, al contemplar tanta tristeza en el corazón de una madre sangrándose por una hija que ya no está.

La vivienda se pobló de gente desesperada: la furia, el dolor y el descontrol parecían potenciarse entre, relegando la sensatez a un plano intrascendente.

Luego arribó la policía e impuso la calma en un barrio, cuyos vecinos pretendieron linchar paradógicamente a un homicida que ya se encontraba muerto.

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