Lo lograron el río -que contó varios meses de crecidas y ahora otra vez baja- y también los límites a la depredación exportadora. Hay más pescado para el consumo interno. Consejos, precios y placeres.
A unos pocos kilómetros, en el puesto El Caburé, de Colastiné, pasadas las 10 de la mañana del domingo, se hace cola para mirar, cumplir un mandado o dejarse tentar. Hay fileteado a 12 pesos.
A lo largo del camino de la Costa y en la ciudad, los comedores de pescado anuncian -y sirven- pescado de río. Viejos conocidos vuelven a la mesa: a la parrilla, al paquete, en escabeche, al disco, como chupín o en clásicas albondiguitas de Chiquito Ulerich y empanadas fritas. (¿Puede ser otra milanesa?).
Lejos del infierno del tránsito de cada fin de semana, a diario, las lanchas y las canoas vuelven felices a la costa. Hay pescado, “el río está contento”, dicen -animistas- animados pescadores, de oficio o deportivos.
En la costanera santafesina, en vez del absurdo faro “marino”, los chicos miran si flotan, se hunden o al menos tiemblan contrariando las ondas de la Setúbal, las boyas de sus mojarreros. Ya que dejaron el mouse, sus padres o sus tíos les relatan sobre las fantásticas capturas de otros años. El río les ha dado a todos otra oportunidad, incluso a los imprescindibles mentirosos propensos a separar demasiado las manos...
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