El sanguinario clan terrorista que tiene en vilo a EE.UU.

Los Haqqani, vinculados con Al-Qaeda y con Paquistán, son el grupo más letal del país

Washington.- Son los Soprano de la guerra de Afganistán, una despiadada familia criminal que construyó un imperio con secuestros, extorsiones, contrabando e incluso camiones de transporte. Han traficado piedras preciosas y madera, y exigido dinero a cambio de protección a empresas que construyen caminos y escuelas con fondos norteamericanos.

Protegen su territorio montañoso plantando letales bombas a los costados del camino y bombardeando remotas bases militares norteamericanas. Y los funcionarios de Estados Unidos los acusan de ser mercenarios: son una fuerza a la que recurre en secreto el servicio de inteligencia paquistaní para llevar a cabo truculentos ataques.

En la actualidad, los funcionarios de inteligencia califican al clan Haqqani (encabezado por un veterano militante llamado Jalaluddin Haqqani, que a lo largo de los años se alió con la CIA, el servicio de espionaje de Arabia Saudita y Osama ben Laden) como el grupo insurgente más letal de Afganistán. Tienen entre 5000 y 15.000 combatientes que se ocultan entre las montañas de Afganistán y Paquistán, y que están dirigidos por los hijos de Haqqani.

En el último de una serie de atentados audaces, el grupo perpetró un ataque de todo un día contra la embajada norteamericana en Kabul, operación que, según el jefe del comando conjunto, Mike Mullen, contó con la ayuda de la agencia de espionaje militar de Paquistán.

Pero aunque los norteamericanos juren vengarse de los Haqqani y debaten cómo enfrentar el poder de este grupo, existe una convicción cada vez mayor de que podría ser demasiado tarde. Para muchos funcionarios, los Haqqani representan una oportunidad perdida, con inquietantes consecuencias.

Responsables de cientos de muertes norteamericanas, los Haqqani probablemente sobrevivan a las tropas de Estados Unidos en Afganistán, y dominen grandes franjas del territorio afgano una vez que haya cese del fuego.

Los militares norteamericanos expresan su enojo porque el gobierno de Obama aún no ha puesto al grupo en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado, debido a la preocupación de que esta decisión podría arruinar cualquier posibilidad de que el grupo selle la paz con el gobierno de Afganistán.

En los últimos días, los líderes de la red Haqqani, que tienen vínculos con los talibanes, han dado a entender que están dispuestos a negociar, pero conforme a sus propias condiciones.

Un ex funcionario de inteligencia norteamericano, que trabajó con la familia Haqqani en Afganistán durante la ocupación soviética en 1980, dijo que no le sorprendería si Estados Unidos volviera a asociarse con el clan. "Siempre se dijo de ellos: «Mejor amigo que enemigo»."

Los Haqqani son miembros afganos de la tribu Zadran, pero se establecieron en Miram Shab, en la zona tribal de Paquistán. Dirigen en forma clandestina una una red de empresas que les sirve de fachada en todo Paquistán, y que fueron vinculadas a por lo menos dos fábricas que producen el nitrato de amonio usado para construir bombas.

En los últimos cinco años, los Haqqani armaron una red de extorsión para ofrecer "protección" a empresas constructoras, lo que significa que los contribuyentes norteamericanos están ayudando a financiar a la red enemiga.

Según un informe escrito por Jeffrey Dressler, del Instituto para el Estudio de la Guerra, los Haqqani tomaron como blancos a proyectos de construcción de rutas que, de ser concretados, proporcionarían mayor libertad de movimiento a las fuerzas afganas y sus aliados.

Una milicia organizada

Pero el grupo no es sólo una mafia barata que se enriquece con proyectos fraudulentos. Es una milicia organizada que usa ataques terroristas de alto perfil contra hoteles, embajadas y otros blancos con el propósito de cumplir una agenda que le permitirá convertirse en un poder importante en un futuro acuerdo político.

El mes pasado, el Directorio Nacional de Inteligencia de Afganistán hizo públicas grabaciones de llamadas telefónicas interceptadas durante el ataque suicida del 28 de junio contra el hotel Intercontinental de Kabul. En ellas, los Haqqani les daban instrucciones a sus agentes de disparar contra la cerradura de las habitaciones, arrojar granadas y asegurarse de que nadie escapara con vida. Más de una docena de personas murieron en el ataque.

El 19 de febrero de 2009, un día antes de que el nuevo comandante militar de Paquistán, Ashfaq Parvez Kayani, llegara a Washington para su primera reunión con el gobierno de Obama, la embajada norteamericana en Islamabad envió un cable clasificado a las oficinas del Departamento de Estado.

Los funcionarios norteamericanos creían que Kayani había supervisado durante años el apoyo encubierto a grupos militantes como la red Haqqani, y el cable ofrecía un consejo directo y franco sobre las inminentes conversaciones.

"El único mensaje, y el más importante, que Kayani debe recibir de Washington es que ese apoyo debe terminar", decía el cable, escrito por la embajadora Anne Patterson.

Pocos en Washington creen que el apoyo ofrecido por Paquistán haya disminuido desde entonces. Los que antes eran optimistas y creían que podían cambiar su conducta aceptan ahora una realidad más dura: mientras Paquistán se sienta amenazado por la India, seguirá confiando en grupos militantes.

Después de una década de guerra, diplomáticos, soldados y espías norteamericanos sienten cada vez más que Estados Unidos pretende salir de Afganistán sin siquiera advertir este juego enloquecedoramente complejo. "¿Hay alguna fórmula para que Paquistán deje de apoyar a la insurgencia en Afganistán?", preguntó Karl Eikenberry, ex embajador norteamericano en Afganistán. "No sabemos cómo responder esa pregunta", concluyó.

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