El equipo de Núñez acomodó otra vez la historia: con dos goles de David Trezeguet venció a Almirante Brown 2 a 0 y se quedó con el título de la B Nacional.
Había nervios. Un equipo de músculos apretados, con los pies atados con hilos invisibles. Las tribunas eran espejos de jugadores supervisados bajo lupa. El silencio por momentos fue sintomático. La patología de River en la B se explica con el paciente ya fuera de terapia intensiva. Los jugadores están en el vestuario. La gente, en el campo. Hay invasión pero no tantos festejos como apuntados: “Passarella botón, vos sos hincha de Boca...”, se señala al presidente del club de Núñez. Están los otros; los que se permiten disfrutar a pesar de que River se siente en una dimensión desconocida: “Pelado, Pelado”, reconocen al entrenador Matías Almeyda. Un rato antes, el DT era la cara de River; Almeyda era River: lloraba de la emoción. Era la calma tras un terremoto de 363 días. Almeyda sabía que había llegado el alivio. Se terminaba el luto.
Es un sufrimiento. Once policías. Raro. La imagen es tan fría que contrasta con la fachada de una tarde de consagración. No están los hinchas en la Sívori alta. La tribuna pelada es un baile sin música; la popular, así, es la nada. Los hinchas están apiñados en el resto del Monumental. Pero les cuesta encender las gargantas, tomadas por asalto por el miedo escénico. Se entiende. River pone en juego la historia a cambio de sacudirse el barro de los pies. Lo saben hasta los rivales que ayer fueron a vomitarles morbo: quince minutos antes del comienzo, los de Almirante Brown cantan “vos sos de la B”. Es el puñal. La puta manera de los hinchas de regodearse del dolor de los otros.
River está en un lugar incómodo. Es su casa, es su fiesta y ni así se relaja. El público local no se ríe hasta el final.
Tras el pitazo, los invasores corren por el campo, insultan a su presidente, a quien le endilgan todos los males, y lloran. Lloran porque saben que la B es del pasado. Los hinchas respiran porque River otra vez es River.
Los que arrancan los banderines de los córners y hacen flamear las banderitas son conscientes que el retorno a Primera fue por un camino de piedras, cuesta arriba. Descargan bronca acumulada y, también, festejan. Ensucian la cancha con su ingreso; conocen, seguramente, que no habrá vuelta olímpica. Pero quieren estar, dar testimonio. Pisar el pasto, oler el desahogo de los demás hinchas. Atrás quedaron los nervios del primer partido ante Chacarita, las críticas ante la sucesión de empates entre la cuarta y sexta fechas, las bromas por perder ante Boca, el de Corrientes, el resbalón grosero contra Atlanta en Liniers, la derrota ante Patronato, justo antes del partido de ayer. Están los hinchas grandes que lagrimean y los chicos que se ríen, porque River es campeón, no importa que sea en la B Nacional. Había que verlos. La gente arrancaba pasto, como si quisiera llevarse a River a sus casas. Tener con ellos al club que durante un año les quitó el sueño.
De la A. La bandera es genuina por estética y contenido: en improvisada tela y aerosol reza: “Gracias por volver, no se vayan nunca”. El mensaje subliminal es que los hinchas no quieren volver a dejar de ser. A padecer un luto que ayer se cortó con un doblete de David Trezeguet.
Los hinchas no demoraron tanto en abandonar las tribunas como el campo de juego. Querían estar donde se cocinó la vuelta de River a Primera. Recién a las 17.51 la Policía logró que la cancha quedara vacía. De a poco los gritos fueron murmullos. Entre las sombras del Monumental se podían adivinar los recuerdos recientes de una vuelta olímpica a medias. O partida. Por un lado Chori Domínguez hizo su propio recorrido; le había llegado la hora del alivio. El otro futbolista que recorrió la pista de atletismo fue Trezeguet. El ídolo, el más aplaudido, ya está tranquilo. El delantero que huele a mundo devolvió a River
a su lugar en el mundo. Así lo entendieron los hinchas. Incapaces de gritar dale campeón.


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