Hay relatos que, contra lo que dice el manual del buen periodista, deben ser contados en primera persona.
Mentiría si dijera que los rumores hablaban de una “declaración más”. Pero aprendí a no prestarle demasiada importancia a los dimes y diretes, especialmente en dramas que tocan el dolor de tantas personas. Sin embargo, a eso de las ocho de la tarde, los teléfonos ardían y la catarata de “información”, por llamarla de alguna manera, resultaba abrumadora. Desde que el testigo en cuestión negó conocer a Sandra para después retractarse, hasta sospechas sobre el envío de supuestos mensajes de texto, hubo de todo.
Tardó quince minutos en llegar a mi oficina. Fui directo al punto, sincero y casi brutal. Sin guardarme nada le conté lo que estaba pasando y todo aquello que, según mi criterio, terminaría ocurriendo en las horas por venir. No fue fácil. Por un lado, tenía frente a mí a un testigo de la causa y punto; por otro, no podía dejar de pensar en ese hombre que, quizá, en breve terminaría ocupando el centro de todas las tormentas. Conozco el medio y los “condimentos” esenciales parecían estar a punto caramelo. Charlamos más o menos media hora. Cuando salió, fui yo el que se acercó a darle la mano.
¿Escribir o no escribir?
Quienes escribimos en los medios estamos acostumbrados a “buscar” la noticia. Por eso, cuando te sorprende en tu propia casa, terminás desconcertado, pensado qué hacer o cómo encararla. Sin duda, el asesinato de Sandra Colo es uno de los más llamativos y dramáticos en la historia policial argentina. Son tantas las coincidencias con la muerte de su hermana Claudia (asesinada doce años atrás), que resulta imposible sacarse de la cabeza, además del dolor insoportable que deben sentir los padres, las connotaciones psicológicas que implica. Para colmo, si bien por ahora no existen certezas de ningún tipo, la hipótesis de robo se encuentra entre las que menos parecen convencer a los investigadores. Se verá.
Al mismo tiempo, estamos tan cerca del hecho que uno se pregunta si vale o no la pena escribir. ¿Cómo saber qué ocurrirá mañana? ¿De qué manera cuidar a las personas involucradas? (a todas), y en especial, evitar la tentación de publicar aspectos de la vida personal que son esa “otra” autopsia que convierte a la víctima en objeto de escrutinio. Porque en las primeras horas de cualquier investigación, la intimidad de las personas asesinadas queda al descubierto, justo cuando están sin posibilidad de defensa o confrontación. Y todo se termina filtrando.
Claro que nuestra función es contar, al menos lo que se pueda. Al fin del día es lo que la gente espera de nosotros. Nunca hubiera dejado pasar esto si ocurría, por ejemplo, en la Intendencia, lo mismo debía aplicarse a mí.
Cara cara
Lo primero que hice cuando estuvimos cara a cara fue plantearle todo aquello que, suponía, ocurriría en las próximas horas si el asesino no aparecía rápido: Un creciente interés mediático sobre su persona. Ya había recibido llamados con preguntas periodísticas, y su nombre (voy a preservarlo por razones obvias) sonaba desde varios ángulos; incluso su sobrenombre comenzaba a popularizarse. La esposa, quien declaró al mismo tiempo que él, también se convirtió en objeto de curiosidad por parte de mis colegas a nivel nacional. ¿Qué relación tenían? ¿Cuáles son tus datos? ¿Cómo es el tipo? ¿Qué sabés? Así hasta la noche.
“Prefiero no hablar”, afirmó, y aseguró haber llegado a esa conclusión después de conversar con su abogada. Le dije que era lógico y que, en estos casos, había que seguir los consejos de una persona por sobre los impulsos propios. Y si uno elige un abogado es, justamente, para hacerle caso. Si bien se mostró algo sorprendido ante la “revelación” de las posibles repercusiones nacionales del crimen, siempre pareció estar serio pero tranquilo.
A pesar de “no hablar”, escuchó todas y cada unas de las preguntas que le hicimos. Empezamos con la existencia de rumores sobre una posible relación con Sandra, seguimos con el tema de los mensajes que supuestamente le habría mandado.
Sólo afirmó que sí la conocía aunque no sabía por qué lo podrían haber vinculado a ella sentimentalmente, y que a la hora del hecho estaba, como siempre, durmiendo (según la autopsia Sandra murió entre las 10 y las 12 hs del jueves).
Hubo instantes de profundo silencio, y la incomodidad propia de estas situaciones de las que uno sale como “planchado”, y pensando en que mañana será otro día, lo que en esta circunstancia particular puede deparar muchas sorpresas.
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