La época de hibernar pasó y los más vagos para hacer actividad física durante todo el año eligen el mes de la Primavera para poner un pie en el gimnasio. Porque viene el calorcito, porque falta menos para ponerse la bikini, porque están más relajados o porque se les da la gana.
Si el lugar común para las dietas es “el lunes empiezo”, el equivalente para arrancar el gimnasio bien podría ser anotarse en septiembre, cuando, después de un largo invierno, la Primavera está por explotar… y nuestros cuerpos, también.
Para los deportistas “golondrina”, esos que prenden los motores sólo cuando la ropa más liviana empieza a hacerse lugar en los placares, hay unos cuantos consejos que es necesario tener en cuenta y que recomiendan los que saben.
Pero no todo es tan sencillo ni de manual. Para arrancar con una actividad deportiva (en cualquier momento del año) las recomendaciones son más personalizadas. Por eso, los entrenadores suelen indagar sobre los hábitos de sus alumnos. La clave está en la alimentación y su actividad, tanto laboral como doméstica. “No es lo mismo un oficinista que un operario, depende de la labor es el grado de sedentarismo que acarrea la persona”, explica Gerardo Delfante, profesor de Educación Física. Lo mismo pasa con la comida: “no es lo mismo almorzar de parado en un fastfood que sentarse en un resto o en su hogar”. Según Delfante, “la alimentación será fundamental a la hora de modificar el hábito saludable que implica realizar una actividad física”.
En base a esos primeros datos, será el propio entrenador el que elabore un plan adecuado de baja intensidad de actividad para realizar un acondicionamiento físico general y, a partir de eso, comenzar a desarrollar un entrenamiento más específico. Esto último se refiere a si la persona quiere hacer ejercicio con un fin estético o de salud (como spinning, aerobic, aero box, entre otros) o a un incremento del rendimiento físico (por ejemplo, si lo que desea es realizar un deporte como tenis, fútbol o natación).
La pregunta del millón: ¿cuándo empiezan a notarse los cambios?
En este aspecto (fundamental para los efectistas que pretenden arrancar en septiembre y ser los dioses del verano en enero), Delfante destaca tres características a tener en cuenta: la frecuencia, la intensidad y la continuidad. Estos tres ítems sumados al cumplimiento de “una alimentación adecuada que elimine el exceso de ingesta calórica”, aseguran un principio de cambio en el cuerpo a partir de los tres meses de iniciado el plan de entrenamiento.
Ahora, bien: ¿cuántas veces por semana hay que moverse para obtener buenos resultados? ¿y cuántas horas? Según el experto, la frecuencia mínima debería ser de 2 veces por semana. En cuanto a la carga horaria, Delfante aporta un dato fundamental: “el organismo recién comienza a desgastar calorías a partir de los 40 minutos de iniciada la actividad, siempre en forma continua y a baja intensidad”.
Menos excusas y más movimiento
“Tendría que ir al gimnasio, pero no tengo tiempo” y “no me dan los números” son dos de los argumentos más utilizados para justificar la falta de pilas. En la mayoría de los casos, hay más soluciones que excusas.
“No siempre es necesario comenzar en un gimnasio”, afirma Delfante, detalla: “caminatas de unos 40 minutos, dos veces por semana son suficiente para incorporar un mínimo de actividad física a nuestra rutina diaria”.
Con respecto al tiempo (que hace mucho tiempo alguien muy sabio dijo que es relativo), eso ya va a depender del tipo de actividad que realice la persona. Si no hay tiempo, concluye Delfante “hay que hacérselo”. Sobre todo, si se tiene en cuenta que “se trata de un beneficio y no de un sacrificio”.
A ponerse las zapatillas y las calzas, y a empezar, despacito, a marcar el paso, que la Primavera ya lo pide… y el cuerpo, también.
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