Sabor amargo

Un Tribunal de Casación confirmó la sentencia de ocho años de prisión para quien atropelló con su coche a Romina Herrera en 1998, y terminó con su vida. Pero no alcanza con saber que los papeles siguen adelante. El tránsito local es una muestra más de la violencia urbana, y nada paga los hijos muertos. Un trago intragable.
“No hay dolor que se compare con la pérdida de un hijo”, fue la frase con que el fiscal Guillermo Nicora abrió su entrevista concedida a la 99.9 cuando analizaba los aspectos quizá menos técnicos y jurídicos de los accidentes de tránsito. Se refería expresamente al poco frecuentado tema del desarrollo del duelo, situación antinatural a la hora de enterrar a un hijo.

Los padres no están preparados para eso, ninguno de ellos. Porque la ley de la vida indica que la operación inversa es la que rige en el ciclo natural. Pero si bien no hay justicia que devuelva una vida, los procesos acusatorios son el trabajo que la familia encara tras el accidente: las pruebas de una responsabilidad que debe ser precisada y asumida.

Cuando los procesos se demoran, cuando los plazos son eternos, cuando el conductor sigue libre por la ciudad después de haber arrollado a una o más personas, la familia siente que el dolor del primer día no cesa, y que no cesará jamás. Parece que los tiempos dilatados de la justicia hacen que los deudos no terminen jamás de enterrar a sus muertos. Paradójicamente, ese quehacer jurídico mantiene a la familia en pie. Es la lucha que lleva a todos a permanecer en línea vertical: lograr justicia. Cumplido el cometido sobrevendrá el segundo duelo: la pérdida del familiar que -dice el fiscal- “allí termina de morir”.

El fiscal Nicora se refiere al tema a propósito de la muerte de Romina Herrera, quien fue atropellada el 1 de marzo de 1998 por Carlos Nicolás, cuando ella y sus amigos cruzaban la avenida Juan B. Justo en su intersección con Arenales. En aquella oportunidad, el conductor circulaba a más de 100 kilómetros por hora por la arteria principal, cuando los jóvenes lo vieron venir. Apuraron el paso, ya que en aquel momento la avenida no tenía el cantero central que hoy separa ambas manos. Cuando se encontraban en la vía opuesta se creyeron ingenuamente a salvo. Carlos Nicolás, que ya había atravesado dos semáforos en rojo, hizo una curva hasta quedar lo más cerca que pudo de los peatones, en contramano. Quiso “echarles un fino” dijo el fiscal, tratado de recordar las circunstancias que se habían establecido con los testimonios durante el juicio oral de 2004. Quiso divertirse y le salió mal: atropelló a dos, y Romina perdió la vida. Esa intencionalidad es la que hizo que se solicitara condena por homicidio simple.

La gente suele llamarlos “asesinos al volante”, e indica el fiscal que son parte de una sociedad violenta que está evidentemente muy enferma: el tránsito no deja de ser una manifestación más.

Carlos Nicolás estuvo detenido, luego fue excarcelado; se pidió su detención en el juicio oral y público, porque había aumentado su riesgo potencial de fuga, y luego volvió a salir. Hoy, tras los recursos sucesivos, la sentencia no está técnicamente “en firme”. Por eso Nicolás está libre: la mayor parte de su condena la ha pasado en la calle.

“Voy a hacer una presentación ante la Cámara para que -aunque haya un recurso extraordinario pendiente de resolución- la sentencia se cumpla”, dijo el fiscal Nicora. “Sé que estoy en franca minoría, pero tengo que seguir adelante”.

Casación

Los defensores de Nicolás, Wenseslao Méndez y Sergio Meneghello, habían presentado un recurso ante el Tribunal de Casación, cuerpo que se expidió al respecto recientemente. Los magistrados Jorge Hugo Celesia y Carlos Alberto Mahiques decidieron no aceptar el argumento interpuesto, pues consideraron que no había allí elementos suficientes para poner en duda la sentencia emanada del tribunal de primera instancia.

En la oportunidad, los defensores habían comenzado por decir que no estaba probado fehacientemente que fuera el acusado quien conducía el vehículo de marras, por más que él espontáneamente se hubiera presentado en la seccional y hubiera puesto el coche a disposición del instructor. Casación contestó que el imputado era el autor del hecho, sin más controversia al respecto.

Como segunda cuestión, los letrados planteaban que no había sido la intención del conductor acabar con la vida de Romina Herrera: “se hace imprescindible llegar a la sutil y difícil distinción entre el dolo eventual y la culpa consciente”, dijeron. Adujeron que el accidente se había producido porque, de acuerdo con la dinámica del vehículo, el conductor había depositado su confianza en que no se produjera. Analizando los hechos, los jueces concluyen en decir que, actuando de esa manera, no sólo era posible matar a una persona, sino que, de haber un accidente, no había otro resultado posible que la muerte: “el vehículo fue guiado de tal manera que no sólo era previsible sino, además, inevitable la producción de la muerte de quien se interpusiera en su trayectoria”.

En efecto, Nicolás había circulado en contramano hasta atropellar a las víctimas. Romina fue impelida hacia el capot y el parabrisas evidenciando la gran velocidad del vehículo, que además fue confirmada por los testigos.

No obstante, los defensores intentaron alegar que las víctimas estaban distraídas y que habían cruzado en diagonal: para los magistrados el descargo es insostenible, toda vez que fueron embestidos en la mano contraria. La forma en que cruzaron resulta irrelevante.

Como se ve, ya no hay tiempo. La gente muere todos los días, y las demoras en una justicia perezosa y atiborrada de papeles quitan la fe de la sociedad en la imposición de justicia, y aumentan la sensación de impunidad de quienes integran el grupo de violentos al volante. La realidad tiende a confirmar su fe en que, hagan lo que hagan, nada sucederá en su contra.

Otro más

El 16 de enero de 2005, Miguel Ángel Mansilla circulaba por avenida Constitución a alta velocidad cuando eran las 3.30 de la madrugada. Luego de atravesar la calle Ortega y Gasset atropelló al joven Brian Oliver delante de infinidad de testigos. El muchacho, que había salido con un grupo de amigos, cruzaba a paso lento para comer en un conocido comercio gastronómico que se encuentra en diagonal a la disco Gap. Jamás llegó, porque Mansilla -a bordo de un Fiat 1 dominio XBN 416- se apuró a sobrepasar un coche que venía lentamente por el carril central, y sorprendió al peatón, que permaneció inmóvil a pesar de los gritos de precaución de su amigo. Las lesiones de Brian fueron gravísimas, y murió el 24 de enero en el Sanatorio Belgrano a causa del trauma craneoencefálico que le había ocasionado el violento golpe.

El chico, que rompió el parabrisas, el costado del vehículo, capot y óptica, fue atropellado en el carril derecho, cuando estaba ya a punto de llegar al cordón. Sin embargo su cuerpo fue a dar casi al cantero central, como una muestra de la maniobra que efectuó el Fiat para tratar de evitar el golpe, sin atinar a frenar.

Cinco años después, recién se ha procedido a elevar a juicio al conductor acusado de “homicidio culposo agravado por haber sido ocasionado por la conducción imprudente de un vehículo automotor”.

Tal como Nicora había dicho, el tránsito es una más de las manifestaciones de una sociedad violenta y enferma, como puede verse en la cantidad de armas que hay circulando por ahí. Y luego: “pasarán décadas y hasta centurias hasta que encontremos una repuesta mejor que la cárcel para esto”.

Es decir que algún día habrá algo mejor que el derecho penal para ordenar la sociedad, pero no lo hay por ahora. “Hay una especie de fruición por incumplir la ley, que parece ser parte del ser nacional”, acertó Nicora. Y no hay duda. Pero esa actividad casi folklórica de saltearse la norma, de hacer lo contrario de lo pautado, de dejar de lado la vida de otro, ya no es privativa de las calles. El tránsito es nada más que su imagen dinámica, mediatizada por el movimiento mecánico de los coches. Lo que queda después del análisis es el más amargo de los sabores.

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