Los rusos veían con cierta simpatía el cambio climático. Creían que las durísimas temperaturas que soportan en invierno serían más agradables y que les traería ventajas económicas. Pensaban que sumarían enormes extensiones de tierra a la producción agrícola. También enviaron una expedición para plantar su bandera en el mar Ártico adelantándose al deshielo. Están convencidos de que tendrán un boom económico gracias a las grandes reservas minerales y petroleras que hay allí y que hasta ahora no se habían podido explotar.
Y no es sólo una lección para Rusia . La inédita ola de calor estaría relacionada con las inundaciones que afectan a Pakistán y China por las que perdieron la vida decenas de miles de personas y crearon al menos dos millones de refugiados. Los meteorólogos Kevin Trenberth, del National Center for Atmospheric Research de Estados Unidos, y Vladimir Petoukhov, del Potsdam Institute de Alemania, coinciden en que hay vínculos muy particulares en los cambios atmosféricos que habrían provocado los dos fenómenos a gran distancia uno del otro en el planeta.
Catástrofes que no sólo afectan a estos países sino que las piezas de este dominó ambiental caen por todo el mundo. La baja cosecha rusa hará subir el precio de los alimentos en todo el globo. Y los países importadores directos están desesperados buscando nuevos mercados. Israel importa de Rusia por mil millones, principalmente en maíz. Turquía está en una situación similar y Egipto necesita ese grano en forma urgente en este mes del Ramadán que ya comenzó.
Con el cambio climático no hay beneficiados.
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