Rosh Hashaná urbano: tradición y fiesta en el corazón de Palermo

La plaza Armenia fue ayer un mundo de exquisiteces, postales para enviar a todo el mundo, música y humor
"Con el lenguaje del humor se pueden decir cosas profundas", apuntó Mariana Briski en el escenario improvisado que recibía al visitante. En los alrededores de la plaza Armenia, la fiesta del año nuevo judío puso en práctica esa frase que una de las comunidades más importantes de la ciudad parece tener como lema. Kipás con los colores de Racing o de Atlanta, relojes que dan la hora en hebreo, carteles de "orgullo goy" y libros que prometen "judaísmo para todos" fueron algunas de las principales atracciones de un parque temático judío que celebró su tradición sin evitar el acento pop que marca la época.

El shopping a cielo abierto en el que se transforma Palermo durante los fines de semana vivió una excepcional jornada étnica a cargo de quienes son reconocidos especialistas mundiales en la organización de fiestas. Los inefables turistas brasileños se dejaron tentar por los falafel y los chorizos vegetales.

El comprador compulsivo se llevó miel con limón, bolsas de pletzalej y camisetas con leyendas de ocasión ("Matsoquista", "Mi mamá me (ll)ama"). Y el bohemio perdido en la plaza, aquel que un domingo sí y otro también se deja caer por la zona para tocar la guitarra o tomar mate, se encontró con explosivas bandas de música klezmer que, a la menor provocación, arrancaban con furia las canciones más reconocibles del soundtrack de Pulp Fiction.

El buen clima acompañó el Rosh Hashaná, que, según dice la tradición, predestina todos los hechos que ocurrirán durante el año. En ese caso, se adivina un mediano plazo amable, divertido, de mutua comprensión y concordia social. Si será realmente así, habrá que verlo. Pero ayer ese experimento de armonía y buen humor tuvo su día, que valdrá la pena recordar como un ejercicio social para imitar al menos unas 365 veces en los días venideros.

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Sin embargo, y como las luces siempre proyectan sombras, no todo el mundo irradiaba felicidad en el Rosh Hashaná de Palermo. "Vendimos muy poco, el año pasado fue mejor", se quejaba un vendedor de té. Y justo detrás de él, la nieta del vendedor confesaba por lo bajo: "El abuelo siempre dice lo mismo, pero la verdad es que vendimos casi todo. ¡Mejor, imposible!".

La escena podría haber sido parte de un chiste judío, pero no. El humor de la comunidad se expresaba en los carteles que prometen organizar bodas ("si cree que la organizadora está loca, escanee este código"), y la desgarradora amargura que constituye esa fina ironía dijo presente en la ferocidad con la que más de uno se acercó a los puestos repletos de sabores de la infancia.

Hay una tristeza judía que en este año nuevo surgía en las conversaciones, en las preguntas por tal o cual, en los puestos que ofrecían envíos de postales para distintos lugares del mundo. La diáspora constituye a la comunidad, el exilio siempre aparece de algún modo, y si de algo sirven las fiestas es para recordar a los ausentes.

Tal vez por eso una bobe de largo pelo cano compró una trenza de pan dulce, pan de miel y un montón de frascos de pepinos sólo para enviarles a sus nietos desparramados en distintos lugares del mundo. ¿En Alemania, España y Canadá no venden estas cosas? "Seguro. Pero una cosa es que las vendan y otra es que las mande yo", dijo, con una sonrisa amplísima.

¿Alguien se animaría a desmentirla? La celebración del año nuevo judío organizada aquí por la ONG Yok resultó tan cálida como quienes se propusieron recibir a todo tipo de público para mostrar lo mejor de su riquísima cultura. "Ser judío es una fiesta", era la consigna. "Ser judío es una fiesta... ¡carísima!", subrayaba una postal. Desde ayer, los relojes de la comunidad no dan la hora en hebreo; la dan en el lenguaje universal de la amistad y la alegría, que por una tarde en Palermo tuvo su escenario de humor y melancolía que el resto del mundo conoce tan bien.

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