Por los robos, una heladería no le vende a clientes con gorra

Por los robos, una heladería no le vende a clientes con gorra
Un joven de unos 20 años entró decidido por un helado, pero al querer pagarlo y retirar su ticket, la empleada le pidió que se sacara la gorra con visera porque si no lo hacía no estaba autorizada a venderle. La rara exigencia se repite en un cartel manuscrito, y con el dibujo de una gorra censurada, sobre el mostrador que da a la puerta.

El joven ansioso se la sacó y luego preguntó el por qué. “El jueves nos asaltaron por tercera vez en los últimos 11 meses y son chorros con gorrita para que las cámaras no les filmen la cara”, le respondió la trabajadora mientras le señalaba las tres cámaras instaladas en dirección a la caja.

El insólito y obligado hecho sucedió -y sucede- en la heladería ubicada sobre calle Rivadavia entre Independencia y Fermín Gamboa, pleno centro de la ciudad de Pilar.

Es que efectivamente el pasado jueves dos delincuentes robaron a punta de pistola la recaudación y escaparon con total impunidad. Según voceros del comercio, el atraco ocurrió sobre las 10 de la noche.

A esa hora estaban cerrando, no había nadie adentro ni en las mesas de afuera consumiendo helado, y todo estaba listo para el último arqueo de la caja. Sin embargo segundos antes del cierre de las puertas ingresaron dos individuos, de entre 18 y 22 años y con gorrita visera.

Ambos llegaron a la caja, sacaron un revólver de grueso calibre y amenazaron de muerte a la cajera. Así, en escasos 40 segundos, se hicieron de unos 2 mil pesos y se fueron en dirección a las denominadas “cinco esquinas”.

El tercero

El tercer asalto a la misma heladería, en menos de un año, generó que sus propietarios decidieran esa suerte de discriminación hacia los que entran con la gorra visera puesta.

“Sucede que cuando la policía pide la grabación sólo se ve a los delincuentes armados, pero no se les ve el rostro y así no se puede hacer nada legalmente”, señaló otro trabajador del local en relación a lo que filman las cámaras de seguridad.

Además, en ninguno de los tres asaltos a punta de pistola la policía pudo interceptar o dar con los malvivientes.

Pero lo más insólito tuvo lugar al día siguiente del asalto porque en horas de la tarde del viernes llegó a la heladería un joven matrimonio con un nene chiquito. Él pidió helados para su esposa y el hijo, y otro medio kilo para llevar. Los tres se sentaron a comerlos en una de las mesas, al tiempo que esperaban el pedido con varios gustos.

Pero entonces a una de las empleadas le resultó conocido; específicamente despertó serias sospechas de que era uno de los dos asaltantes de la noche anterior

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