River a la Promoción, por éstos y por aquéllos

Por: Gonzalo Bonadeo.

Tras caer con Lanús, los Millonarios jugarán ante Belgrano la instancia más dramática de su historia. El castigo para el equipo actual, que no mostró ni la mínima audacia para rebelarse, y para los que estuvieron en las últimas tres temporadas. Los choques decisivos serán el miércoles y el domingo, y River jugará con “ventaja deportiva”.

Cuesta pretender que haya, hoy, en el fútbol argentino, una noticia más impactante que la que indica que, finalmente, y como consecuencia de sus propias miserias, River tendrá que jugar contra Belgrano de Córdoba la posibilidad de seguir en Primera División.

River es, aun hoy, demasiado grande como para que alguien se anime a diluir siquiera un poquito la onda expansiva que este asunto genera en el planeta futbolero. Entiéndase bien: este equipo, al que le toca convivir con el límite más bajo de la historia del club, tiene su responsabilidad en el asunto; tanta como las malas administraciones, tanta como una barra brava que, centralizada como antes o atomizada como ahora, lo único que hace es vivir del club y despedazar su prestigio, tanta como aquel equipo que terminó último en el Apertura ’2008. Claramente, los muchachos que deberán jugar los 180 minutos más dramáticos de la historia riverplatense no están, ni por asomo, solos en este Titanic que aún flota. Es más, de aquel desastre de tres años atrás, el único titular vigente es Paulo Ferrari. Y de la treintena de jugadores que integraban aquel plantel, apenas siguen en el club nombres como los de Buonanotte, Chichizola, Mauro Díaz o Bou.

Sin embargo, tampoco hay que restarles responsabilidad a los artífices del presente. Personalmente, creo que River empezó a condenarse al escarnio futbolero cuando navegaba en otras aguas. Es decir, nunca fue el de López un proceso audaz. Más bien, apoyado en los malos números y el pésimo rendimiento final de la gestión Cappa, consumió todo el handicap asumiendo demasiadas posturas especulativas, hasta pregonar como positivos resultados que, finalmente, terminaron condenándolo. Recuerdo la tibieza de la cuarta fecha en el 0 a 0 contra Argentinos. Recuerdo la satisfacción del cuerpo técnico por no haber perdido en La Plata en la décima cuando, luego de otro espantoso 0 a 0, River no terminaba de asumir que, la mejor forma de zafar en los promedios, era atreviéndose a luchar el campeonato. Recordemos que River termina jugando la Promoción –Permanencia, para la necesidad del club de Núñez–, en el mismo torneo que lo tuvo mucho tiempo luchando por la punta.

Hoy ya es tarde para filigranas o apetencias estéticas. Lo es, simplemente, porque este equipo fue modelado para ello y no porque no se pueda recorrer un camino digno para escapar de las angustias. En años anteriores, lo hicieron Godoy Cruz, Huracán o Tigre. Hoy mismo, lo intentaron desde All Boys y Quilmes hasta Gimnasia y Olimpo. River, en sus urgencias, terminó siendo uno de los equipos de menor propuesta del torneo.

Especular con lo que podrá pasar ante los cordobeses es algo que ni los más fervorosos hinchas millonarios deberían animarse a hacer a esta altura. River es tan previsible en el juego que sus resultados pasan a ser irreversiblemente imprevisibles. Serán dos partidos de pánico, en el que su real carta favorable es que ese espanto denominado “ventaja deportiva”, le da al equipo que quiere permanecer en la categoría el excesivo beneficio de los empates. No es con River el asunto: el sistema es una porquería desde hace más de una década.

Con todo lo que involucra a River, este sábado de terror dejo muchísimas cosas más que una pesadilla en Núñez.

Después de una semana triste, de esas que los medios deberían ahorrarnos a los hinchas de buena leche, el fútbol volvió a dejar como el culo a los patéticos.

¿Alguien podía imaginar que Christian Cellay, una de las más cuestionadas y poco provechosas incorporaciones boquenses, sería el verdugo de Gimnasia marcando dos goles en un partido por primera vez en su carrera?

¿Alguien podía imaginar que, lejos de especular quién iba a atajar en el Rojo, Independiente sería capaz de ganarle al Globo 5 a 1? ¿Algún hincha de Huracán podía imaginar que ese resultado, finalmente, sería una anécdota en un sábado de alivio momentáneo? Seguro que no; de otro modo le hubiera avisado a Monzón que se cuidara a cuenta de poder jugar el desempate.

¿Alguien podía imaginar en Bahía Blanca como se podría arreglar Olimpo sin Tombolini, uno de los mejores arqueros del torneo? ¿Alguien hubiera imaginado que su reemplazante, Matías Ibáñez, tendría una de las más influyentes actuaciones que ningún arquero tuvo en este certamen?

Y así podemos seguir un largo rato. Fueron cientos de especulaciones dignas de una sociedad enferma. Enferma de técnicos que se creen infinitamente más –y son sustancialmente más caros– que sus jugadores. Enferma de barras que miden su apoyo según quién y cuánto ponga. Enferma de dirigentes que no hacen absolutamente nada para liquidar las suspicacias. Por el contrario, o las fomentan o sacan provecho de ellas. Enferma de gente de medios que, en días como estos, brillan como auténticos comemierdas.

Una sociedad que, de todos modos, no pudo con el juego. Que con sus miserias y sus limitaciones, con los buenos –pocos– y los torpes –muchos–, con los amarretes y con los que se animan, sigue siendo el único capaz de romper con la especulación, con los malos augurios, con las patoteadas verbales, con las sospechas no siempre infundadas, con los árbitros malos, con los árbitros corruptos. Y con la trampa.

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