Argentina es un país subido eternamente a una montaña rusa. Los ánimos varían con una velocidad tal que lo que hoy es el paraíso mañana puede ser el infierno para el oficialismo o la oposición.
La oposición sufre del mismo síndrome. De la “derrota” oficialista, que los llevó a una euforia desmesurada, hasta esta nueva realidad, el ánimo de los opositores pasa también por la ducha escocesa.
Está claro, entonces, que las victorias de hoy no son garantía de nada. Las subidas y bajadas vertiginosas de la montaña rusa provocarán alegrías y decepciones, en una particular situación política en la que el oficialismo sigue simulando que ganará fácil y la oposición creyendo que el Gobierno tiene un plazo fijo para terminar.
El que ha sido puesto contra la pared es Macri, quien debe recordar ahora que en los tiempos de desventura de Ibarra por Cromañón había algunos sensatos que le pedían que no escupiera al cielo. Ahora, está tomando la misma medicina sin que, ni siquiera, sus aliados le arrojaran una cuerda para salvarse del naufragio.
Pero el jefe de Gobierno porteño es, también, un participante activo del subibaja argentino. Confía que la Cámara de Casación derrumbe todo lo que él considera un armado kirchnerista y lo deje en los umbrales de la Rosada.
Como en otros períodos más trágicos de la historia argentina, es la voluntad lo que conduce los actos de los políticos.
Comentá la nota