Por Eduardo Van Der KooyLas victorias electorales resultan siempre difíciles de paladear para Cristina Fernández. En el 2007, cuando sucedió a Néstor Kirchner, disfrutó al menos de la transición entre octubre y diciembre. Dos días después de su asunción el FBI difundió la noticia de que el dinero de la valija incautada a Guido Antonini Wilson podría haber sido destinado a financiar su campaña electoral . Todavía estaba George Bush en la Casa Blanca, aunque las relaciones bilaterales no mejoraron mucho con la llegada del demócrata Barack Obama.
Cristina debe haber paseado en ese lapso su figura política más lograda . El Gobierno empezó a blanquear desde el martes 25 un problema que venía barriendo cotidianamente bajo la alfombra: el de la demanda de dólares y las debilidades del Banco Central para neutralizar la arremetida.
También la paulatina declinación de las reservas que, esta semana, están casi en igual nivel que cuando la Presidenta inauguró su primer mandato. Poco más de US$ 47 mil millones.
El problema afloró ahora, por voluntad del Gobierno, pero viene de lejos . La dolarización de las carteras bancarias minoristas arrancó a comienzos de este año y se aceleró antes de las internas . No paró más. No cobró envergadura pública por dos motivos: el kirchnerismo le quitó relevancia y entidad; la oposición, aun cuando subrayó el fenómeno, nunca supo imponerlo en la agenda. Diferencias de capacidades y de poder que parecieron reflejo fiel de los números que arrojaron las elecciones.
Lo que aquella oposición no pudo hacer en la campaña el Gobierno se encargó de cristalizarlo en una semana.
Le dio al problema de la creciente demanda del dólar una doble dimensión, política y económica. Lo hizo de tal modo, que acentuó la desconfianza preexistente y permitió que larvadamente comenzara a instalarse la posibilidad de alguna crisis.
Los comunicadores oficiales han ayudado, en ese sentido, a acicatear temores. La semana pasada el vicepresidente del Banco Central, Miguel Pesce, afirmó que el que “compra dólares hace mal negocio ”. Un recuerdo devaluado de aquel recordado pronóstico de Lorenzo Sigaut, en épocas en que la dictadura tenía el timón final del general Roberto Viola: “El que apuesta al dólar pierde” , aseguró, en las vísperas del derrumbe.
Tampoco Amado Boudou se ha mostrado dúctil, al margen de la sonrisa que lo acompaña siempre, aun en las malas. El ministro de Economía transmite un optimismo, por las medidas adoptadas para detener la escalada del dólar, que no es posible descubrir en nadie más . Como Pesce, tuvo frases que remontaron a momentos infelices de la Argentina.
“Todas las decisiones adoptadas sólo apuntan a transmitir certezas” , comunicó. Fue imposible no acordarse de Domingo Cavallo en las semanas previas al gran incendio nacional. Antes de que renunciara Fernando de la Rúa. Justificó el recordado “corralito” argumentando que la gente iba a tener así su dinero bajo resguardo. Pero la gente quería ese dinero – que los bancos habían fugado– y le daban apenas mil pesos. La gente que ahora quiere dólares tampoco puede conseguirlos o los consigue en cuentagotas después de atravesar obstáculos indicativos de que algo no anda bien . Esas serían las supuestas certezas que invocaría Boudou.
El Gobierno empezó su ofensiva obligando a las petroleras y mineras a liquidar en el país el dinero de sus exportaciones. Tal vez la decisión apuntó a terminar con una excepcionalidad. Ese criterio no estaría en discusión. La duda tendría que ver con la oportunidad.
¿Por qué no se acabó con ese supuesto privilegio dos o tres años antes? La cuestión para el Gobierno no pareció ser el privilegio. Fue la necesidad de engordar el colchón de dólares frente a la presión de la demanda constante. Un criterio similar se adoptó con las empresas aseguradoras.
Después llegaron nuevos controles para quienes adquieran más de US$ 250 mil por año y la obligación de liquidar en el país los dólares por la venta de empresas. Los controles se extendieron a todos, hasta al simple ciudadano que pugnó por 100 dólares. De nuevo la palabra imprecisa de Boudou: “ Tendrán problemas los que quieran lavar dinero. Los demás no ”, sentenció. ¿Querrán lavar dinero aquellos que compran dólares con parte de su salario o su jubilación? ¿O Boudou dijo lo que dijo para enmascarar las verdaderas intenciones oficiales que no tienen relación con el lavado de dinero sino con la presión sobre el dólar y la fuga de capitales? Cristina estuvo hasta ayer, al menos, ajena en público a todos esos enjuagues y contradicciones. La Presidenta viajó a Francia para la reunión del G-20 y su esperada entrevista con Barack Obama. Esa ajenidad frente a los problemas le sirvió como marketing de campaña electoral. Pero, en los hechos, su tercer mandato ya se ha puesto en marcha. Se impondrían las decisiones.
¿Está conforme con el manejo de Mercedes Marcó del Pont en el Banco Central? ¿Sabe de las críticas de Boudou por la estrategia de la economista? ¿Confía en su enorme capital político y electoral para actuar como actúa y dejar que sus laderos resuelvan? ¿Habrá a partir de diciembre, en esa puja, vencedores y vencidos? Ninguna pregunta puede tener respuesta porque Cristina sigue refugiada en el misterio. Menos aún, si entenderá que a la demanda del dólar habría que combatirla con otras medidas, tal vez menos policiales . Mientras reina ese silencio, sus funcionarios juegan con fuego .








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