Ricardo Jaime: "Nunca voy a olvidar el olor del viaje de regreso"

A 30 años de la gesta histórica, El Diario habló con un ex conscripto que revistió de auxiliar de enfermería en el Almirante Irízar. Fue incorporado a la Marina el 2 de abril.

Por Marcelo Dettoni

Ricardo Jaime viste camisa blanca y saco oscuro, parece un oficinista. En realidad, patea las calles de San Luis vendiendo libros, su profesión desde hace 30 años, cuando volvió de las Islas Malvinas con la tranquilidad del deber cumplido y los recuerdos de una experiencia que por momentos significó una pesadilla para un chico de 18 años que había comenzado el servicio militar el mismo día que la Argentina tomó el control de Puerto Argentino.

-¿Dónde le había tocado la conscripción?

-En Puerto Belgrano. Hice un mes de instrucción en Campo Sarmiento y otro en el Hospital Naval Río Santiago, donde me convirtieron en auxiliar de enfermería. La guerra ya estaba en curso, así que sabía que en cualquier momento partíamos para el sur.

-¿Quería ser enfermero?

-En realidad no tuve muchas opciones, pero me gustaba todo lo relacionado con el cuerpo humano y entré a ese curso. Me sirvió para aportar mi esfuerzo a la causa Malvinas.

Ricardo creció en el sur del Gran Buenos Aires, hasta que un día de 2002, cansado de la inseguridad, dijo basta y se vino a San Luis. “Es una provincia que me compró de entrada. Llegué de noche y estaban haciendo la autopista de la ruta 7, me pareció un lugar encantador, en el que el Gobierno se ocupaba de sus habitantes”, asegura.

-¿Cuándo llegó a las islas?

-No recuerdo si el 11 o el 13 de junio, cerca de la rendición. Fui embarcado en el Almirante Irízar, que era un buque hospital. Atracamos en la bahía Groussac. Desde la ventana del barco veía caer las bombas y las balas trazadoras sobre Puerto Argentino, un espectáculo dantesco, muy difícil de olvidar.

-¿Cuál era su trabajo?

-Ayudar a los médicos en lo que pudiera para atender a los heridos, que eran muchos. El 14 fue la rendición y muchos chicos llegaban en malas condiciones. Yo pude reponerme a esa experiencia porque soy de mentalidad positiva, encontré trabajo y salí adelante. Pero muchos compañeros cayeron en la depresión. No era fácil estar 24 horas atendiendo heridas graves, amputaciones y esas cosas. No es casual que ya llevemos 487 suicidios luego de la guerra.

-¿Qué es lo que más recuerda?

-En lo humano a un pibe correntino, herido de gravedad, que había sido el único sobreviviente de su unidad. Y en lo particular el olor que había en el barco en el viaje de regreso. Eran 1.500 soldados apiñados, que habían combatido dos meses sin bañarse. Ese olor lo llevo en mi nariz y lo llevaré hasta el día de mi muerte. Fue un día y medio de navegación en ese ambiente.

-¿Y después de eso qué?

-Después llegó la falta de reconocimiento, que duele mucho. Estuvimos nueve años a nuestro libre albedrío, hasta que Menem nos dio una pensión mínima de $150. Pero no es sólo la plata, a los veteranos siempre les costó conseguir trabajo, la gente cree que estamos todos locos. Encima nos meten en la misma bolsa que la dictadura y yo no tuve nada que ver con esa gente. Ahora estamos enfocados en conseguir un reconocimiento provincial para los casi 50 ex combatientes nacidos en San Luis, ya comenzamos a golpear puertas.

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