El discurso que pronunció anoche el presidente Obama poniendo oficialmente fin al despligue de tropas de combate estadounidenses en Irak fue interpretado de diferentes maneras.
Sin embargo, la historia registrará el retiro de los estadounidenses como el reconocimiento de unos de los errores más graves y más costosos de la estrategia político–militar de ese país. Pero el repliegue no pone fin ni a la guerra ni a la ocupación. De hecho, no hace otra cosa que poner en evidencia el fracaso de dos teorías, la de las “guerras preventivas” y la del nation building (la construcción de una nación por la fuerza).
En efecto, George Bush justificó el desembarco en Irak afirmando que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva y que era necesario “atacar antes de ser atacados”. Siete años y medio después, el mundo sabe que Hussein no tenía tales armas. Lejos de pacificar la región, alimentó el enfrentamiento entre el mundo occidental y el musulmán.
Pero eso no es todo. Después de haber destrozado Irak, Bush aplicó una serie de políticas destinadas a reconstruir la nación, sustentando la transición hacia la democracia a imagen de la que existe en Occidente. Pese a que ya pasaron seis meses desde que tuvieron lugar las últimas elecciones en Irak, los shiítas y los sunitas aún no lograron un acuerdo para formar gobierno. Esto significa que los estadounidenses se retiran habiendo fracasado también a nivel político .
De hecho, es por eso que Obama decidió dejar desplegados en suelo iraquí 50.000 soldados que ya no dependerán del Pentágono sino del Departamento de Estado. Pero el presidente quiere poner ahora todo el énfasis en Afganistán y en Pakistán. Según Obama, la guerra en estos dos países es de necesidad y no preventiva. Falta saber cómo hará para evitar que no suceda en esta región lo que sucedió en Irak
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