Retamito, pueblo fantasma en el límite con San Juan

Retamito, pueblo fantasma en el límite con San Juan
Está en San Juan, cerca del límite con Mendoza. Creció al calor de los hornos de cal, pero hoy sólo contabiliza 25 habitantes que no tienen medios de transporte público y deben votar en otro lado.
Hoy son sólo una veintena de pobladores pero hubo tiempos mejores. El tren que llevó trabajo y progreso desde 1885 dejó de funcionar en los ?90, mientras que los hornos criollos de cal, que convocaban a obreros de todo el país y Chile, fueron abandonados hace décadas. A la escuela van siete chicos, mientras que los muertos deben ser sepultados en un pueblo vecino y para votar en las próximas elecciones habrá que caminar varios kilómetros. Así es el presente de Retamito, casi aislado del mapa sanjuanino en el límite con la provincia de Mendoza.

Por un lado, un viejo bar de descascaradas paredes de adobe, un par de calles polvorientas que hacen dibujos diferentes y algunas esquinas alambradas, muy pocas construcciones que fueron casas de alojamiento o familiares y que se mantienen aún en pie pese a los terremotos de años, una antigua estación que se abrió al progreso allá por 1885 y que hoy se encuentra vacía de pasajeros, con pocos recuerdos y que sólo sirve para los trenes de carga.

En el otro, una capilla consagrada allá por los años ?50 a la Virgen del Valle y que fuera el legado de don Fortuito Salman y su señora Cecilia, dueños de una tienda pero hoy inexistentes vecinos, y decenas de hornos de cal "criollos" que tratan de mantenerse en pie como parte sobresaliente de una geografía agreste, son algunas de las postales que sirven para mostrar a este pueblo que supo de trabajo y progreso pero que hoy es noticia por su soledad. La última vez que un censo lo incluyó como pueblo -hace algunas décadas- hablaba de unos 800 habitantes, aunque hoy la realidad nos muestra la permanencia de sólo 25 personas.

Silenciosa bienvenida

Un cartel de madera nos da la bienvenida a Retamito (dentro del departamento de Sarmiento, a escasos kilómetros de Mendoza), ubicado a unos 1.900 metros sobre el nivel del mar y al que se llega después de dejar la ruta nacional 40 y adentrarse unos 12 kilómetros por la provincial 319, por un camino consolidado y que también sirve como vía de acceso a localidades como Cieneguita o Los Berros, casi en la precordillera, aunque eso sea parte de otra historia.

Don Jorge Jenem tiene 67 años de vida en el pueblo. Hijo de don Felipe, a quien le decían el "cónsul chileno", dueño del negocio donde se encerraban un bar con mostrador, mesas, sillas de madera al igual que la heladera de cuatro puertas, pero que además era almacén, verdulería, tienda y carnicería, casi como un "súper" de hoy.

El hombre recuerda que con sólo 15 años aprendió a manejar un camión "canadiense" (vehículo que entre sus características principales se destacaba que eran "ñatos y feos", pero con una capacidad de carga inigualable para la época) para el acarreo de materiales pétreos y leña.

Pero volviendo al diálogo, don Jorge nos dice: "El tren nos dejaba por el día en las cabeceras de Mendoza o San Juan y era parte del comercio. Se podía comprar y vender en la ciudad". Habría que complementar diciendo que ese servicio de pasajeros quedó trunco en la década de los ?90 y así el vacío se hizo más evidente y el pueblo, como tantos otros, comenzó a quedar aislado.

"Ahora para llegar a cualquier pueblo tenemos que caminar porque no hay ni trenes ni ómnibus", agrega Jorge con tanta nostalgia como resignación, mientras vuelve a barrer un patio de tierra, aún sorprendido por la presencia de los periodistas.

La cal como recurso

Retamito, como otras localidades vecinas (Guanacache, Cieneguita o Los Berros) tuvieron en el procesamiento de la piedra caliza una fuente inagotable para su economía y eran miles los que se movían por el pueblo al compás de esta industria. A la hora del trabajo lo hacían en los tradicionales hornos criollos (un cilindro vertical de piedra semi enterrado en la tierra) donde el esfuerzo se multiplicaba día y noche, toda vez que a mano había que alimentarlos por la boca, para luego mantenerlos encendidos a fuerza de kilos y kilos de leña, hasta que la aparición del humo blanco advertía a los trabajadores que se podía extraer la cal viva por la base. Hoy, modernos hornos eléctricos (ubicados en localidades cercanas) hacen que aquellos originales sean antieconómicos, por eso están, desde hace años, fuera de uso. Así también el pueblo se fue quedando vacío de gente.

En ese terreno donde sobresalen algarrobos, retamas, chañares, jarilla, pinchagua o un arbusto conocido como "vidriera" y donde el silencio es sólo interrumpido por el trinar de algún pájaro o el graznido de los loros barranqueros, también está don José González. Tiene 67 años y varios hermanos. Vive junto a su mujer, tres hijos y cuatro nietos (que lo visitan de cuando en cuando) y, como el resto, decidió quedarse "por propia voluntad". Así, se pregunta: "¿Adónde me iba a ir?" Y también se responde: "Aquí nací, crecí y creo que me voy a morir...", aunque reconoce que deberá ser sepultado en un pueblo vecino (Cieneguita), porque Retamito no tiene cementerio. Por su palabra supimos que "por cuestiones políticas" ya no podrán votar en el pueblo sino que los padrones ahora están en Guanacache, a unos 7 kilómetros de distancia.

Mientras el camino de tierra se ondula hacia la montaña encontramos a la familia Díaz, hasta quienes se llega atravesando una extensa alameda (arboleda increíble para la zona), con un mensaje escrito de agradecimiento para la Medalla Milagrosa. Ellos reconocen que "acá no hay casi nada", por eso ahora siguen trabajando con la cal? "pero en otro pueblo".

Y casi al final se levanta la escuela Batalla de Suipacha, de paredes blancas y patio de cemento, con luz eléctrica, internet, televisión digital y teléfono. Tiene una matrícula de siete alumnos y una maestra (la ?seño' Susana Angulo) que vive en un departamento cercano y llega en ómnibus hasta Media Agua, desde donde una trafic la acerca hasta 4 kilómetros, distancia que desanda "todos los días" caminando (muchas veces cruzando cauces de agua) para enseñar a chicos de van de los 5 hasta los 14 años y así marcarles un camino y futuro, que es muy probable esté muy lejos de Retamito.

El sol se fue ocultando tras las montañas y las sombras de la noche le fueron poniendo un telón natural a un paisaje a ese casi desconocido Retamito, el mismo que creció al calor de los hornos de cal y que hoy ni siquiera puede renacer de sus cenizas, aunque haya una veintena de vecinos que se nieguen a abandonar sus raíces.

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