Por Osvaldo PepePasó México y es bueno tenerlo en cuenta desde ahora, cuando la ilusión argentina no para de crecer: dictadores o gobernantes democráticos, todos a su modo, han soñado con esa foto. Algunos la han logrado; otros, con cierto pudor, la han evitado.
Las dictaduras fueron siempre muy sensibles a las fiestas mundialistas. En 1966, Onganía, un general golpista que había depuesto a Illia en los días previos al Mundial de Inglaterra, hasta quiso sacar provecho de la derrota argentina ante el equipo inglés y le abrió las puertas de la Casa de Gobierno al plantel nacional, ungido absurdo “campeón moral” de la nada. Conocida fue la fiesta trágica del 78, de Videla y compañía, con el Monumental crujiendo pasiones, a metros nomás de una ESMA que respiraba tortura y muerte.
Ya en democracia, el balcón de la Casa Rosada alojó a los campeones gloriosos de 1986. Alfonsín no se mostró. Un año después, el peronismo barría al radicalismo en las urnas. En 1990, Menem viajó al Mundial de Italia para ver el debut argentino, pero no le trajo suerte en el 0-1 ante Camerún. El balcón y la Plaza, igual fueron pura algarabía por aquel subcampeonato, pero la memoria colectiva no recuerda bien a Menem.
Nadie que haya querido subirse al carro triunfal de la redonda terminó ganando. Al fútbol lo que es del fútbol, que nadie se confunda: estas de ahora son reservas del pueblo argentino, pero sólo de alegría. Que nadie las manotee para otros fines.
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