Por: Martín Kohan.Hay algunos italianos enojados hoy por hoy con la ciudad de Rosario. No con toda, por supuesto, que es amplia y diversa, sino más específicamente con un local sito en la calle Sarmiento a la altura del 1112, de nombre “Palacio Berlusconi”.
Se entiende el fastidio: Berlusconi es un hombre de Estado. Lo que supone, como es evidente, que, además de lo que él es, existe lo que él representa. Y que, además de lo que se diga de él informalmente, existe lo que una institución de manera formal legitima. Por eso la respuesta municipal de la vieja Chicago argentina no tardó en llegar: el nombre registrado del club en cuestión no es ése sino otro, y la ocurrencia de elevarlo a palacio y remitirlo a Berlusconi no consta en los formularios, en todo caso pertenece al imaginario popular.
En La noche de Varennes, de Ettore Scola, aparece esa cuestión, a propósito de Luis XVI: la distancia o la cercanía entre lo que un hombre por sí mismo es y las cosas que por ser rey representa. En Habemus Papam, de Nanni Moretti, se vuelve sobre eso mismo: lo que va de asumir como Sumo Pontífice al pobre cristiano que no quiere para nada serlo. De ahí la paradoja: estos buenos italianos, a quienes Silvio Berlusconi representa, se ven razonablemente ofendidos por el nombre del cabarute de la ciudad de la bandera; pero el propio Berlusconi, en caso de saberlo, no haría sino henchir el pecho de vanidad y, si le tocara por ventura recalar alguna vez en Rosario, acaso sería hacia Sarmiento 1112 adonde enderezaría, o mejor dicho torcería, sus pasos de macho incontenible.

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