La Reina festejó con mil barcos y más de un millón de súbditos

La Reina festejó con mil barcos y más de un millón de súbditos
Los 60 años de Isabel II en el trono británico. La monarca encabezó un imponente desfile por el Támesis, sin antecedentes en el reino. Bajo la lluvia, la gente acompañó el homenaje, entre picnics y orquestas. Grupos republicanos protestaron.
La inspiración fue un cuadro de Canaletto, la producción no tenía nada que envidiar a la más cara película de Walt Disney, la niebla era “dickensiana” y la lluvia, monzónica. Un cóctel perfecto pero absolutamente británico para celebrar en el río Támesis de Londres los 60 años en el trono de la reina Isabel con una extraordinaria flotilla de 1.000 barcos, que acompañaban ayer a la soberana como custodias de su majestuosa barca real roja y dorada, en una ceremonia única y que no tiene antecedentes en la historia del reino. Un millón y medio de personas cantaron “God save the Queen” a su paso, sin importarles la horrenda e invernal meteorología. Es parte de su identidad.

Un carnaval y picnic vintage , cargado de tradiciones, símbolos, rituales británicos, que conmemoró y agradeció la dedicación y el servicio de su primera funcionaria pública: la Reina. Una soberana de 86 años que, con el silencio como instrumento de su misterio y su inescrutabilidad, consiguió salvar la monarquía en sus peores días de crisis, sin renunciar a su reserva y a su estoico estilo.

La barca real Spirit of Chartwell , que podría parecer un restaurante chino si no fuera una kitsch reproducción de un barco del siglo XVI, era una foto de esa evolución de la casa real para que la Corte de St James pueda proyectarse en otro siglo. La Reina y el príncipe Felipe, espléndido en su uniforme de almirante a los 90 años, saludaban medidamente a la multitud, con un casi estático movimiento de mano enguantada en blanco. Pero eran “los otros” invitados el símbolo de la evolución de una familia disfuncional y conservadora, que decidió salvar con pragmatismo la institución.

El príncipe Carlos conversaba con su mujer y ex amante, la hoy duquesa de Cornwall, Camilla, pos divorcio y muerte de la princesa Diana. N adie lo hubiera imaginado en 1997, el “annus horribilis” de la reina, cuando murió la princesa Diana. Su hijo y futuro heredero, William, se reía relajado con Kate Middleton, la nueva duquesa de Cambridge y futura reina, compañera de universidad e hija de dos tripulantes de British Airways. El vestía su uniforme de teniente de la fuerza aérea, sin condecoraciones “ad honorem” como sus antepasados y familiares. El príncipe Harry, un gigante de casi dos metros, disfrutaba de la fiesta en su severo uniforme de activo capitán. En el Elizabethan, otro barco con decoración edwardiana y donde viajaban los huéspedes especiales de la reina, los Middleton, los padres de Kate y la hoy célebre Pippa a la cabeza, representaban esta nueva y rica meritocracia que la familia real británica ha aceptado en su reciclamiento para construir su futuro adaptado al siglo XXI. La Reina admira en sus nuevos parientes su sentido de unidad familiar y su amor a los caballos.

En otro gesto de apertura mental, la organización de esta flotilla extraordinaria quedó en manos de los militares británicos y su deslumbrante y perfeccionista ceremonial sino de un ex trabajador de un circo, que dos años atrás dormía en una casa rodante. Adrian Evans, maestro de ceremonias y ex miembro del radical grupo de teatro Lumiere, fue el productor de este festival del Támesis que quedará para la historia. El espectáculo costó unos 16 millones de dólares, dinero que fue obtenido de donaciones privadas.

La flotilla se puso en marcha con la esplendorosa Gloriana y sus ocho remeros a la cabeza. A seis nudos y con las barreras del Támesis cerradas para que no hubiera más corriente se inició este desfile, una suerte de sueño Tudor modernizado. Barcazas, los barcos heroicos que llevaron los soldados a Dunkerque en la Segunda Guerra Mundial, canoas, kayaks. Barcos que generalmente llevan turistas al río y 10 orquestas, incluida la London Philarmonic Orquestra, que animaron la fiesta. Cuando pasaron por el edificio del MI6, el servicio secreto británico sobre el río, la emprendieron con la música de las películas de James Bond. Cuando el agua se volvió un diluvio y la multitud se protegió con ponchos de plástico con la bandera británica y un festival de paraguas, otra orquesta continuó con “cantando bajo la lluvia”.

La reina Isabel eligió el blanco. Un vestido diseñado por su fiel Angela Kelly en el palacio de Buckingham y sus modistas, que cosieron a mano cada piedra de Swarovski y su especial sombrero blanco, para que su cara se viera. Durante los 90 minutos que duró la travesía , la soberana jamás se sentó en el trono.

Estaba aterida y probablemente soñaba con un baño caliente y un té. Pero allí se quedó, de pie, agitando a veces la mano, sonriendo a ratos, con una pashmina blanca cubriendo su espalda porque el frío era insoportable en el río. Era la “Queenie” a la que estaban acostumbrados sus súbditos.

A Philippe, su esposo y duque de Edimburgo, se lo vio relajado, cómodo. A bordo estaba en “su casa”, como ex oficial naval y veterano de la guerra contra los japoneses en Birmania. Cuando la orquesta tocó un pegadizo sea chant , típico de los hombres de mar, el marido de la Reina comenzó a bambolearse rítmicamente y miraba con complicidad a la soberana, que permanecía imperturbable. A esta altura, Camilla, la duquesa de Cornwall, también bailaba y hacía chistes a Kate, en furioso colorado versión Alexander McQueen.

En la vera del río, Londres era una fiesta. Sin importarles el mal tiempo, tres generaciones de británicos hacían picnic en la vereda y en la calle para esperar la flotilla.

En las cercanías del puente de Westminster, Mary Rodingtonse se preparaba para celebrar con champagne, frutillas y Victorian sponge , una clásica torta británica. “Yo nací cuando ella fue coronada reina. Crecí con ella. No conozco otra cosa y tengo un enorme respeto por la familia real. No la elegimos, pero la aceptamos. Es todo muy británico”, explicó.

Con un vestido muy de los años 50, colorado, varias vueltas de perlas y una máscara con la cara de la soberana, Rachel Rock era la imagen de Isabel II. “Yo soy australiana y vivo en Londres hace 3 años. Ella es la jefa de Estado de mi país, es una tradición y mucha gente no quiere a la familia real”, admite esta enfermera. “Pero a mí me parece una tradición simpática. Por eso estoy celebrabando aquí”.

Los festejos seguirán hoy a la noche con un espectacular recital frente al Palacio de Buckingham, donde actuarán estrellas como Cliff Richard, Elton John, Robbie Williams, Shirley Bassey, Paul McCartney y Kylie Minogue.

No todos son monarquistas en las celebraciones. Maggie Dunn es una republicana ferviente, que acompaña su muy monarquista familia a la fiesta. “Es una oportunidad ver esta flotilla que jamás volveremos a ver”, explica Maggie. “Para celebrar su Jubileo, la Reina debería haber vendido uno de sus palacios y transformado en un hospicio para chicos con enfermedades terminales. Eso hubiera sido un regalo del Jubileo y yo hubiera aplaudido su barcaza”.

No fue la única: hubo protestas de republicanos a lo largo del río cuando la Reina paseaba por Tamesis.

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