Eliminemos el misterio y dejemos algo en claro: no se modificará la constitución nacional. Por lo menos no en el corto y mediano plazo. Las razones son muchas, pero vayamos por parte.
¿A qué se debe, entonces, tanto revuelo?.
En política, al igual que en cualquier otro ámbito, se sabe que cuando se suelta un rumor hay un motivo escondido detrás del mismo. En este caso hay muchos. El joven grupo de La Cámpora, encabezado por José Ottavis, es el único que se ilusiona con ver algún día este murmullo convertido en realidad. Resulta que, como cualquier grupo intransigente –y La Cámpora es ultrakirchnerista-, dependen de la supervivencia en el poder de su líder para poder sostenerse. En él radica su esencia. En consecuencia, les aterra la posibilidad de que en cuatro años Cristina dé un paso al costado dejando como candidato oficialista a Daniel Scioli, que muy probablemente no los tenga en cuenta.
Por otra parte, Scioli nunca ha escondido su vocación de ser candidato presidencial en el 2015. A éste concepto, agreguemos el acercamiento que en las últimas semanas mostró el actual gobernador con el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri. Este gesto, interpretado como desleal por el cristinismo, tuvo su respuesta: Amado Boudou, Aníbal Fernández, Julián Domínguez y José Ottavis, entre otros, se reunieron el pasado jueves en el restaurant La Bita, en Mar del Plata, para tratar, entre otras cosas, el asunto de la “re-reelección presidencial”. Una reacción ante Scioli pero también un tiro por elevación a Julio De Vido y Florencio Randazzo, líderes del sector más dialoguista del oficialismo.
Finalmente, un dato que no es para nada menor. La presidente tiene a su lado un eficiente grupo de asesores políticos que, como técnicos que son, ven con cierta preocupación el “efecto desgaste” que pueda sufrir Cristina Fernández, luego de ocho años en el foco de atención. Instalar el debate acerca de una nueva reelección moderaría ese desgaste y lo postergaría para el final de su mandato, evitando que los sectores de poder vayan trasvasando anticipadamente el poder real a quien aparezca como su sucesor.
En definitiva, podemos echar por tierra la posibilidad de que el oficialismo intente una reforma constitucional, por lo menos por los próximos dos años. El 2013 y sus elecciones legislativas moverán nuevamente el tablero y habrá que rehacer los análisis. Quizás entonces venga la hora crucial del verdadero debate.









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